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La hipocresía y las prostitutas ("Seguiré viviendo" 66a. entrega) Imprimir E-Mail
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escrito por Luis Maria Murillo Sarmiento   
sábado, 27 de marzo de 2010
Índice de artículos
La hipocresía y las prostitutas ("Seguiré viviendo" 66a. entrega)
Página 2

Ir a: Amantes platónicas y amantes mundanas ("Seguiré viviendo" 65a. entrega)

Joaquín no podía marcharse sin pronunciar alguna irreverencia, y aprovechó una cuña radial sobre sexo seguro, para afirmar: «Seguro es con las putas».

 «¿Qué nueva teoría te has inventado?», le dije pensando en una frase de «graffiti»; aunque me pareció que podía ser una afirmación con mucho fundamento. Podía ser cierto en cuanto que las mujeres que trabajan con el sexo se cuidan más de los contagios; a las otras las infectan por ingenuas.

Pero Joaquín salió con una explicación más novedosa, que el requerimiento a una mujer de aquéllas, jamás conlleva el riesgo de una demanda por acoso o violación de que es capaz una mujer «virtuosa».

«¿Ahora entiendes porque es más seguro el sexo con las putas?»

La forma vulgar de referirse a lo carnal me incomodaba y no porque no compartiera sus apreciaciones, sino porque me avergonzaba ante otras amistades. Era la forma de decirlo, sin pulir ideas ni ponerle freno a su lenguaje.

«Expresas verdades con la diplomacia de un animal salvaje», le decía, y prefería hablar con él a solas.

Cuando estaba en presencia de personas que no lo conocían me anticipaba a presentarlo, haciendo mención de sus títulos y dignidades, con la esperanza de que éstos amortiguaran el impacto de sus imprudencias. En el ojo de sus críticas estaban siempre las mujeres dignas y en el raudal de sus elogios las tenidas en la sociedad por malas. Era el efecto de sus experiencias. Había encontrado afecto donde jamás lo había esperado. No creyendo que fuera tan disparatado su argumento, lo remaché con un comentario igual de inusitado:

«No lo digo yo, lo afirmó una amiga mía: “La mujer amparada en una indefensión que no es tan cierta, disfruta ante el mundo de la credibilidad suficiente para hacer trizas con sus argucias la reputación del hombre”. Dice ella que maquinar un abuso es para la mujer algo sencillo y por demás creíble, porque existe en la conciencia colectiva la imagen del hombre agresor y la mujer vejada. Que fácil se repara en el hombre abusivo y difícilmente en la mujer ladina, o en la que se convierte en víctima como consecuencia de sus provocaciones.

«Como quien dice –afirmó Joaquín parodiando una frase famosa que le fascinaba acomodar según las circunstancias– que entre más conozco a las mujeres más aprecio les tengo a las rameras».

«Yo tampoco las tengo por engendros del demonio, y si la sociedad fuera sincera, reconocería que más que tolerarlas, las requiere».

Se lo dije como preámbulo a la confidencia que le hice sobre una prostituta. Se llamaba Esperanza, y estuve dispuesto al escándalo al salir en su defensa. No me molestaba que los Gómez con ella me hubieran encontrado, lo que me molestaba era el tono malicioso de sus insinuaciones. La había invitado a un lugar público a cenar, en demostración de que más que su oficio, pesaban sus virtudes. Era bonita, delicada y de buenos sentimientos. Por eso era mi amiga. Pero lo primero que me dijo Edgar fue:

«¿Qué estarías haciendo con esa mujerzuela?».

No tenía confianza para tocar mi intimidad, menos para descubrir la de Esperanza. Juicio hipócrita, pensé, porque la información sobre Esperanza no le debió llegar por su ascetismo. Pero fue el papel el que aguantó mis iras. Estaba dispuesto a demostrar que prostitutas eran más que las que están en los burdeles. Señoras remilgadas, de pronto como Ana, la mujer de Gómez, empeñada en sus lecciones de moral.

«A cambio de la exclusividad de su cuerpo –escribí–, la mujer recibe alimento, techo y protección del macho. Es una costumbre milenaria, una esclavitud deseada por la misma esclava, una forma de prostitución no declarada. No es menos que la otra, o la otra merece los reconocimientos de ésta. Aquéllas que se toman por vulgares hasta disfrutan a sus clientes, pero las que están en los hogares, sin satisfacción soportan al marido con tal de mantener su privilegio. Se prostituyen las unas y las otras; todas las que sin agrado y pensando en un interés ajeno a lo carnal, convierten el goce en un servicio».

Pero no eran ellas el motivo de mi furia, y opté por moderarme. Anoté que si a las aludidas de consuelo les servía, no estaba en el plan de censurarlas.

«Ni mi corazón ni mi razón admiten la condena hipócrita que la sociedad profiere de labios para afuera. [...] En el sexo las relaciones nacen de la pasión, no nacen del amor. ¡Vivimos de falacias!  Siempre buscando motivos para ennoblecer nuestros instintos terrenales, siempre buscando excusas que justifiquen lo que hacemos con otras intenciones. Las relaciones íntimas procuran saciar una necesidad individual, otra cosa es que al coincidir un deseo mutuo, los miembros de la pareja en forma recíproca se sacien. [...] El sexo es una exigencia egoísta que se maquilla con palabras cariñosas. Pocos tienen la honestidad de confesar que quieren a alguien únicamente por el placer que les prodiga».


 
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