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Cerró los ojos durante aquel atardecer, en aquella vecindad, vecindad de curados recuerdos, sus perversos juegos infantiles, la atroz prolongación de su cuerpo, sus borracheras desenfadadas, todo recuerdo frugal se entremezcla con nostálgicos suspiros, expulsados todos de manera animal, cruzan todos una y otra vez el lindero del tiempo y se repiten en el triste eco de la memoria despellejada de estos muros de vecindad.

Su madre marchita lo mira incrustada en la hamaca raída que cuelga del umbral, seguramente maldiciendo el día que parió tal  fenómeno; a las cinco empieza a creer con sorprendente ahínco que aquel engendro suyo no es más que la suma de toda insufrible desdicha. A las seis recorre con la mirada cada uno de los rincones de la vecindad, desde su puesto privilegiado, se asegura una y otra vez, lanzando miradas que dibujan figuras demenciales en el aire, de encontrarse sola, sola con su durmiente vástago de mediana edad.

A las siete es el hijo ejemplar que toda madre sueña, menos mal que son las siete, de nuevo las siete, hora de ver la novela en casa de la comadrita María Lencha, bajar las empinadas semi-inexistentes y muy oxidadas escaleras de la vecindad, cruzar la estrecha calle, dejarse seducir por el gorgoteo sinfónico de los coches, acomodarse el delantal, colocar de nuevo el mismo dedo artrítico sobre el timbre, saludar a la comadre que viene impaciente a abrir la puerta milenaria, encantada de recibir a su comadrita María Luisa y juntas disfrutar de la intensa y altamente educativa novela de las siete.

-         Usté disculpará comadre el desorden

-         No se preocupe usté comadrita llegué sin avisar que venía

Y así durante horas las dos mujeres se comadrean en la delicia de la tímida vejez, mientras en la tele se muestran sutilmente pequeñas islas de piel femenina, terminan siendo generosas por no llamarlas misericordiosas a la pupila avispada de la cámara indiscreta. Canal nacional por supuesto, antes o después y si le place también durante una de sus novelas preferidas, le ofrecemos, le presentamos a nuestro nuevo modelito, la nueva sensación del momento, pelo largo, hasta la cintura ¡si escuchó bien! Hasta la cintura, es rubia, pelirroja o morenaza, es versátil, y lo tiene todo, caderas, vientre,  busto y cerebro operados, su nombre es Maria, o Juana, o Lupe y es artista, es artista o actriz que aquí es lo mismo, sobre sus altos tacones electrocutantes, y sus pequeñitos vestiditos coloraditos y escotaditos ¡oyó bien! Hasta la cintura...

La Lupe reconcentrada de dolor y odio se abalanza sobre la abundante cabellera de la mujerzuela que le ha arrebatado a su guapísimo marido quien está en coma como resultado de una extraña enfermedad o bien herido por el destino quien interpuso dos hermosas mujeres en su camino o bien arrollado por salvar la vida de algún niño huérfano que en realidad  es el hijo que engendró con su novia de la secundaria y que creía abortado. Y como panteras la Lupe y la mujerzuela ruedan por el piso, arañándose furiosas y quizás el tirante de la corta camisa de una revienta, y quizás la falda de la otra se rasga hasta la línea de bronceado del bikini y quizás la mano de la Lupe roza el muslo ardiente de la mujerzuela, pero todo con una conveniente, recatada, conservadora y muy inocente intención pues la novela está dirigida a todo tipo de público. Las comadritas fingiendo sorpresa lanzan al aire, como imitando imparables atomizadores, unos prolongados ¡oohs! Y ¡aahs! Y casuales ¡válgame dios!. Disfrutan en secreto de las desgracias y dolores humanos, interpretados mágnamente por las talentosas artistas.      

Son las siete siempre las siete el momento más esperado, la hora que rige en el inframundo de la vecindad dónde habitan la comadrita María Luisa y su hijo. Para esa hora esta aberración de la naturaleza se ha despertado, sabiendo anchamente que su madre ha desalojado la vecindad para disfrutar locamente de su novela con su comadrita de toda la vida.

-          Por fin se fue la vieja- piensa, al mismo tiempo que encaja el botón del cinturón en la tercera perforación- ¡la tercera perforación que le hago este mes! ¡Gordazo que estoy hecho! Que más dá, a las mujeres les gusta así, con carnita colgando de ambos lados pa´ tener de donde agarrarse durante el baile y con el jamonón que tengo por barriga hasta para tres mujeres alcanza...

El Don Juan se sube el cierre del pantalón, cuidadosamente baja los escalones de la vecindad y sale a la calle a buscar a su presa, hoy se llama Mathilde pero mañana quien sabe. Como iba diciendo, a la vuelta de la esquina el culo del mundo, y cruzando la calle Matilde, y venga a nos tu reino... 

