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El Bobo Ávila tenía fama de tonto, sus amigos igual. Se le conocieron dos en especial: Carlos Tovar y el Bobo Sánchez. De bobos sólo tenían el nombre. Una de nuestras costumbres era salir a caminar por un camino de la vereda san Rafael. Además del bello paisaje sabanero, encontrábamos huertas y sembradíos de peras, manzanas o duraznos. Era una delicia entrar a robar porque cualquiera que lo haya hecho puede afirmar que todo lo que se adquiere por medio del hurto sabe más delicioso.

En una de sus excursiones por el campo, los bobos Ávila y Tovar "encontraron a la orilla del camino una gallina mansa, le fueron arrojando moronas de pan y ya alejada de las viviendas le echaron mano, la mataron y siguieron con el cadáver debajo de las ruanas. En un sitio solitario prendieron candela y la desplumaron. Como siempre llevábamos una buena navaja entre las provisiones, ni cortos ni perezosos abrieron el animal y le sacaron los entresijos, le cortaron la cabeza y las patas y arrojaron estos desechos a la orilla de la vía para que los aprovecharan algunos perros. Regresaron por el mismo camino y en una pequeña tienda pidieron dos cervezas. La dueña, curiosa les preguntó:

-       ¿Jóvenes, para que llevan ese animal muerto?

-       Bueno, era que teníamos cita con unos amigos para hacer un piquete a la orilla de la quebrada y no llegaron.

-       Muchachos, si gustan yo se la puedo cocinar bien sabrosa.

-       ¿Cuánto nos cobra?

-       Lo que sea su voluntad y, mientras se la preparo ustedes se toman otras cervecitas.

-       Gracias, señora, trato hecho, entonces, para no estarla molestando déjenos de una buena vez quince cervezas.

-       Quedan cojos (era una manera de decir que al dividir no daba cociente exacto).

-       Es que una es para usted.

-       Muchas gracias...

La buena señora se fue para la cocina, preparó la gallina, ellos, tan galantes la compartieron con ella que, además, agregó papas, yuca, arroz y ají, dejaron las presas sobrantes a la dama bondadosa, pagaron la consumición, se despidieron y se fueron.

Por el camino este trío de desgraciados iban toteados de la risa. La pobre mujer nunca pudo descubrir que había arreglado, cocinado y servido la misma gallina que estos mal nacidos le habían robado en la mañana. A pesar de todo, en el grupo de muchachos no acostumbrábamos sentir remordimientos por culpa de nuestras actuaciones.

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