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Muchos adultos de la tercera edad, pensionados y en su mayoría viudos o separados, en algún momento se vieron atacados por el virus del juego, una adicción como muchas otras cuyas características difieren, pero atrapan a las personas como sucede con el alcohol, el cigarrillo, las drogas, las emociones. Este es un vicio (démosle ese nombre) que ataca en gran medida a las mujeres sobre la cantidad de hombres que visitan los casinos. Yo soy jugador ocasional, no apuesto mucho y cuando pierdo dejo diez o veinte mil pesos; de igual manera cuando gano solo me llevo ochenta o cien mil pesos. Por entrar a las salas de juego es que puedo afirmar lo que digo.

Un setenta por ciento de personas jugando son mujeres y en su mayoría mayores de setenta años, es impresionante ver todas esas cabecitas blancas concentradas en el tablero de las máquinas que reciben billetes desde dos mil hasta cien mil pesos. Poco se ven en las ruletas o el Black Jack. Son jugadoras compulsivas hy no les tiembla la mano para meter billetes de cincuenta y apostar por la mayor cantidad posible. Las he visto perder hasta dos millones y dejan encargada la máquina mientras van a un cajero a sacar más. Por supuesto, hay ancianas apostadoras pobres.

Los hombres prefieren la ruleta y las cartas. También se ven cabezas blancas, pero en menor proporción. Y de igual manera hay jugadores de escasos recursos que arriesgan lo poco que tienen esperando un golpe de suerte que no llega. Las ganancias dependen de las cantidades apostadas (como me pasa a mi) y si no apuesto de diez mil pesos en adelante la suerte es mínima.

Debo aclarar que casi nadie habla con el vecino de juego, todos se concentran en su tablero, pero me doy cuenta que son las damas solteras, separadas o viudas casi todas las jugadoras. Pero a mi vista escrutadora no escapan las señoras que salen por el mercado o a pagar servicios y arriesgan unos pesos y de pronto se les mete el demonio del juego y dejan todo el dinero que llevaban y empiezan a llorar. Una de estas me enterneció y le di diez mil pesos, me agradeció y se fue. Contento con mi buena obra decidí no jugar ese día. Por curiosidad entré a otro casino y allí estaba la señora con su bolsa de la compra vacía… apostando el dinero que le di.

 

Edgar Tarazona Angel

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