Una señal del más allá (II)

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Emilio entendía que el cuerpo es mortal y se desgasta, pero algo hay dentro impávido ante el tiempo. Imaginaba que iba de paso hacia un mundo mejor y sin afanes. Suficiente acicate para soportar lo que llegara. No imaginaba en el más allá tormentos, como los que aseguran los predicadores puritanos que arengan en nombre de un dios vengador que ni conocen. No, el suyo era un paraíso, en una existencia renovada saneada de sus perversiones, libre de los vicios terrenales; un mundo nuevo, pletórico de bondad y sin maldad alguna. ¡Qué iba a haber sufrimiento en un universo irreprochable! A nadie iban a condenar porque las faltas, con el arrepentimiento, al entrar, serían saldadas.     

Pero lejos de Emilio pretender predicar verdades reveladas; de querer indisponer contra  la materia al alma y de anatematizar el cuerpo y señalarlo como ruina del espíritu. El cuerpo en su esplendor era fastuoso, hermoso y hedonista, fuente de placeres indecibles, lo había disfrutado sin sonrojo alguno cuando ni una sombra de padecimiento lo inquietaba. Y ahora cuando las dolencias se iniciaban, le arrancaba goces que las compensaban. ¡No!, su cuerpo no era un contrincante,  era un aliado, pero perecedero y frágil, con apogeo fugaz y limitado.

Admitía la finitud corporal como una ley natural, como un proceso normal que no lo atormentaba en razón de su hipótesis sobre el destino del ser tras de su ciclo corpóreo. Y volvía a su creencia de que el cuerpo podía ser admirable en su esplendor, pero era aborrecible  en su crepúsculo. Duro juicio, reprochable, indigno, insensible con quienes reunían la condición de viejos. Pero cuando pensaba que él ya en esa categoría clasificaba, se sosegaba. No era entonces una crítica indolente, era la aceptación de una realidad inalterable. Bastaba ver su piel de sesenta años y compararla con la lozanía de Adriana a los veintiocho. Comparar aquel organismo joven, sin achaques, con el  suyo, gastado y presa de dolencias.  Pero no era el fin, nada que lo inquietara, también él había poseído una materia saludable y vigorosa. Se asombraba sí de que aquella mujer tan deseable lo quisiera. Pero lejos de aquel descubrimiento derrumbar su tesis, podía asegurar que la afianzaba: Tras el deslumbramiento por lo carnal y joven, llegaba el aprecio por el interior de las personas. Una mirada a lo profundo, sin la distracción de la cubierta seductora.  Y en esa profundidad, aseguraba, se descubre el verdadero ser y todo lo admirable. “Adriana, esa es el alma”.

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Luis María Murillo Sarmiento ("Cuentos críticos y reflexivos")
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