Ama de casa

Esa noche, cuando por fin pudo recostarse y descansar su adolorida espalda, Ana sintió también una punzada atravesándole el alma. Hoy, había cumplido 43 años de edad y como todos los años Matías, su esposo, lo olvidó por completo.

Humberto, el mayor de sus hijos, bajó a la cocina por la mañana con gran rapidez atropellando en su loca carrera a todos los que se ponían enfrente, engulló con voracidad un pan con mantequilla en tanto casi se atraganta con la leche que tomó directamente del cartón para después anunciar que no lo esperaran a comer y tal vez tampoco a cenar debido a importantísimos planes impostergables. Acto seguido, salió dando un fuerte portazo sin siquiera darle un beso de despedida.

Patricia, la de en medio, interrumpió un segundo su ya acostumbrada conferencia telefónica para entregarle una cajita al tiempo que le guiñaba un ojo. Al abrir el regalo, Ana descubrió un par de aretes sospechosamente idénticos a aquellos que dos navidades antes ella misma le había obsequiado.

Y para culminar con broche de oro llegó Carlos, el menor, con una hermosa rosa blanca entre las manos, era la misma flor perfecta que Ana sembró en el jardín meses antes y de la cual cuidó con esmero durante semanas hasta verla florecer con tanta gracia y perfección. Con resignación y una sonrisa triste preparó un florero con agua y la colocó dentro.

Esa noche, recostada en su cama, protegida por las sombras dejaba escapar libremente  lágrimas de sus ojos mientras pensaba en la muchacha alegre y decidida, soñadora y optimista que fue en su juventud.

Su familia era humilde, así que ella se pagaba los estudios trabajando en lo que fuera: como lavaplatos, mesera, cajera y vendedora de casa en casa. Cuando conoció a Matías se enamoró como una loca, a los seis meses se casaron y al año ya estaban viviendo  en una ciudad fuera de la capital. Lejos de su familia, con los estudios truncados, los sueños rotos, dedicada por completo a los menesteres del hogar y a cumplir con las exigencias cada vez más absurdas del marido comenzó a padecer la más absoluta soledad, aún cuando dentro de su vientre Humberto crecía ya de manera inmisericorde.

Cada nuevo día era igual al anterior: La mañana transcurría entre sábanas sucias pendientes de ser lavadas, trastos con grasa, paredes manchadas de cochambre y pisos que necesitan ser fregados. La tarde se hacía eterna pues los hijos se abocaban a sus menesteres sin hablar con ella, sin tomarla en cuenta. Por fin Matías entraba por la puerta y a los cinco minutos se encontraba ansiando que el hombre se fuera otra vez. Pues aquel comenzaba enseguida con su engorroso y confuso parloteo en el que narraba ininterrumpidamente los acontecimientos del día. Ana lo escuchaba sin esforzarse por responder a las preguntas que el marido le formulaba entre frase y frase, pues antes de que lograra siquiera abrir la boca él mismo daba contestación a sus interrogantes.

Solamente interrumpía para llevarse a la boca porciones de la cena, en cuanto saciaba su apetito se levantaba de la mesa contento, satisfecho por el tiempo dedicado a su mujer. Se retiraba a mirar televisión y a roncar como un león hasta el día siguiente en que la historia comenzaba otra vez.

La pobre Ana había desarrollado un mecanismo de auto defensa en donde el mundo ideal se encontraba dentro de ella misma: enfermedades, depresiones, soledades, alegrías, tristezas, triunfos y fracasos personales eran concebidos, celebrados o padecidos según fuera el caso por sí solos.

Era así que dentro de esa prisión voluntaria que representaba su hogar no era raro descubrirla ensimismada sosteniendo acaloradas discusiones y monólogos con su “yo” interno, tratando de convencerlo y convencerse de que no había razón para sentirse mal pues tenía grandes cualidades además de un marido honrado y aparentemente fiel, tres hijos y una casa propia ¿Acaso no es esto lo que anhela toda mujer?

Antes de cumplir el año de casada había renunciado a todo intento por conversar con su esposo al descubrir que tratar de entablar cualquier plática con él era un esfuerzo estéril que solamente conseguía dejarla sumida en una enorme depresión acompañada de todo un tratado de la situación política del país cuando lo que ella quería era plantear la posibilidad de un día de campo que jamás encontraba eco y terminaba hecha añicos en un rincón junto con sus ilusiones. Entonces supo que no era más que una oreja marital y una sombra dentro de aquellas paredes.

Cuando los hijos llegaron las cosas empeoraron pues a todo lo anterior se sumaron más exigencias del hombre, los berridos de las criaturas que la demandaban las veinticuatro horas y que tenían el gran tino de llorar, exigir, pelear  y preguntar al mismo tiempo que Matías hablaba y hablaba y hablaba. Así era su vida.

Pero, sucedió que un día Matías le comunicó que estaba por llegar un primo suyo a hospedarse con ellos. Venía del norte para realizar unas prácticas de estudio imprescindibles para titularse y le comunicó que esperaba que supiera recibirlo con amabilidad y lo proveyera de lo necesario para que su estancia esos meses fuera lo más cómoda posible.

El primo Nicolás llegó un miércoles después del desayuno. Ana comenzaba el ritual de la limpieza cuando escuchó el golpeteo en la puerta. Al abrir, se encontró con un joven de apenas 26 años, piel tostada y mejillas encendidas, con el cabello engominado peinado hacía atrás y unos profundos ojos miel mirándola fijamente.

Entró en casa rompiendo el silencio de las paredes con estruendosa voz mientras invadía la estancia con maletas, papeles enrollados, reglas y artefactos raros. Ella se apresuró a mostrarle la habitación que ocuparía y en tanto el huésped se acomodaba se retiró a prepararle el desayuno.

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