MORIR DE AMOR

El brillante sol irrumpía por los grandes ventanales de la Lee High School, en la ciudad de Houston, Texas, reflejando extrañas sombras en los rostros de los alumnos, que trataban de aprender algo de sus profesores. Parecía que todo el establecimiento estaba ordenado y en calma, pero eso no duraría mucho.   

Cuando sonó el último timbre, anunciando el recreo y la hora del almuerzo, la algarabía estalló en los salones, y como bandadas, salieron todos a la cafetería del lugar.

Ese viernes, a fines de octubre, la euforia era mayor. El sábado por la noche había un baile en la preparatoria  y todos trataban de conseguir una pareja para asistir.

― ¿Ya tienes a alguien con quien ir ?  ― le preguntó Ichiro, de dieciocho años, a su amiga Karen, de igual edad.

― No lo tengo decidido. Me lo han propuesto tres chicos, menos el que me interesa ― le contestó Karen, mientras se acomodaba su larga cabellera rubia. 

― Creo saber quién es. Peter. ― Ichiro le replica, con sus ojos negros y su mirada rasgada.  

― Así es. Todavía no me lo ha pedido ― responde con mucha seguridad.

― No tardara en hacerlo. Eres muy hermosa y tus ojos celestes son irresistibles ― agregó su interlocutor.  

― ¡Tú lo crees así ! ― Suspiró Karen y luego murmuró ― Por suerte tú no te enfrentas a estos problemas. Casi no hay chicas orientales en esta escuela y por lo tanto, no tienes la obligación de ir.

El chico se quedó callado, pero le dolió esas palabras. Sabía muy bien que no tenía ninguna oportunidad con ella, a pesar de estar profundamente enamorado. Se contentaba con guardarlo en su corazón y conservar, por lo menos, su amistad. Eso le permitía estar serca de ella.  

El sábado por la mañana, Ichiro recibió un mensaje de texto en su celular:

Te tengo que dar una hermosa noticia. Pasó lo que esperaba. Peter me invitó al baile, iré con él.  

Le temblaba la mano con el cual sostenía el celular. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Sus fuerzas lo abandonaron y tuvo que sentarse en cuclillas. Su corazón estaba hecho trizas. Se sintió insignificante en un mundo de gigantes.

Se recriminó no ser como Peter, no tener ese pelo castaño tan perfectamente ubicado en su cabeza ni esos ojos azules que podrían cubrir todo el cielo. Se maldijo y maldijo a sus progenitores por tener ese pequeño cuerpo y esos ojos tan rasgados que lo hacían diferente a todos.

La noche del sábado estaba despejada y la escuela atestada de jóvenes ansiosos por divertirse. El baile era un éxito.

Karen conversaba animosamente con Peter. De pronto, él la tomó de la mano y la llevó a su vehículo, aparcado a una buena distancia de la escuela. Ella confiaba en Peter y no opuso ninguna resistencia. El lugar estaba en penumbras.  

En ese instante, todo se transformó en tétrico y violento. El trató de abusar de ella. El espejismo de amor y fantasía que Karen se había construido, se derrumbó como un castillo de naipes.   

― Vamos nena, si tu también lo quieres ― le dijo, casi jadeando, en el oído de ella. El olor a alcohol que destilaba, era penetrante.   

Comenzó el forcejeo. Logró rasgarle parte de la blusa. Parecía que la negativa de Karen era como una afirmación para él. Eso lo excitaba. Ichiro estaba afuera de lugar, solo viendo como los demás se divertían. Cuando vio a Peter llevando a su amiga Karen a ese lugar, los siguió. Presintió algo malo.

Al ver la escena, golpeó fuertemente a Peter en la mandíbula y el joven se desplomó. Tomó a la chica  y la cubrió con una manta que había en el vehículo y la sacó del lugar. Mientras caminaba abrazado a Ichiro, Karen no paraba de llorar. El trataba de consolarla, acariciando su cabellera y secándole las lágrimas con su mano.

En el pórtico de la casa de Karen y antes de despedirse de ella, no pudo más y le dijo:   

― Te he amado desde que te conocí. Sé que no te merezco, soy tan insignificante ― inusitadamente le afloraban las palabras, que tan profundamente tenía escondidas ―. No pretendo que sientas lo mismo; me atrevo a confesártelo porque en una semana vuelvo a mi país.

Los dos se quedaron en silencio. No había palabras que pudieran decirse en ese momento.

 

***

 

Esa noche fue terrible para mí. Lo que me había pasado con Peter me angustió muchísimo. No lo esperaba.

Luego, la confesión de amor de Ichiro, me impactó fuertemente en mi corazón. Siempre lo vi como un amigo, un buen amigo. Ahora, todo ha cambiado. Trato de recordar lo vivido con él, trato de encontrar una explicación.  

Cuando estaba triste, él estaba a mi lado, cuando estaba alegre y feliz, el también estaba a mi lado. Siempre me veía con esos ojos, tan lejanos y al mismo tiempo, tan próximos.

Han pasado tres días desde esa noche y siento su ausencia. Me hace falta su compañía. El vacío es profundo.

¡Ah, como pude ser tan ciega!. No sé si es amor lo que siento por él, pero se le parece. Lo necesito a mi lado. En ocasiones fui muy cruel con mis comentarios. A veces, se puede herir a alguien sin quererlo, sin desearlo.  

Le estoy enviando un mensaje de texto en el celular, espero que lo responda:

“Ichiro, perdóname. No sé si es amor, pero siento algo por ti. Tal vez podamos intentarlo. No te vayas.”

 

***

 

Al otro día, Ichiro golpeó la puerta de la casa de Karen. Cuando ella la abrió, vio al joven detrás de un hermoso ramo de flores. Solo se escuchó su voz, que decía:

― Puedo morir de amor …solo tú puedes rescatarme.

Karen estalló en un llanto de alegría. Instintivamente corrió a abrazarlo y se besaron como nunca lo habían experimentado.

 

El destino tiene extraños laberintos, solo debemos escoger el nuestro.

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