Reminiscencias de Chipaque (3)

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La Religión

Chipaque, por la época de mis recuerdos, era una población cien por ciento católica. Todos éramos educados en la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana  (ni por el chiras podía uno decir colombiana porque le llovían coscorrones o, por lo menos, unas miradas furibundas). Desde la cuna lo nutrían a uno con la leche del santo temor y amor a Dios y la asistencia a misa era controlada por padres de familia y profesores, no como ahora que el joven asiste cuando quiere y nadie se atreve a decir nada. Bueno los señores maduros era otro asunto y ya pasó a contar lo de la época.

La iglesia estaba dividida de la siguiente manera: las mujeres en la nave de la derecha y los hombres en la izquierda; esto era válido para los niños y niñas de los colegios y las escuelas, los únicos que se salvaban de la discriminación eran los bebes de pecho y los infantes de menos de cinco años. Los señores se hacían a la izquierda pero debo decir que siempre sobraba espacio en las bancas de adelante porque los benditos se hacían lo más cerca de la puerta trasera para salir a la hora del sermón a fumar y contar pendejadas. Algunos se metían en una de las tiendas de la parte inferior de la plaza a tomarse una cerveza y después no regresaban a l templo… ni a la casa, hasta completar el cupo, no digo nombres porque todos saben quiénes eran o son. A mi papá no lo nombro y no lo hago porque oyera completa la misa sino porque jamás iba el viejo y era de los que secuestraba a los amigos que salían a la hora del sermón.

El Maestro Romero

Una persona que siempre estuvo presente en todo lo relacionado con la parroquia de Chipaque fue el maestro de música Augusto Romero, de quien tengo gratos recuerdos. El maestro Romero realizaba una labor constante y callada como profesor de música en el Colegio Pio X, dirigía los coros de este colegio, el de la Presentación y las mujeres de la Congregación de María Auxiliadora, era el organista de la iglesia (no sé que otro nombre darle porque el hombre debía ingeniárselas con un viejo armonio que era una pieza de museo) y, por si fuera poco, era el secretario del colegio y de la parroquia, nunca pude explicarme de dónde demonios (perdón) sacaba tiempo para cumplir con tantas obligaciones. A él le debo mis primeros conocimientos del solfeo y la gramática musical. Creo que todos los chipacunos con aptitudes musicales deben una parte a este maestro a quien el pueblo está en mora de rendir un homenaje muy merecido; por mi parte dejo constancia de mi agradecimiento.

Los Acólitos

Como siempre me gusta dejar en claro lo que afirmo, debo decir que hablo de los niños que recuerdo como acólitos del padre Aquilino Peña Martínez y del Padre Isaac  Montaño: el sacristán de la época era un señor joven llamado Carlos Gacharná y tengo entendido que aun vive. Por lo general éramos cuatro acólitos pero en ocasiones contamos cinco por varias razones “técnicas”. En las procesiones abrían el cortejo el de la cruz en la mitad y a sus lados los dos ciriales; más atrás el acólito del incensario y junto al sacerdote el chico con el recipiente del agua bendita y el hisopo para aspergearla. Si era unja ceremonia suntuosa el sacerdote caminaba bajo un palio bendito de color dorado portado por seis señores de las familias importantes del pueblo. A los lados las hermanas de la presentación y detrás todas las señoras de postín con sus vestidos negros, las mantillas, los chales y los devocionarios. De ahí hacia atrás y según la ocasión los colegios, luego las escuelas y por último la población pobre y los campesinos. Los señores de cierta calidad marchaban bien atrás a pesar de que por la costumbre podían marchar con sus mujeres detrás del cura pero entonces debían abstenerse de chistes y conversaciones subidas de tono, además de algunas escapadas a una de las tiendas para desocupar una cerveza.

Los acólitos éramos niños pequeños, entre los siete y los nueve años, con la primera comunión recién recibida y llenos de amor por la religión. Uno era elegido por méritos, según los informes del colegio parroquial y las señoras colaboradoras con la parroquia. Conmigo fueron acólitos Mariano Cubillos, Fabio Bonilla, Leo Baquero. Jorge Perea y yo.  Con el tiempo Fabio estudió en el seminario pero nunca supe si se ordenó; Jorge Perea era lo que ahora llaman una caspa y Deo Gracias Baquero, alias Leo, no recuerdo que durara mucho; cuando yo me retiré entró Fabio Villamil, mi colaborador con estas reminiscencias.

