El tiempo en que no te tuve (X)

De este modo termina esta pequeña historia que ha sido tan apoyada por todos ustedes ¿Qué puedo decir? Sólo dar las más profundas gracias por todos los mensajes que he recibido, por las múltiples lecturas, por la gente que maneja esta página, por el premio; sobre todo por las incontables muestras de cariño y aprecio por mi trabajo. Queda el testimonio de los días que no volverán pero que dejan un dulce sabor de boca eterno. ¿Alguna vez un colibrí aleteó en tu nuca? Vaya pues por el amor y el deseo.

Buscas mi cuerpo en movimientos de cadera, oleaje suave, ondas de agua del centro al borde; al tiempo tu cuerpo despide una fragancia particular, pareces de jazmines y que en cualquier movimiento te puedes deshojar, te cubres de una fina capa de sudor, el sol destella de todas tus partes y yo tengo la impresión de estar mancillando una fantasía. El olor de nuestros deseos asciende pegado a las vidrieras, alcanza el cielo raso de la habitación y se expande, vaporizado, alcanzando cada parte del departamento.

Ahí no lo sabía, fue horas después que te fuiste, abría cajones y salía una voluta de aire con tu aroma, movía las manos y el perfume tomaba las características del sonido revoloteando contra las ventanas y regresando a mí. Al remover la arcilla con el agua  la  sensación era parecida a agitarte el útero con las dos manos, el útero anegado de los dos, y de ese modo olía. Nuestro aroma se insertó en las maderas y en los pocos muebles, quedó en almohadas, en las sábanas. Imperecedero en el colchón que nunca volvió a secarse.

Continúo.

Desisto de penetrarte en tanto intentas jalarme dentro. Tomándote de los hombros te pongo con el pecho sobre la cama y acomodo la almohada directo en tu vientre, otra vez estás expuesta, separo con la rodilla tus muslos hasta el límite y tu labia se abre de modo voraz. Observo la emulsión blanquecina que te brota, que te alcanza los vellos, que se hace hebra y alcanza la sábana. Te deseo más, la sangre que agolpa al miembro es dolorosa y la supongo en velocidades vertiginosas del corazón a la lujuria, sigo deseando mientras aprendo con los ojos lo que comeré con la boca; recargo mi cuerpo sobre ti y tu sexo busca el mío para devorarlo, yo elevo las caderas y muerdo suavemente tu nuca, gimes y arqueas la espalda. El tiempo se ha vuelto líquido, las manecillas del viejo y mortecino reloj gotean hasta la duela, se cuelan en las grietas y tapan heridas del piso: llenan. Recojo tu sudor con la lengua, redefino los músculos de la espalda, los hombros. Hago los caminos de las costillas, la redondez de la cadera y voy hacia tus grietas, el cuerpo se te tensa por completo y me dejas hacer. Sabes que soy un niño aprendiendo. La textura entre el vello y tus hendiduras es sorprendente y disímil, el aroma es el vértice, los surcos son líquidos untados de un sabor salitroso que fluye, no deja de fluir, interminable en cada detalle, eres. Aprietas el cuerpo por un lapso largo. Sin mirarte sé que tienes entre los puños las orillas del colchón, que la respiración se te ha cortado, que te anegas de licores suaves. Dejo pasar ese temblor y con ambas manos separo tus nalgas, tu savia es incontenible, pongo mi sexo ahí y caigo por completo al abismo de pasión que eres. Desconozco el modo de decir, los términos parecen torpes y sin fuerza, las palabras dichas carecen de valor; estar dentro supera cualquier lugar donde estuve, ni siquiera existe un punto lejano de comparación; salgo, entro, me remuevo en un círculo corto donde el punto alto jala hacia arriba y atrás y el punto bajo te hace chocar la piel del vientre contra la almohada, ya no gimes, apenas suspiras por mi peso poseyéndote por completo, estiras el cuello hacia atrás y comprimes mi sexo dentro. Estoy sin poder salir, derramado en espasmos largos con uñas esmaltadas invisibles jalándome del abdomen, mis muslos se tensan buscando partirte. Estamos trasmutándonos, tú en mí, yo en ti.

Quiero que ELLA sea mi eterna Mesalina, la Virgen, la Magdalena, la carne y el canto, la mía ajena. Será, porque así quiero, la mezcla perfecta de arcilla y tacto, la bajeza de las calles sucias de la ciudad peor del mundo, el rostro diáfano de los ángeles del Capitolio, la palabra puta y Diosa; será por sobre eso, un Te quiero que suena Te amo.

ErosWolf

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