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Cuadrado blanco e impune,
Eres mi celda, mi prisión.
Me rodeas por todas partes,
Me revientas el corazón.

El encierro no es largo,
Unos cuantos años no más.
Más el transcurso de un día,
Es como un siglo que hay que superar.

Me oprime y me destroza,
Tanto física como mental,
Pero el espíritu madura,
Se hace fuerte en medio de la soledad.

Aquel espíritu débil,
Que en la celda contigua conocí,
Terminó su existencia muy débil
Y cuando se despidió, no lo reconocí.

Por ello es que todos los días,
Por más eternos que estos son,
Procurar fortalecer lo de adentro,
Lo de afuera es mera ilusión.

El exterior es reparable
Aunque cicatrices quedarán,
Más lo interno es delicado y suave
Tengo que cuidarlo de los demás.

No son vitaminas las que tomo,
Ni levanto pesas para mejorar,
Leo libros y me educo,
De esta manera aprendo adelante estar.

Y a soportar con orgullo,
Las humillaciones que me dan,
Sabiendo que han habido otros,
Que peores cosas han tenido que soportar.

Nunca cejo en el intento
De mi espíritu forjar.
Todos los días lo educo un poco,
Y me proyecto a la eternidad.

Viernes, 17 de mayo de 2000

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