Las campanas

Por lo general el sacristán era el encargado de tocar las campanas para llamar a los oficios religiosos pero, a veces, por pereza o cansancio, nos dejaba esta labor a los acólitos y eso se volvía un chiste porque nos colgábamos de ese bendito lazo a columpiarnos y reír, de manera que en el pueblo todos se preguntaban que estaba ocurriendo de extraordinario que las campanas repicaban sin cesar. Para oficio de difuntos nunca nos dejaba para evitar estas fiestas infantiles. Quiero explicarles que las cuerdas de las campanas llegaban a la planta baja pero nosotros subíamos hasta la torre del reloj para aturdirnos con el sonido de los bronces y hasta nos asomábamos en la parte más alta por una pequeña abertura. Alguno hasta se arriesgó a salir y caminar por la cornisa. A propósito, Matías Torres, el señor que regaló el reloj para la iglesia era el padre de Rita Torres, la esposa de Justo Pastor Angel, uno de mis tíos abuelos.

Las Misas

Entre semana era una sola misa a las seis de la mañana. Siempre asistían las mismas personas, casi todas mujeres, las monjitas y las niñas internas del Colegio de la Presentación; a los del Pio X nos llevaban los primeros viernes y en festividades especiales. La gente del campo asistía los miércoles y domingos, días de mercado en la plaza central.

Los domingos había tres misas; una tempranera a las cinco de la mañana a la cual entraban todos los campesinos que venían a vender sus productos; otra a las nueve a la que llevaban los colegios y las escuelas y la misa mayor a las doce del día. Las dos primeras se llamaban misas rezadas y eran de corta duración, la de mediodía era cantada, con la presencia de todos los acólitos y me parecía eterna, además el templo se llenaba y se confundían los olores del incienso, las flores, los perfumes de las damas del pueblo y los hedores de los campesinos que después de siete o más horas de haber salido de sus casa en el campo la caminata hasta la plaza, el calor de la plaza y las cervezas o guarapo emanaban olores poco agradables que hacían vomitar algunas personas de estómagos delicados, torcer el gesto a las damas principales y dormitar a la mayoría de asistentes.

El rosario diario se rezaba a las seis de la tarde y duraba aproximadamente 45 minutos porque se rezaban las letanías y otras oraciones que, no se rezan ahora o cambiaron de forma. Los feligreses del rosario eran los mismos y las mismas, parece que eso no cambia mucho con los tiempos, las personas devotas y las beatas asisten a todos los oficios religiosos.

Quiero comentar que por esos tiempos la misa era en latín y es cura daba la espalda a la feligresía, o sea los fieles creyentes que asistían al rito. Por supuesto el altar era una obra monumental en estilo barroco con incrustaciones en oro (eso se decía), que se tumbó después del Concilio Vaticano II para dar cumplimiento a las nuevas normas religiosas.

Olvidaba decir que todo el mundo acompañaba la misa en latín y nadie sabía que demonios estaba contestando, por malicia indígena uno traducía algo así:

  • In nomini patris (en el nombre del padre)
  • Ite misa est (Se acabó la misa)
  • Et cum espíritu tuo (y con tu espíritu)
  • Per secula seculorum (por los siglos de los siglos)
  • In ilo tempore dicere Jesu at dicipuli sui (en aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos)

Bueno, algunas personas traducían a su manera y los chinos hijuemadres de esa época (igual de traviesos a los de ahora) traducían como se les daba la gana y sacaban chistes de la misa. Se hablaba del cólico miserere y resulta que si existe y el asunto era que el sacerdote se despedía cantando en la misa de doce y nosotros traducíamos acólito miserere que si no caga se muere u jajaja, risa que si nos pescaba el cura Peña bofetada segura. El cura Montaño era más tranquilo pero Aquilino ayayay, lo sacudía a uno de un coscorrón o le daba con el bonete (un gorro eclesiástico que ahora no usan), también lo halaba a uno de las patillas y lo alzaba unos centímetros para que aprendiera a no burlarse de las cosas santas y uno si padre, ya entendí padre y pensaba uno no me joda padre.

El Rosario

En esos tiempos eran solo tres misterios: gozosos, dolorosos y gloriosos. En el mes de mayo el pueblo se distribuía por cuadras o por familias y cada día le correspondía a un grupo decorar el templo de la mejor manera para superar lo de los anteriores y tratar de no ser superado por los siguientes; había decoraciones extraordinarias y, en la lejanía de los años me admiro de cómo hacían sin los recursos tecnológicos de ahora. Las señoras se las ingeniaban para iluminar las naves y los altares a punta de velas y veladoras, con cirios benditos, angelitos en cartulina y telas de mil colores donde destacaban el blanco y el azul, colores de la Virgen.

