Amor

En cada Navidad ella solía regalarme una rosa y yo le regalaba un clavel, cuando nos preguntaban por qué simplemente sonreíamos y respondíamos “porqué no, una flor es una flor”. Lo que no decíamos era que la razón exacta de nuestros extraños regalos eran simples y diferentes, al tener su rosa en mis manos la tenía a ella conmigo y ella me tenía a mí en el clavel.

¿Porqué?, pues porque dicen que la rosa representa lo femenino y el clavel lo masculino, así que su feminidad me acompañaba cuando miraba la rosa en el pequeño florero de mi escritorio.

A veces nos poníamos a jugar comprándonos cosas que a primera vista eran para el otro pero que parecían estar en el lugar equivocado, veamos..., un adorno de perlas que ella se compró y que me lo dio para que lo cuelgue en el monitor de mi computadora, un respaldo con encajes que está en el espaldar de mi silla, un disco dvd de una de las tantas películas que le encantan, la foto de su familia sin ella, una caja de maquillaje a medio uso dentro de mi escritorio, hasta algunos papeles con el membrete de su oficina, además de algunos pequeños libros técnicos de su profesión. Cuando ves por vez primera mi oficina parece que tengo gustos raros y muchos suelen mirarme extrañados de lo "femenino" que resulta todo. Yo simplemente sonrío pero evito las explicaciones.

El fondo de escritorio de mi pantalla tiene la foto de mi dormitorio y las salas de mi casa en una composición donde ella aparece en un rincón casi escondida de todo y está de costado mirando una ventana. Lo más raro es que no tengo una foto suya mirándome desde ningún lado, solo sus cosas desperdigadas cuidadosamente entre las mías.

En su oficina es lo mismo, tiene varias de mis cosas allí, un día descubrí que mi corbata favorita estaba escondida en su escritorio y me dijo que era para compensar lo de la cajita de maquillaje que estaba en el mío. También tiene una pequeña bandera de mi equipo favorito colgada en su pared, cosa que me sorprendió mucho porque ella simpatiza con los "otros", los odiados, a los que defenestro cada vez que un partido sale a su favor. Luego recuerdo que soy yo el único que pone la pasión fanática en el asunto y que ella se pone los otros colores solo para decirme que en algunas cosas somos diferentes.

Cada cosa que tengo aquí, en este espacio donde paso el 70 por ciento de mi tiempo, me permite recordarla, me permite saber que al caer la noche y volver a casa la encontraré a ella, la propietaria de todo lo que tengo aquí prestado, porque cuando me pongo a reflexionar sobre esta manía extraña de darnos al otro lo que debería ser para uno, es para mirar y saber que le pertenece a esa persona diferente que hace tus días felices y que si están ahí es porque confía en que se las cuidarás y las tendrás siempre listas para cuando las necesite.

Recuerdo que la primera vez fue cuando éramos novios. Como tantos otros, compré esa navidad una rosa para ella porque no me alcanzaba el dinero para nada mas y fui a nuestra cita con la emoción de verla. Ella se apareció con un clavel en las manos y nos reímos de haber tenido la misma idea de regalarnos una flor, de pronto, cuando nos dimos cada uno la flor que correspondía, ella me miró y me dijo que a veces se sentía sola y a pesar de tomar en las manos las cosas que le había regalado antes, parecía como si algo mío faltara allí para ella.

La miré y comprendí lo que quería decirme al instante, yo sentía lo mismo muchas veces, tomaba entre mis manos las cosas que ella me había dado y sabiéndolas mías quedaba solamente un vago recuerdo de que ella me las había comprado. Le dije que tenía una idea, tomé el clavel y se lo di, le dije que lo cuidara por mí, que se lo prestaba para que me recuerde cuando no estaba con ella. Me miró y sonrió y sin decirme nada me dio la rosa que yo le había comprado y también me la prestó.

Así comenzó aquella historia, hace ya algunos años.

Luego nos casamos y cumplimos el rito de los regalos, compraba algo para mí y se lo prestaba para que me lo cuide, ella hacía lo mismo. Al principio lo hacíamos solo en casa, luego comencé a llevar algunas de aquellas cosas a la oficina sin saber que ella también había hecho lo mismo con algunas de mis cosas.

Fue divertido enterarnos.

Un día nos preguntamos por qué lo hacíamos si ahora estábamos juntos todo el tiempo, la única respuesta que hallamos fue que mirar las cosas del otro allí donde no pertenecían era sentir la presencia de la persona que acompañaba nuestra vida, ella la mía, yo la suya.

Cuando discutíamos y terminábamos enojados, a veces nos devolvíamos todo, hasta el mínimo objeto perdido entre nuestras locuras de llevar y traer cosas, muchas veces el enojo acababa al enterarnos de las cosas que se nos había ocurrido llevarnos y entre risas y bromas se nos iba el enojo y nos reconciliábamos amándonos hasta que el cansancio nos diga basta. Al día siguiente las cosas volvían a su incorrecto lugar.

Solo una vez el enojo fue tal que llevé todas sus cosas que tenía en la oficina encerradas en una caja y se la dejé a la puerta del dormitorio, ella hizo lo mismo con las mías y me las dejó al pié del sofá (que sería mi nuevo dormitorio por algunos días). Fue una angustia terrible al quinto día, mi oficina era un pulcro lugar de macho sin nada de aquellos encajes ni adornos, y luego del orgullo final, cuando parecía que todo en realidad se había roto entre los dos, me fijé que nada de ella estaba allí, que mi vida sería a partir de ese día una constante falta de ella en toda mi realidad.

Me invadió la tristeza y la angustia me carcomió el alma, no era posible que la otra mitad de mi vida pueda desaparecer así, todo lo que había soñado estaba planeado con ella como protagonista, con ella como compañera, con ella como partícipe de todo.

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