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Suena una melodía
en los atardeceres de una castigada vida,
suena una canción
llorando en un compungido corazón.
¡Madre! implora un hijo
viendo padecerla su propio dolor,
¡Madre! desgarra al viento
observando cuan se consume en su hedor.
Enfermedad que vienes a por ella
no permitas que la atrape la ofuscación,
tic-tac perdido en el tiempo
complácela con la calma de la no desesperación.
Pulsaciones agotadas lentamente
que chocan contra el muro de la razón,
reloj que quieres detenerte
no lo hagas aún, espera otra ocasión.
¡Madre! grita un hijo
mientras acaricia su último suspiro,
halo de vida clavándose en el primer suplicio,
aura deslizándose hacía el martirio.
El primer llanto, para su hijo recién parido,
el segundo sollozo, en el umbral de su destino,
¡Madre fortaleza, hilaridad de mis tormentos oscuros!
¡Madre valerosa, atenta a los desconsuelos confusos!.
Quién adormecerá mi espíritu
cuando llegue tu partida,
quién dibujará mi vida
ante la puerta de tu despedida.
Muerte que vienes a besarla,
llévatela en la quietud de una noche estrellada,
concédeme la alegría
de prender su mano junto a la mía.
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