BODAS DE ORO

SI TÚ Y YO, no hubiéramos formalizado nuestra unión marital aquel día que con arrojo recibimos el sacramento del matrimonio hace 50 años. HOY, no estaríamos viviendo ese idilio de amor aún creciente que padecemos, imponente a las dificultades que a veces tratan de empañarnos este vínculo de consideración, participación y confianza que en todo momento nos tenemos desde el primer día que nos conocimos.

A veces el "pegamento" para que los matrimonios subsistan y triunfen no es mantener la rutina volviéndola costumbre. Es creer que es posible hacerlo, aceptándose  y respetándose mutuamente sin escepticismos, comprendiendo que “el Matrimonio” según los credos religiosos, es la unión libre de un hombre y una mujer para realizar la comunidad de vida, en donde ambos se procuran respeto, igualdad y ayuda mutua con la posibilidad de procrear hijos de manera libre, responsable e informada. Ser siempre el mejor amigo y amante el uno del otro sin excesiva dependencia, descartar mediante la comunicación las inercias que pueden desestabilizar la relación y para nuestros hijos en etapa de evolución, ser el prototipo de padres ejemplares que les permita a ellos desarrollarse como individuos de bien convencidos y satisfechos  fundados en el principio de las buenas costumbres.

!Hace 50 años que somos marido y mujer¡ Mientras las horas se pasean campantes en el tiempo indomable que todo lo acaba a su paso, esa fecha de la década de los 60s me trae en este momento  gratos recuerdos. Ha sido costumbre esta celebración del aniversario y parte de los rituales del hogar. Pero en esta ocasión de manera especial  evocaré puntuales anécdotas de mi casamiento sin relegar detalles  de ese momento decisivo de mi vida.

Era la tarde de un sábado lluvioso del dia 18 de diciembre del año 1962, no se me olvida el vetusto reloj enquistado sobre el frontispicio de estilo barroco tallada en piedra de la ermita de San Marcos marcando las 5 PM. Los repiques roncos de las enormes campanas sonoras más de lo habitual,  anunciaban boda. Nuestra boda.

En el interior del recinto de la comunidad del Morato, estaba decorado  con vistosos jarrones de cristal llenos de mirto y ramos de rosas blancas, margaritas y lirios. Los había más, puestos en el altar mayor dorado donde se guarda el sagrario del Santísimo Sacramento. Un aroma de flores frescas flotaba desbordante en el místico ambiente. La mesa eucarística cubierta por un blanco mantel bordado con finos hilos dorados y a cada lado le aguardaban dos grandes cirios empotrados entre sus respectivos candeleros que desfogaban su  lumbre moribunda entre la luminosidad de las lámparas colgantes de neón. El piso  de la entrada principal hasta cerca del altar mayor, lo cubría una vasta alfombra roja que hacia contraste con las imagines religiosas pintadas majestuosamente sobre su cúpula gótica y los coloridos vitrales de sus paredes a los lados.

Un séquito de familiares y amigos esperaban ansiosos en el atrio de la iglesia y otros aguardando dispuestos en su interior. Todos estaban a la expectativa de la llegada y entrada  de la novia en la parte baja del presbiterio y del recorrido nupcial que ella haría hasta donde Yo me encontraba pálido como la cera, esperándote en el interior de la iglesia con un ramo de orquídeas. De pronto el silencio se irrumpió de calurosos aplausos que al unísono se desfogaron cuando hacías tu aparición en el pórtico del templo asida del brazo de tu padre y las damas de honor y los pajes que venían detrás de ti. Asi,  se daba comienzo el acceso del cortejo nupcial  hacia el altar mayor por la alfombra roja y la improvisada calle de honor de concurrentes que yacían posados a cada lado de las enfiladas bancas talladas de madera.

Tu, cadenciosa y voluptuosa caminabas despacio con donaire, engalanada con un traje nupcial blanco de cola y cubriendo tu cara bella con un deslumbrante velo de seda. Radiabas solemnemente como las princesas de los cuentos de hadas de los hermanos Grimm.  Los tubos de bronce  de un viejo órgano comenzaron a sonar. Las notas de la marcha nupcial se desprendía de las teclas de marfil y a manera de eco flotaba la armonia en el sagrado recinto.

Yo, te esperaba... si te esperaba ansioso sintiendo emoción  y nervios a la vez a medida que te acercabas. Mi cuerpo  trémulo temblaba dentro de la camisa blanca escocesa de vuelos y el  negro frac de cola alquilado que ostentaba en ese momento. Hasta que llegaste al presbiterio, frente a mi y recibí tu mano de mano de su padre y tú recibías gustosa el ramo de orquídeas ligeramente  deshojadas por la insondable tensión. Tu padre musito quedamente unas palabras que alcancé a oír y eran que me hacía entrega de su más preciado tesoro…  luego como introito de una pareja que se va a desposar, juntos en silencio nos dirigimos del brazo al reclinatorio ubicando frente al altar donde estaba expuesto el santo cristo.

Hace 50 años, que celebramos nuestra boda, pero la celebración continúa cada aniversario con el mejor acuerdo nupcial, llamado amor. Hoy es nuestro cincuentenario. Ella a la izquierda y yo a la derecha. Auspiciado por la voluntad de nuestros hijos, algunos familiares y amigos, nuevamente la divina providencia nos sitúa  en el reclinatorio de la misma iglesia de San Marcos frente al santo cristo expuesto en el altar dorado, adornado de flores. Nos encontramos dispuestos a celebrar LAS BODAS DE ORO como una alianza que representa la unión indisoluble de amar y ser amado por siempre y seréis felices. Es tan simple y tan difícil como eso.

La pompa nupcial no se repite pero conserva el atributo y la firme voluntad como ese alimento tan nutritivo de vivir enamorado siempre de la misma persona muchas veces bendecida por Dios por conservarla a mi lado. Sobre el corporal descansaba el cáliz y la hostia. El purificador de lino cubría los bordes dorados de la copa y a su lado estaba la patena brillante. Encima de la credencia, la vinajera  y a su lado el atril de madera con el misal abierto. El protocolo se encontraba listo  para celebrar con mi esposa por segunda vez el sacramento del matrimonio ahora no como una aventura, sino como un acto de héroes convencidos de que ¡Lo que Dios ha unido bajo un yugo, no lo separa ¡jamás!!!! ningún hombre.

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