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La princesa...

El encaje resbaló lentamente de sus manos.

Color plata con adornos de flores lilas apenas trazados en aquel pedazo de tela que ahora la abandonaba.

El sol había irrumpido caprichoso a través de la ventana de su cuarto después de semanas de solo ser un punto brillante entre bancos de negras y espesas nubes.
La princesa sintió el acariciar del terciopelo que caía y levantó el rostro hacia la luz y el tibio calor que atravesaba las ventanas.
Entonces se permitió una sonrisa.
Cuan difícil le parecía ahora expresar aquellos sentimientos que le eran tan propios, sin embargo una seriedad extraña había capturado su alma y los días grises fueron un cómplice perfecto para el decaimiento de su espíritu.
Princesa...
Se acercó al enorme ventanal de luz y buscó en el horizonte las razones de su sonrisa. Nada encontró.
Miró al cielo y lo sintió vacío, lejano.
Buscó en el prado y lo encontró indiferente.
Princesa...
Caminó junto a la ventana dejando que el calor irrigara su cuerpo como mágica panacea.
Hacía tanto que no sentía el calor, que quería bañarse en él para no perderlo nunca.
Paseó la vista por su principesca habitación, tan llena de cosas, tan vacía de sentidos, tan fuera de ella, que nunca pudo sentirla suya. Su habitación era parte del palacio, nunca parte de ella.
Nada había allí que atrajera recuerdos, solo contaban historias.
Princesa...
Quedó solo a unos centímetros del enorme espejo que casi cubría una pared. No quería verse. Era un espejo de princesa, no reflejaría a la mujer.
Dio media vuelta y se alejó de él.
Seguía la ruta del sol invasor.
Princesa...
Nuevamente se detuvo a mitad del ventanal y lo abrió a pesar del viento que viajaba refrescándolo todo.
Y a ella también la refrescó. Un estermecimiento frío sacudió su cuerpo, pero el calor vino en su ayuda y los rayos de aquel sol turista la mecieron hasta calentarla nuevamente.
Ella lo agradeció abrazándose, queriendo atrapar al sol en ese abrazo.
Princesa...
Miró en torno suyo pero no identificaba nada que le hiciese sentir menos sola, todo era ajeno, hasta el aire y el sol, el viento y el calor, el horizonte y la cercanía. Nada era suyo y ella no parecía pertenecerle a nada.
Su sonrisa desapareció.
Se frunció nuevamente su seño y la dureza se reflejó en su hermoso y triste rostro.
Princesa...
Yo la miraba de lejos... de cerca... de un lado y de otro
Yo que ahora soy aire esperé a que se abriera la ventana para acariciarla suavemente, para dibujar su cabello con la brisa y jugar un poco con los encajes que quedaban en su vestido.
Princesa, miras el cielo, la tierra y el horizonte y aun no puedes verme.
Voy a transformarme en calor para reconfortarte de nuevo.
Ella regresa a la habitación y toma el encaje caído.
Da media vuelta y sale otra vez a la ventana.
Yo que soy viento me acerco para sentirla, para que me sienta.
Ella me deja como regalo el encaje de plata y lilas.
Cierra la ventana dejándome fuera.
Y si como de una señal se tratase, las nubes se abrazan nuevamente cerrando los espacios a la luz. Al calor. Al sol.
Subiré nuevamente a batirme con ellas para darle a mi Princesa otro regalo de luz cuando la ventana vuelva a abrirse.
Yo que ahora soy aire, llevo el encaje de mi Princesa prendido a mi mismo y vuelo con el hasta buscar otro nuevo abrazo con mi Princesa.

FIN

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