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Las cinco de la tarde con ese sol pegostoso y sopotocientos olores se desprenden del sudor de tanta gente. El señor de las chucherías ofrece un anillo de oro, escondido entre dos pepitos. Un gesto con la cabeza pero el hombre insiste me lo pone en la cara de vaina no me lo trago y termino por comprarle dos pepitos para que me deje tranquilo. Están aguaos vencíos hace un mes pero yo no llamo al tipo porque va a seguir con el cuento del anillo. Yo ya estoy desesperado y esta vaina que no arranca. Se bajan los vendedores yo miro al de las chucherías con esa cortada en la cara y la cafetera por fin se dispone a iniciar su travesía. Empieza nuestra lucha frenética por escapar deste infierno. Son las seis de la tarde y Caracas se empeña en no dejarnos ir. De a poco comienzan a desaparecer los edificios. Feliz Viaje y Pronto Regreso. ¡CARACAS TE QUIERO! joder.


Ahora me doy cuenta de que mi asiento no reclina y la señora de al lado anda con un niño que sé fastidiará todo el camino. Ahora me doy cuenta de que olvidé entregar el carnet estudiantil y tuve que pagar completo y no voy a poder comer en la parada ni cuando se monte la cachapera todo el autobús con ese olor seguro tu mamá te compra una cachapa carajito y yo con tanta hambre los pepitos viejos ya no están tan aguaos. Ya está anocheciendo. Por la ventana sólo puedo ver la luces que vienen de frente. Intento oír el juego en mi walkman pero la señal es muy débil. Sólo pude escuchar que vamos perdiendo. La noche es oscura, fría. Creo que va a llover porque no se pueden ver las estrellas. Nunca me fascinaron las estrellas. Ni la luna.

La música llanera es lo único que me mantiene despierto. Me hace pensar en todo aquello que me espera. Sé que no voy a Barinas ni a San Fernando pero cualquier ciudad parece el llano cuando se compara con Caracas. Entonces recorro calles, historias, rostros que creo conocer mejor que nadie y pienso que es un mundo paralelo que sólo yo conozco, que puedo visitar de vez en cuando (cuando Caracas me deja) para luego volver y entender que todo era un sueño, sorprendido porque nadie parece saber de lo que hablo. Nadie caminó nunca en esas calles, nadie escuchó nunca esas historias y nunca nadie vio aquellos rostros. Deberían saber, deberían conocer, aunque se trate sólo de mi sueño.


Ya han cambiado la música y todo mi soñar se desbarata. Se deja escuchar un vallenato o una cumbia no sé. Me pregunto si en los autobuses colombianos se escucha música venezolana. Ahora a la señora y que le duelen las piernas como si tuviera yo la culpa de que haya pagado un solo puesto y tenga que llevar al niño encima. El niño cada vez más se apoya en mi rodilla. Está dormido y me está babeando el pantalón. El gordo de adelante ha reclinado al máximo su asiento y con su peso lo hace bajar más de lo normal. Intento de nuevo con el mío pero nada, está malo. Viene una vieja y cierra mi ventana porque ella tiene mucho frío. Ya estamos llegando a la parada. Restaurant Arepera El Nuevo Lourdes. Ambiente Familiar.


Pasará más de media hora para que volvamos a emprender nuestro camino. Yo me limito a observar, un poco asqueado, pero con tanta hambre podría comerme una de esas arepas con los huevos de codorniz más grandes que he visto o una de esas con carne mechada llena de grasa o salchichas con salsa rosada o jamón con mayonesa o hasta comería una con ceviche. Hoy que no tengo plata también las hay de queso amarillo, las únicas que me gustan.

 

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