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Ya no quiero verte ni que me veas más, no quiero que me entregues más lo que no tienes ni tendrás, no quiero que te acerques más de lo lejos que debes estar, no quiero nada más de lo que no tengo, no quiero nada más de lo que ya tengo, cada venida me cansa, vivo cansado, me arto, tanto, que a eco nocturno tiene sabor, tanto, que hasta la luna más próxima me intento escapar inocente, a inventados cráteres explorar, mientras descansas de cansarme.

No quiero mientras duermo tener que en la anudada espalda cargarte, con llagas ya, de tanto andar bajo el ardiente desierto miserable de mi ávida vida, de mi indeseable recorrido en rededor del sol, lastimero, postrado indefenso cada noche ante tu invisible aliento tibio aún, no quiero que me aclamen más por santo mientras peco, en mi interior, siempre, odiándolos por hacerlo a traición, orar por mi, pedirle a Dios que me ayude como si lo necesitara.

No quiero venenosos amaneceres imbatibles mientras muerdo tabaco para olvidar y lanzo humo para luego atemorizarme con su sombra, me enceguezco con el matutino sol brillante para no querer verte más, mientras lloro, le paso factura a cuanto ser se atreva a ir en contravía de mi vida.

No quiero malvados cantares, sentencias poéticas implacables, de ángeles perversos en mi alma enamorada de ti, ensordeciendo mi respectivo sentido hasta su génesis, quedando desnudo al fuego abierto del mundo por estos días.

No quiero vivir muerto por ti otra vez, no quiero morir vivo por mi, no quiero estar ausente el día de mi decente muerte amada, con  el pecho en su sitio, el alma abierta y dispuesta a la no temida sentencia publica, por buena haber sido contigo al haber hecho tu voluntad y no la mía, que mala eres ahora conmigo haciendo la tuya nuevamente en un cuento de nunca acabar, tu fiel despierto soñador abstraído de esos ocultos baúles polvorientos del sitio de siempre.

No quiero ya comer ajeno excremento infectado, no quiero que el plato más deseado sea comida congelada, no quiero ya comer comida masticada por animales peludos, no quiero ya comida podrida mientras el viento del sur consigo trae, consciente y con fétidas intenciones, las delicias del rustico vecino desde siempre atolondrado por tu aroma a miel, a hibernado animal de las nieves.

No quiero más, verte en ese fiel espejo conquistador al levantarme, no quiero ver que me ves afeitarme, no quiero al bañarme compañía tuya, no quiero más estar desnudo ante quien no lo está para mi, no quiero que leas la enferma mente débil de un forajido asesino enamorado del odio, mientras habla con el hombre reflejado en el vidrio de la pared, verdugo y sacerdote, sabio y  malicioso, como todos los sabios de la historia policial.

No quiero versos a mi oído que no los quiere oír, no quiero que otras mujeres esperen en la fila tras de ti, distrayéndose con otros mejores que yo, al tiempo que auscultas en mi flagelado pecho desbarbado cuantos pesares y deleites quisieran llegar a servirte de lecho, no quiero más históricas canciones de amor posteriores al inmundo sexo anónimo, que deja casi por completo dormir en paz, de no ser por ti.

No quiero favores, por deber, no quiero ayuda para espantar necesarias pesadillas inocentes, no quiero tu quemada bondad maltrecha por demonios más fuertes que este, navegador insensato del mar de la vida que se vio obligado a navegar, tras tu muerte, que se vio obligado a decir que sí, que si te asesinaría y viviría para contarlo.

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