Los grupos adinerados gastaban grandes cantidades de la época en pólvora y algunos hasta se permitían juegos pirotécnicos después de la ceremonia. Hasta se daba tinto para el frío de la noche y por debajo de la ruana uno que otro traguito de aguardiente sólo para los caballeros que asistían a esta ceremonia, muy pocos por cierto. Los otros observaban los juegos de chispas y truenos desde las puertas de las pocas tiendas que permanecían abiertas a esa hora: siete de la noche.

La Semana Santa

Esta era una semana plena de fervor religioso, tan diferente a las de ahora. Todos participábamos activamente de todas las actividades religiosas, en especial nosotros, los acólitos y debo decir que esta época me marcó de por vida. Debajo de la sacristía existía un sótano donde se guardaban las estatuas de los santos cubiertas por unas telas moradas; este sitio me causaba pavor y un día por error quedé encerrado entre tantos santos que me sentía en el cielo pero un cielo tenebroso, no gritar podía y no recuerdo como salí del embrollo. Bueno, el domingo de ramos se realizaba una procesión por todo el pueblo, con la mayoría de las imágenes engalanadas sobre unas plataformas de madera, en hombros de los señores más rezanderos o eso era lo que yo pensaba.

Las imágenes dolorosas, esas que me daban más miedo, se acomodaban sobre otras andas para las procesiones dolorosas del jueves y viernes santos y las señoras devotas (que eran todas las beatas del pueblo, entre las que se encontraban mis tías y las maestras de las escuelas) “vestían” a los santos de la mejor manera que podían y rivalizaban entre ellas por ser el mejor paso.

El viernes santo se moría Nuestro Señor y por derecha las campanas, entonces resucitaba un aparato que odiaba y aun me fastidia, la matraca, in aparato infame que parecía una maquina de tortura de la inquisición y que necesitaba de la fuerza de un hombre hecho y derecho (Carlos Gacharná y a veces otro compadre), la maldita matraca sonaba a todas horas y era un revuelto del ruido de varios trenes, truenos de tormenta y un derrumbe de piedras. Por fortuna resucitaba Cristo y se moría de nuevo el maldito aparato. El jueves y el viernes santos no abrían ningún negocio y sin decreto de ninguna clase había ley seca, de manera que los borrachitos del pueblo (que no quiero nombrar) sufrían como si los azotes y la crucifixión fuera para ellos, además las esposas estaban pendientes de que no bebieran por dos días… pero los benditos iban a las veredas y se emborrachaban con chicha y guarapo. El jueves con el lavatorio de los pies y otras ceremonias era pasable pero de esa época data mi retiro de la iglesia durante los viernes santos. Este día un orador sagrado se encargaba del Sermón de las Siete Palabras y quién dijo miedo, el bendito soltaba un chorro de palabras incontenible que podía durar hasta seis horas. Esta tortura la soporté tres años, los que duró mi actividad como acólito de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima de Chipaque.

Los Matrimonios

No es mucho lo que puedo decir, igual que los entierros se daban por categorías y esto dependía de la capacidad económica de los contrayentes. Los adinerados decoraban toda la iglesia con flores y festones, la misa era cantada y hasta con los coros del colegio. El maestro Romero en el armonio interpretaba la marcha nupcial y listo. Los del siguiente nivel se casaban en misa rezada con el altar engalanado y pare de contar. Los pobres simplemente se casaban. Sin vestido blanco ni traje de paño… pero la fiesta con borrachera incluida y comilona si no faltaba. Muchos matrimonios campesinos tenían su primer pelea esa misma noche con puños y jeta rota y de todo. 

Los Entierros

Acá me permito incluir completo un artículo ya publicado pero que refleja la realidad de esa época tan lejana para mis jóvenes lectores:

Cuando cuento mis experiencias de una vida anterior o, mejor, de mi vida hace muchos años, siempre se ríen y dicen que tengo  una imaginación desbordada, puedo asegurarles que todo lo que sigue es cierto y si lo dudan pueden preguntarle a los sacerdotes a quienes serví como acólito. También deseo que sea claro que hablo de mi pueblo, porque de pronto en otros pueblos había más o menos categorías al final de la vida, pero en el mío era como lo voy a contar. No quiero demorarlos, de manera que empiezo por decir que los entierros, funerales, honras fúnebres o como se les quiera denominar, según el país, tenían cinco categorías, y se realizaban así:

De primera categoría

El sacerdote esperaba al difunto y toda su comitiva en la puerta de la iglesia; iba revestido con ornamentos de pontifical y las honra fúnebres incluían misa cantada con el coro del colegio de las hermanas de la Presentación, el maestro de música del colegio parroquial (Augusto Romero) y la presencia de las personalidades del municipio: el señor alcalde y señora, el sargento de la policía, los concejales (y sus respectivas señoras) y el juez y señora; por supuesto, si el difunto lo ameritaba con hijos, sobrinos, nietos , etc. No digo que el cura también iba, como era de esperar, porque era quien celebraba la ceremonia y no podía faltar.