Matilde dice que su nombre se escribe con hache. Mathilde porque sus abuelos eran franceses, porque la ortografía y la gramática van siempre de la mano, porque tenia un hijo ciego y sifilítico, porque en su vida había hablado francés, ni tocado a un francés, porque trabajaba en un lupanar de reputación dudosa, “La Ocupación” dicen que se llama el lugar. Entre semana y de noche es Mathilde con hache porque el cliente paga más por exotismos, señores, señoras, en los prostíbulos paga el espectáculo, quien más da más gana, y Mathilde da haches a diestra y siniestra, este orgullo antipatriótico y caderón hechiza noche tras noche al ojo de nuestro impaciente galán de vecindad. Ambos se aman de lunes a sábado embobados el uno con el otro durante largas, larguísimas e insomnes noches. Pero el domingo no. El domingo es día de descanso, y Matilde se olvida de sus haches, se baña las humillaciones de entre semana, porque sabe que es hora de ir a la iglesia. Sale de la vecindad, con su hijo a tropezones de la mano derecha, y con la otra paga al conductor del autobús. El papel picado, salpicado ahora sobre el pavimento, después de la fiesta, después de una lluvia histórica, como solo las hay en el centro histórico de la ciudad, las palomas vuelan, mientras los indígenas en el piso regatean voluntariosamente el precio de sus hambres, saben que el mundo entero cabe en las manos que extienden mendigantes a los enajenados pasantes pero no se sienten miserables si no encuentran en esas manos algo más que una tortilla, un chile cuaresmeño, tantita sal, o tres granitos de maíz que les espante el hambre en lo que reúnen dinero pa´ volverse a sus pueblos y sembrar maíz y frijoles y más maíz, el maíz que es la vida y es nuestra cultura... 

Pronto Matilde sin hache cruza el portal, con su vástago todavía de la mano, ambos piden perdón y se arrepienten un poco sin saber porque, mucho porque así lo dijo el padrecito y salen de la catedral colonial.  Los jueves en el prostíbulo hay pocos clientes y si los hay pagan poco. A dos cuadras “de La Ocupación” hay una pulcata, o pulquería, donde bien es sabido, se bebe el pulque. Barato, generoso, y poco higiénico, como debe de ser, el pulque se ampara de todo borracho. En este caso, al borracho de la pulcata lo llamamos teporochito. 

Eran las siete en punto y en este caso en la pulcata, tropezábame yo, intelectual de cuarta,  engendro de la comadrita Lencha. En el fondo Eliades Ochoa rogándole a Maria que se pintara los labios, que porque se veía mas graciosita, Eliades y sus arpegios de bocina. Tropezábame yo entre la música y Matilde que entonces no llevaba hache me lanzaba miradotas curiosas, entre amorositas y gravemente cachondonas. 

Es que los jueves, Matilde con o sin hache es poetisa y recita sus romances cante que cante sobre una tarima desdentada. Se acaba la noche y se nos niega el día, pero nos sobran las caricias, las lisonjas, en este cuarto, apartados, somos tres, ella, yo, y mi barrigota. En lo que Mathilde va al baño me asomo al espejo- ¡pero si estoy hecho un papi!- exclamo con ganas de ser oído por todas las mujeres del mundo; vuelve Matilde y jugamos, yo soy un lechón y ella el lobo, me corretea por la habitación porque desea morderme con un ardor sulfurante. Cuando me muerde muy fuerte me pide perdón, dice que se dejó llevar por el jueguito, que no lo vuelve a hacer, pero yo sé que lo volverá a hacer porque en secreto el sabor de mi piel de marrano la deleita. -Sigamos jugando- le digo al oído- juguemos más rudo- le digo-Si, si, mi lechón.- responde antes del amanecer. En esta otra dimensión de vecindad, bajo escalones, mientras el día cede, y no veo, tan pronto y no veo ya lo que hay bajo mis pies. Talvez en ese momento ya no había mucho suelo para mí, carente el dinero en mis bolsillos, caries en sus muelas, Matilde la afrancesada se despide taconeando a lo lejos, y yo bajando peldaños en el aire. La escalera de metal abdica, antisoberana, flaquea ella y el amedrentado termino siento yo. Finalmente se rinde en un estruendo de hierro oxidado sobre los tendederos. Los calzones y sostenes que colgaban del tendedero improvisado salen volando como rosa de los vientos estropeada, en todas direcciones. Pero yo no. Yo caigo aferrado al cadáver del gigante vencido. Una vez en el piso, contra el sentido común, empiezo a creer casi religiosamente, que mi yugular, dilatada ha terminado en mi talón izquierdo, que lo ha perforado, que desesperada busca mi cuello, que angustiada lo abraza, lo abraza porque se siente huérfana.¿ Y dónde está mi madre? ¿Acaso han sido las siete toda la noche? ¡Ay mamacita! ¿Dónde está usté?

Doña Lencha se ha dado a la fuga con uno de sus múltiples enamorados, o bien está haciendo autostop en alguna carretera en Texas, o bien simplemente ha decidido quitarse la vida porque se ha dado cuenta de que la vida que ha llevado nunca tuvo semejanza alguna con la vida que se sufre en las novelas y ¿Qué motivo hay para seguir viviendo si no se puede tener una pelea a puño limpio con la amante de su marido?

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