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Vivía cerca del cementerio y todos los días, cuando pasaba un cortejo fúnebre, se asomaba a la ventana a ver quién era el difunto de turno. En un pueblo tan pequeño todos se conocían, pero ella no salía de su casa y ya eran varios años en que no se trataba con nadie.

A veces, cuando escuchaba las campanas de duelo, se instalaba en la ventana esperando el desfile mortuorio. Muchos la conocían, pero nadie la saludaba, ella rompió con todas sus amistades y conocidos. Los dolientes la miraban de reojo y muchos se codeaban como diciéndose algo.

Un día escuchó el repique fúnebre de las campanas y se acomodó en la ventana. Venía el sacerdote con dos acólitos y muy pocas personas; eran todas las chismosas del pueblo, sus antiguas amigas, unas lloraban y las demás rezaban. Una corona de flores, de las mortuorias, llevaba una cinta con su nombre. Las mujeres miraron la ventana vacía y siguieron caminando rumbo al cementerio.

Edgar Tarazona Angel

 

 

 

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