IV
Mas un día de febrero
celebrando a Yemaya,
los Orichas descubrieron
la deshonra de Obatala.
De aquel repique salía
una voz rara y con miedo,
que suplicaba clemencia
pa’ terminar con su infierno.
Alguien desde el bata clamaba:
“Oxala Oxala liberame”,
con voz cansada, angustiada
“o tal ves tu Babalu Aye”
Como tener encerrada,
a un anima en el nganga?
“Eso no se hace ni en broma”
recriminó Elegua.
“No se puede permitir”
exclamó enojada Orula,
“vergüenza hasta en la misma jungla
los ancestros han de sentir”.
“Tenemos que liberarlo”
gritó Babalu Aye,
“basta ya de malos ratos
que el tambien merece bembe”.
Todos ellos se irritaron
especialmente Chango.
Hizo que se quebrara el cielo
y a pedir cuentas bajo.
Mas no lo hizo en persona
al sobrino de Luis eligió.
Se le incorporo una noche
y sin voluntad lo dejó.
El chiquilin decidido
el conventillo espiaba,
para descubrir a su tío
y a su alma despiadada.
Mas no era Luis el culpable
de tan tremenda maldición,
el solo hacia exactito
lo que su tata pidió.
Como loro repetía
aquel extraño ritual,
que ya por generaciones
venían sabiendo imitar.
Aquel espíritu esclavo
no dejaban descansar,
desde que lo habían encerrado,
antes de irlo a enterrar.
Solo ahora los Orichas
podían hacer justicia,
y llevárselo hasta el cielo
para al fin darle sus dichas.
Y allí mismito para que hable
en medio de un altar Quimbanda,
tamboril esclavo y nganga
como prueba irrefutable.
Chango abandonó al botija
ya cumplida su misión,
y volvió con sus colegas
a decidir la cuestión.
Y en el cielo todos reunidos
coincidieron en lo mismo,
Luis no era el enemigo
solo un tonto sin bautismo.
“Culpables habremos de ver
a los ancestros del hombre,
en especial el brujo aquel
que el alma de un hermano esconde”.
“Mas no hay tiempo que perder
pongamos fin al capricho,
liberemos al pobre aquel,
terminemos el maleficio”.
Los Orichas todos usaron
las fuerzas de la madre natura,
las que ellos inventaron
desde la creación pura.
Llegaron al cuarto de Luis
donde estaba el tamboril,
con un simple canto suyo
al anima vieron salir.
El se inclino ante ellos
dando gracias, mil gracias mil.
Al fin vería sus hermanos,
adios al dolor y al gemir.




