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Estamos en la mesa de un bar, somos seis o siete personas, en realidad no me interesan cuántos somos. En realidad me da lo mismo si somos dos o tres. Me conformo con saber que Yazair está aquí y conmigo. Ella es una mujer distinta al resto de mujeres, la respeto de la misma forma que aprendí por mis medios a respetar a la madre tierra. Las comparaciones son absurdas, mis comparaciones lo son aun más.

Todos los días la misma rutina, todos los días exceptuando ciertos fines de semana que me doy el lujo y el regalo divino de tomarme unas cuantas cervezas con el poco dinero que saco del trabajo, de la renta, de mis padres. Todos los días hago lo mismo; bajo el cerro como en cámara lenta con mi bicicleta, la misma bicicleta que tengo desde que tengo la misma memoria todos los días. La bicicleta es mi forma de expresión, es mi arte, es la manera de decirle al mundo que estoy aquí con el único fin de ser feliz con mi bicicleta. Hago las mismas maromas todos los días, a veces invento, a veces renuevo, pero la experiencia me susurra gritando que a las personas no les gusta lo nuevo; se sienten perdidas cuando ven algo que nunca han contemplado, los seres humanos se sienten estúpidos cuando les quieres regalar arte, tu arte.

Bajo el mismo cerro todos los días, siempre reflexionando, siempre meditando y siempre observando.Mi reflexión es simple, cuando bajo el cerro pienso en todos los años que he estado haciendo lo mismo, recuerdo cada anhelo, cada sueño, cada esperanza. Y reflexiono sobre el hecho de estar aquí, bajando el cerro con mi bicicleta, la magnífica coincidencia de hacer esto todos los días. Probablemente esta es la única manera con la cual puedo exteriorizarme, este es el regalo que les doy a las personas. Siempre medito acerca de las cosas simples que cruzan por mi cabeza, medito sobre la aguda coyuntura que existe entre el resto de los seres humanos y yo, las personas hacen cosas que otros quieren que hagan sin siquiera adular y sin urdir, yo sin embargo me atengo a bajar el cerro todos los días haciendo las mismas maromas, a veces invento, a veces renuevo, pero a veces solo observo.

Siempre observando, examino las acciones diarias de cada cosa que se mueve a mis proximidades, no lo hago con un fin específico, lo hago porque siempre lo he hecho. Miro a los individuos que fuman, que toman un café, que besan, que abrazan, que matan, que tienen sexo. Analizo a los seres que sueñan y aquellos que dejaron de soñar ya hace mucho. Me gusta observar, mirar, examinar, analizar… son mis motivaciones secundarias de cada día.

Dejó  de ser sorpresa que mi motivación primaria sea Yazair, la mujer con la que decidí estar el resto de mis días. Ella vino y es de uno de esos países del norte, pero del norte no tan norte, hablo de Venezuela o Colombia, eso ya no importa. La conocí de la misma manera que se conocen los verdaderos amantes, aquellos amores que le apuestan a la vida, la conocí hace cinco años en un bar de Valparaíso, en un bar de mi Valparaíso, en estos mismos cerros que me vieron bajar con la bicicleta todos estos años, y yo tenía las mismas esperanzas que conservo en este momento, en la misma mesa del bar con seis o siete personas. Esa misma noche de febrero, cuando apenas teníamos un par de horas de conocidos, tuvimos sexo, cinco años más tarde me percato que en realidad hicimos el amor, pero eso no tiene relevancia. La noche de febrero ella me ofreció sus esplendidas curvas y yo tan flaco como me hizo la vida, solo me limitaba a tocar, a besar, a morder y a penetrar. 

Desde ese momento fue suficiente para percatarme que es a ella a quien quiero a mi lado el resto de mis días. Ella, con sus cabellos ondulados y sus curvas perfectas me demostraron un mundo que para mí no existía. Un mundo donde el amor predomina sobre todo arte y donde la mujer es la misma madre tierra en la que siempre creí.

Ahora en esta mesa de un bar con seis o siete personas. Yazair está a mi lado, ella está a mi lado pero de repente es como si no lo estuviese, su mirada, sus sonrisas y su atención están fijas y direccionadas hacia un muchacho, ni siquiera lo conozco, parecen ser amigos de Yazair que se encontraron por coincidencia en este mismo bar. Pero él está aquí, sentado en esta mesa entre estas seis o siete personas, hablando y riéndose y gozando con mi Yazair. 

Sugiero salir a tomar aire para terminar en la plaza del centro bebiendo y haciendo nada, solo lo sugiero para que el muchacho que le da brillo a los ojos de mi Yazair se vaya de una buena vez.

Todos acatan y las seis o siete personas que estábamos en la mesa nos levantamos y salimos a las calles bohemias y nocturnas de Valparaíso, de mi Valparaíso. Bajando los peldaños del zaguán del bar; el mismo muchacho que llamó la atención de mi amada se acercó a mí para hacerme conversa y ya no nos despegamos nunca más, no nos despagamos hasta que salió el sol y hasta que se acabó el alcohol, tanto como en la calle y como en mi sangre.

El muchacho se llamaba José Rubén y desde la primer frase que lo escuché decir supe que traía consigo ideales arraigados justo con una personalidad libre e imponente.

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