La iglesia se llenaba de flores y coronas que me grabaron en mi mente infantil el olor a muerto; digo, para mí, siempre que entro a una floristería me devuelvo al pasado y recuerdo los funerales por el olor de las flores. Antes de la misa las campanas soltaban unos sonidos lúgubres que llamaban redoble a difuntos para advertir a los pobladores que la ceremonia era para despedir de este mundo a uno que se murió y que se fueran preparando para ir a la iglesia. Eran tres toques separados por quince minutos (hoy todavía es así).

Terminado el ceremonial con llanto mesurado, como correspondía a las personas importantes, salía el cortejo fúnebre rumbo al cementerio, mientras las campanas sonaban con un redoble triste,  encabezado por tres acólitos de sotana negra (uno con la cruz y a cada lado otro con su respectivo cirial) luego seguía el acólito con el incensario que balanceaba de derecha a izquierda esparciendo el olor a incienso por las calles que recorría la procesión (ese es otro olor que relaciono con la muerte), a continuación el cura que iba rezando las oraciones pertinentes, detrás de este el ataúd cargado por los parientes y amigos del difunto, en seguida los familiares y amigos y por último todos los chismosos del pueblo que nunca faltaban para recoger todos los detalles del funeral y luego comentarlos por todas partes.

De segunda categoría

El sacerdote esperaba el cortejo fúnebre al pié del altar mayor. Celebraba una misa rezada (sin música de armonio ni coros del colegio), comentada acerca de las virtudes del occiso en un sermón corto y sin adornos retóricos y acompañaba el cortejo hasta el cementerio.

En esta categoría también sonaban las campanas durante el desfile y a las mujeres del cortejo no les daba pena chillar como si ocurría con las estiradas de la primera categoría. Tampoco les daba pena abrazar el féretro en el cementerio y decirle a Dios “Dios mío por qué no me morí yo y no ellaaaaaa….”.

 A veces yo quería ser Dios para cumplirles el deseo a las chillonas y que se murieran y dejaran de berrear pero eso era lo normal en los entierros de segunda.

De tercera categoría

Idéntico al anterior pero con una sola diferencia que marcaba el límite entre el mundo de los ricos y el de los pobres: el cura llegaba hasta la puerta de la iglesia y allí despedía los restos mortales del difunto, le echaba la bendición y con el hisopo salpicaba de agua bendita el ataúd y los acompañantes del cadáver.

A veces el sacristán nos llevaba a dos acólitos para acompañar los restos del difunto hasta el camposanto y después se metía a tomar cerveza con los dolientes en una tienda llamada “La última lágrima”.

De cuarta categoría

Se abría únicamente la puerta del centro para que entrara el cortejo de dolientes; no había misa, sólo se rezaba el Oficio de difuntos, el sacerdote llegaba hasta la puerta, echaba la bendición y el triste cortejo salía rumbo al cementerio. Estos también chillaban y bebían cerveza o chicha después de echarle tierra a su difuntico.

De quinta categoría

El sacerdote esperaba el grupo de dolientes, con su cajoncito de tablas tristes, frente a la iglesia, abría el libro donde leía lo indispensable del Oficio de difuntos, echaba la bendición al cadáver y a sus pocos acompañantes y lo despedía de este mundo sin flores, ni misa, ni campanas ni flores ni nada.

Los familiares cargaban su muertico hasta el cementerio y en algunas ocasiones lo sacaban del ataúd y lo echaban en una fosa común porque no tenían para pagar los derechos de un hueco individual ni la caja mortuoria; lloraban un rato su partida de este mundo y salían a devolver el cajón.

Epílogo

Así era, incrédulos, la jerarquización de las personas hasta en la muerte. Hoy, hasta los más pobres, se van para el otro mundo en ataúdes de lujo  que ya quisieran muchos difuntos esas comodidades en vida.

La diferencia grande está en que los ricos siguen su vida sin más y los pobres quedan endeudados hasta el pescuezo porque morirse cuesta caro. El muerto al hoyo o al horno y los vivos a pagar por cuotas los servicios funerarios.

Por esta vez cierro el tercer capítulo y espero que no estén cansados para seguir con estas reminiscencias.

Edgar Tarazona Ángel
www.molinodeletras.net

 

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