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La luz mortecina del atardecer apenas alumbraba el sendero.

Sabía que tendría que atravesar el bosque, faltaba poco para llegar a él.

Solo tenía una idea en mente, no abandonar el sendero...

Lo buscaron por semanas, lo encontraron en medio del cerro, apoyado en el tronco de un árbol. La boca reseca, la ropa raída, el pecho hundido, las aves se habían comido sus ojos.

Lo raro es que tenía sangre seca en los oídos, algo le había roto los tímpanos.

En la mano tenía un trozo de su propia ropa y escrito en sangre una sola palabra "sirena".

Los que lo hallaron juraban que la ropa desprendía vapor, un vapor turbio y que olía a podrido.

Cuando llegó la policía la ropa estaba seca, cubierta de polvo y no olía a nada.

El cuerpo pesaba y el terreno en medio del cerro incómodo, lo tuvieron que sacar envuelto en unas mantas y entre varios que se turnaron por trechos.

Al llegar a la cima del cerro los ocho hombres y los dos policías se dieron cuenta que habían equivocado el camino, no había sendero y no estaban ni la patrulla, ni las camionetas.

Todos se miraron y comenzaron a culparse unos a otros por la pérdida de tiempo.

De pronto un chillido ensordecedor retumbó en lugar, los diez hombres se llevaron las manos a los oídos, un segundo chillido más agudo los tumbó a tierra retorciéndose de dolor mientras un rastro de sangre salía entre los dedos de cada uno de ellos.

Una humedad pérfida salió del bosque y cubrió el suelo y los cuerpos de los hombres que aún se retorcian en el pedregoso terreno.

Un tufo a podrido inundó el aire, los asfixiaba, los aturdida. Entre los estertores de la tortura, varios de ellos (los más fuertes) lograron pararse pensando en huir a cualquier lado.

Entonces las vieron, figuras que salieron de los árboles, harapos que cubrían esqueléticos cuerpos, ojos completamente amarillos, sin iris, bocas inmensas, con dientes filosos y largos. Brazos casi hasta el suelo, flacos y retorcidos como ramas flexibles.

El terror los paralizó, el olor terminó de aturdirlos, sólo vieron a esas figuras salir de entre los árboles y uno a uno sintieron como de un golpe les hundían el pecho y por la boca les succionaban sus entrañas, mientras dejaban algo dentro.

Esta vez no quedó ningún cuerpo tendido en un árbol, el cebo se había usado y funcionado.

Está vez todos los cuerpos fueron a parar a las cuevas, el invierno parecía que sería duro y había que guardar la comida....

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