La pulpería de Don Anselmo

Nos ubicamos en el medio del campo, muy cerca de un arroyo, pocos vecinos, pero muy serviciales.-

  Don Anselmo, hombre casado con mujer y 3 hijos, en un momento de su vida, abandona el arado, y decide poner una pulpería.-

  Rancho de paredes de adobe, piso de tierra, con ventanas y puertas de madera, que el mismo construyó.- No muy lejos del rancho un ombú, y un horno para cocinar el pan.-

  Acostumbrado a trabajar de sol a sol, no tenía pereza para atender su pulpería, que desde la mañana temprano hasta la entrada del sol, clientes y parroquianos, los atiende con su carácter bonachón.-

  Su mujer Zulema, paisana aguerrida, parda, de estatura mediana, con muy pocos dientes, era la fiel compañera del pulpero Anselmo.

  Sus hijos Rogelio de 3 años, Atilia de 5 años e Isidro de 8.- No conocen la escuela, porque la más cerca estaba a 15 leguas, y era muy difícil el traslado hasta ella, y más por la edad de los mismos.- Pero Zulema, su madre, con los pocos conocimientos que había recibido en su vida, les iba enseñando lo que a ella le parecía importante.-

  Una vaca posiblemente perdida, se aquerenció en su rancho, y  ellos la bautizaron “la bienvenida”, quien les proporcionaba algo de leche por las mañanas; unas pocas gallinas, con el gallo “Perico”, que con su canto tempranero, anunciaba que había que levantarse.

  Su rancho dividido en cocina, cuarto grande donde dormía la familia, una pequeña división usada como galpón, la pulpería propiamente y la letrina, lejos del rancho.-

  En la cocina, un fogón donde se cocinaba a leña, se calentaba el agua para el mate, y un grupo de ollas con mucho tizne, que eran de uso diario de la familia.-

  Pero lo más importante para Don Anselmo era su pulpería. Un mostrador de madera, muy rústico, con una improvisada estantería de troncos, y la infaltable fiambrera, donde se guardaba por el cuidado de las moscas, queso, algún fiambre, carne cruda, y otros alimentos, que debían estar protegidos.-

   La balanza de cruz, para el despacho de alimentos, yerba, tabaco y azúcar entre los principales requerimientos de los clientes, junto a las bebidas, algo de vestimenta, y alguna medicina.

   Lógicamente que la pulpería tenía como principal fin, el despacho de aguardiente, que sus parroquianos, entre peleas, cuentos y chismes,  sabían saborear al mejor estilo gauchesco.-

   Las principales visitas a la pulpería eran sus vecinos, Don Pablo que llegaba en su caballo moro, Don Gregorio, muy callado pero con una experiencia de vida, por sus 80 años, Doña Tomasa solterona, pero con varias experiencias amorosas, ya que fue pareja del “Rengo Pedro”, y de “El retobado Prudencio”, pero no podemos dejar de nombrar a “La Parda”, no se le conocía el nombre, ni la edad, solo se sabía que era de carácter fuerte, araba la tierra, sembraba, hacía leña, y vivía sola.-

   Pero la pulpería tenía sus visitantes habituales, que le daban un toque pintoresco, y algunas veces gracioso, por sus cuentos, y anécdotas.-

   Entre los parroquianos más famosos tenemos “El petiso Romualdo”,  que consideraba que su caballo era su mejor amigo; “El baqueano Rodríguez”, fumaba tabaco negro, vestía bombacha bataraza, y en su cintura el puñal, para todo uso; y “El tuerto Ramón”, que nunca quiso decir su apellido.-

  Entre partidas de truco, aguardiente y tabaco, pasaban sus horas en la pulpería de Don Anselmo, que con paciencia y buena disposición escuchaba sus historias.-

  ¿Qué historias? Aparecidos, luz mala, lobisones y muchas veces el encuentro con el finadito Pereira.-

  Según el “Petiso Romualdo”, una noche de luna llena, muy cerca del arroyo, vio que se le acercaba un enorme perro lanudo, con malas intenciones.- Me quedé quieto “dijo”, y esperó que lo tuviera cerca.- Cuchillo en mano, poncho preparado para el ataque, estaba decidido a todo.- Cuando le quise atacar pega un grito y me dice” No me mates Romualdo, soy Jacinto, tu viejo compañero de troperías”.- “Hay juna no sabía que Jacinto era lobisón”. “Nos abrazamos, charlamos un rato y se fue moviendo la cola”.-

  “Eso no es nada dijo el baqueano Rodríguez”. “Hace unos meses buscando un novillo perdido de la patrona Doña Dolores, me pasó algo complicado para contar”.-

  “Que perro ni que perro”, “ahí nomás cerca de mis narices, se me acercaba el finadito Rosendo, se acuerdan el que murió por un estornudo”. Como dijeron los demás por un estornudo, “Si dijo Rodríguez, le dio por estornudar en un ropero ajeno”.- “Como les venía contando, se acerca el finadito, me pide un cigarro, me mira a los ojos, y me dice”: “No busques ese novillo, lo carneó el desgraciado que me mató, y los hizo chorizos”. “Que razón tenía el finado Rosendo, hacía unos días andaba vendiendo chorizos frescos por la zona”. “Se despidió el finado, se fue fumando suavemente y se perdió atrás de un tala”.-

   Me parecen que exageran, habló “El tuerto Ramón”, lo que realmente es cierto fue lo que me pasó a mí.-

  Atentos todos los parroquianos e incluso el pulpero Anselmo,  se prepararon para  escuchar su historia: “Una noche sin luna, venía por el sendero de las lechiguanas, y de repente veo a mi derecha, una luz, que iluminaba mi camino”. “¿Un fogón me pregunté?". “Con mucha curiosidad, me puse a observar dicha luz”. “No era ningún fogón”. “Seguí caminando por el sendero y esa luz me seguía”, “Nos hicimos tan amigos, que cuando la preciso, solo tengo que levantar el dedo, y está junto a mí”.-

   Ya se hacía la noche en la pulpería, y cada paisano, tomó su rumbo,  muchas veces con un destino incierto, porque a ellos, no se les conocía su verdadero paradero.-

  Don Anselmo cierra su pulpería, prende el farol, y junto a su mujer Zulema, intentan recrear parte de las acedotas que hoy se contaron en su comercio.-

  Mañana posiblemente, no faltarán los cuentos de los vecinos, que como Doña Tomasa, a primera hora estará buscando su pan, algunos gramos de azúcar, y su infaltable tabaco.- Doña Tomasa siempre trae algún cuento de sus chanchos, las picardías del loro, y porque no,  ilusiones amorosas que guarda en su memoria.-

  Don Pablo y Don Gregorio, no dejan de venir a buscar su tabaquito, y la botellita de aguardiente.-

  Ya finaliza el día, y hay que prepararse para el mañana. La pulpería queda silenciosa, cantan los grillos, y Don Anselmo y Doña Zulema, le dan las buenas noches  a sus hijos, y se entregan al dulce sueño reparador, que con el primer canto del gallo, estarán nuevamente en actividad.-

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