Perdedora

     Se quitó la última prenda y se entregó dócil a sus brazos, acariciándolo dulce y cálidamente, y justo cuando sus labios iban a unirse en pasional beso la despertó en medio de la noche el sonido del teléfono. Con una extraña mezcla de sensaciones, el aun intacto calor de su sueño y el repentino frío de su cama, se debatía entre contestar o no. Al noveno ring, insistente en señal de posible emergencia optó por levantar el tubo.
-¿Hola?
-Hola Amelia, escuchame, yo no…
-Perdón, ¿quién habla?
-Ernesto.
     La mera coincidencia le erizó la piel. Se incorporó ridículamente en la cama y peinó sus cabellos, como si el pudiera verla. Se sentía incómoda con la idea de hablarle cuando hacía tan solo unos segundos lo había estado soñando
-Eh…Ernesto, ¿qué…? ¿sos…sos consciente de la hora que es?
-Si, si, ya sé, y mil disculpas, pasa que…
-¿Qué? ¿Estás bien?¿Tu…tu mujer está bien?
     Pronunció las últimas palabras con un leve resentimiento que le produjo molestias en la garganta. Esperaba que el lo notara.
-Si…no, si…no se, yo…
     E hizo un largo silencio. Algo en el estómago le daba una molestia enorme, que siempre sentía cuando oía su voz. Desde el divorcio habían hablado pocas veces, pero cada vez era lo mismo.
-Mirá Ernesto, estas no son horas de…si necesitas hablar, sabes que…
-Te extraño tanto.
     Lo odiaba cuando hacía esas cosas. Era tan Ernesto lanzar bombas así. Por supuesto que ella también lo extrañaba, y los sueños cada vez más recurrentes eran solo una de las evidencias de cuanto lo necesitaba. Sus labios, en leve sonrisa disimulada, no podían ocultar cierta satisfacción de que la buscara aun estando con la otra. Como si la eligiera sobre su nueva mujer. Pero había un algo en todo eso que la molestaba. Se sentía aturdida.
-Ernesto, yo no se si sea…yo…
-Te extraño
     Ella simplemente respiro del otro lado del teléfono. Era el momento de decidirse…podía decirle que también lo extrañaba, que lo deseaba, cuanto lo soñaba…o simplemente cortar la llamada y...

     A la mañana siguiente, aun un poco adolorida y exhausta se despertó para ver como Ernesto se vestía. No podía dejar de sentir cierta satisfacción. No era tanto por el sexo en si, iba más allá, una batalla ganada contra la otra mujer. Algo así, raro, pero satisfactorio. Ella había ganado esta vez, y eso no se lo podía quitar nadie. Así, con sus pensamientos en vuelo, le dedicó una sonrisa que él le devolvió, y luego solo lo vio partir. Cuando la puerta se cerró y solo quedó su aroma, su sonrisa se fue invirtiendo poco a poco, y esa satisfacción se tornó en la nada y luego en angustia. Sintió como se anudaban en su pecho pensamientos, recuerdos y estas nuevas experiencias, y no pudo más que dejar escapar la primera lágrima, que desencadeno una tormenta de llanto, sintiéndose una idiota, y odiándose por no haberse dado cuenta antes. Y lloró toda la mañana habiendo deseado seguir siendo la perdedora, porque a veces, el que “vence” es el verdadero derrotado. Y ambas habían perdido. Y él era el único ileso. Y lo odiaba por eso.

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