Cuento | Humildad

 

Vivía a las afuera un reino un hombre llamado Navas,  este era un hombre sabio, siempre apreciaba los días y no se involucraba en cuestiones sin sentido.

 

Un día mientras paseaba  el rey con sus cortesanos y sus sirvientes,  divisó a Navas a lo lejos, este yacía descansando tranquilamente en la entrada principal de la ciudad, se le acercó y luego de saludarlo le dijo:

 

-  Porque no dedicas tu vida a algo más fructífero- sentenció

 

Navas lo miro y luego de una breve pausa, le dijo:

 

Es que esto es lo que más quiero hacer en este momento,  por tu parte lo que tú tienes que hacer es dejar que los ciudadanos del sur te paguen los impuestos con la vid, no solo estarán más contentos sino que además producirán más y tu reino se verá afectado terriblemente.

 
 

Al escuchar estas palabras el rey sonrió con una sonrisa exigida,  le dio las gracias y se alejó meneando la cabeza.

 

Luego de llegar a reino, dispuso nuevas reglas para los ciudadanos del sur, ya no tendrían que vender sus uvas  y  pagar con monedas, sino que pagarían con frutas, y el reino será la encargada de venderlo.

 

La noticia llegó como una buena nueva, los ciudadanos del sur no sólo festejaron sino que además brindaron en honor al rey que tanto amaban.

 

Pasaron algunos meses y la producciones fue la mejor en décadas.  El rey pidió nuevamente que lo lleven a las afueras de la ciudad necesitaba hablar con Navas.

Inmediatamente al llegar lo encontró sentado debajo de la misma planta que lo hubiera hallado un tiempo antes.

 

Cuando se acercó inmediatamente le consultó por una cuestión real, Navas no solo respondió con gran elocuencia y claridad, sino que además se alegró al saber que el mismísimo rey venía su encuentro.

 

Las respuestas de Navas eran siempre las correctas, no solo benefician al rey sino a todo el pueblo, por ello un día el rey lo invitó a que viva en el palacio y que sea su consejero real.

Navas estuvo de acuerdo, no solo vivía extremadamente bien, sino que su amistad con el soberano era cada vez más cálida y genuina.

 

Los sirvientes que veían que esta relación era cada vez más intensa, y que no solo Navas vivía en la mejor habitación, sino que tenía las mejores mujeres,  la mejor comida.  Era sin lugar a dudas el Niño mimado de su majestad.

Muchos empezaron a conspirar contra Navas,  sintiendo celos y envidia, notaron que el todos los viernes por la tarde, iba hasta un cuarto que se encontraba en los jardines lejanos del palacio y allí pasaba una hora para después regresar.

 

Inmediatamente la voz llegó al gran rey,  uno de los sirvientes aprovechó la oportunidad y  la admiración que este sentía para agregar.

 

- Majestad usted no conoce toda la verdad.- ¿La verdad? Que verdad tengo que conocer, te exijo que me la digas.  

 

- Mientras tu estás complaciendo todos los favores de Navas, el aprovecha las tarde de los viernes para conspirar contra ti y derrocarte.

 

- No puede ser -  respondió el soberano – es Imposible

 

- El sirviente luego de hacer una larga pausa agregó:-  Puede verlo usted mismo.

 

Mañana es viernes a las cinco de la tarde lo acompañaremos a las afueras de los jardines reales para ver que esto es una absoluta verdad.

 

El rey siguió confundido, pensó por un momento si esto podría ser cierto, si su consejero real, que no solo había ganado su confianza sino también su amistad. Podría estar conspirando contra él.

 

Esa noche no pudo dormir pensando en la traición, espero durante todo el día para que se hicieran las cinco, cuando hubo llegado esa hora se escondió detrás de unos arbustos para no ser descubierto y espero paciente a que llegara Navas.

 

Claro como todos los viernes, Navas se hizo presente en el lugar, llegó a la puerta y luego de mirar para ambos lados, entró en la pequeña habitación que se usará en el pasado para guardar herramientas del jardín.

 

El rey se sintió furioso, salió de su escondite e inmediatamente al llegar a la puerta la golpeó con gran firmeza.

 

Se escuchó una voz desde dentro que decía.

 

- ¿Quién es? -

 

- Soy tu soberano – le respondió el rey casi gritando – abre la puerta o la tiraré abajo.

 

Navas abrió despacio la puerta y luego de mirar al rey hizo una referencia y dejo que ingresara juntos a los sirvientes.

 

Cuando estuvo dentro halló que solo se encontraba Navas, había sobre la pared apoyada un vara y sobre el piso inmediatamente a su lado, había una túnica desvencijada. Unas velas en el centro y un poco de agua.

 

El rey lo  miró y le dijo:

 

- ¿Así que vienes todos los viernes aquí para conspirar contra mí y derrocarme?

 

- ¿Derrocarte yo? -  Imposible mi rey

 

- Entonces dime a qué vienes a perder una hora solamente aquí dentro.

 

Navas miro al piso con un signo de vergüenza y luego le dijo:

 

Sabes lo que sucede, cuando viene al reino no tenía más que estas cosas, tú me has cobijado como un hermano, no solo me has dado las mejores cosas, sino que además tengo ropa, comida, agua caliente y todos los lujos que un hombre puede desear. Cuando viene no tenía más que esta vara vieja y estos harapos todo raído.

 

Así que vengo aquí cada viernes para verlos y no olvidarme de donde vengo.

 

Quizás nosotros somos una especie de rey que busca justificar nuestro espacio y nuestro tiempo, muchos de nosotros nos encontramos en un periodo de nuestras vidas, donde nos olvidamos de donde vinimos o como lo hicimos, no importa a veces la vida tiene esa forma de explicarnos maneras que no entendemos.

 

No olvides desde dónde vienes. NO esperes que el tiempo rompa lo que tu has sido. Contempla tu pasado como un escalón para lograr las cosas que ya pudiste lograr en tu presente.  

Hay cosas en la vida que es conveniente olvidar,  pero no olvides nunca de dónde venimos…

 
 
 

Andres Lacrosse.

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