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Ahora, cuando por casualidad me da por mirar algunos programas infantiles y juveniles, me asombro al ver zombis, monstruos de todas clases, fantasmas y seres de ultratumba y una colección completa de personajes que, en mi infancia lejana, nos quitaban el sueño y la tranquilidad a muchos niños; hoy ni se inmutan los pequeños y hasta se ríen de las peripecias y aventuras de dichos seres.

A mí, para no generalizar, pero sé que a otros mayores de sesenta y más años nos metieron miedo con el coco, la mano negra, el jinete sin cabeza, las ánimas del purgatorio, la llorona, el ánima sola y otros seres que ya pertenecen a las leyendas folclóricas y no meten miedo a ningún niño, tal vez hasta se burlan de nosotros por pendejos y creer en esas bobadas, pero así era; sin televisión y mala señal de radio en mi pueblo, los mayores nos contaban historias de terror que nosotros asumíamos como reales.

En mi caso fue mi abuelita paterna la que se encargó de meterme en la cabeza muchos endriagos, fantasmas, apariciones y engendros. No lo hizo por maldad, sino porque ella se había criado en el campo donde era normal que se contaran estas historias y me las  transmitió sin mala intención, esa fue una de las razones por las cuales me daba miedo bajarme de la cama y buscar la bacinilla para orinar, porque debajo estaba la mano negra u otro monstruo que me podía atrapar por los tobillos y me arrastraría hasta el cementerio; entonces me meaba en la cama.

En mi época de acólito en una pared de la iglesia estaba un cuadro con la virgen del Carmen auxiliando a las almas del purgatorio que aparecían entre llamas y esa imagen se me aparecía en la mente en la noche; para allá también me podían llevar las ánimas benditas, el coco, los demonios y otros bichos de ultratumba. Fueron pesadillas infantiles que tuve hasta los diez años; a partir de entonces apareció en mi vida Santo, El enmascarado de plata, y sus aventuras que luchaba contra todos los engendros que me quitaban el sueño y los vencía, entonces recuperé la tranquilidad.

Debo confesar que en mi pueblo de la infancia la luz eléctrica funcionaba de seis de la tarde a nueve de la noche, de manera que para espantar los sustos no podía encender un bombillo, como hacen ahora algunos niños que no pueden dormir después de ver una película de terror; mi solución era llamar a mi abuelita que algunas noches, llegaba con vela en mano y se sentaba junto a mí y para consolarme me contaba una de sus historias de aparecidos y regresaba a su lecho, yo me hacía el dormido porque me daba pesar que la viejita se desvelara, meada segura en la cama.

Cuando veo en este momento presente la clase de películas y videos con monstruos modernos y los infantes deleitándose con esas imágenes me pregunto si eso no es una de las causas de la violencia. Además, los famosos juegos de video, que merecen otro artículo, tienen una violencia llevada al extremo y los niños y jóvenes ni se mosquean, como decíamos antes.

 

Edgar Tarazona Angel

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