TAN SOLO UNA AMANTE

He llevado el estigma de “amante” desde que conocí a Richard. “Algunas mujeres se conforman con tan poco” me solían decir con ironía. ¿ Que es poco y que es mucho cuando se trata del amor ?. Un minuto con el ser amado puede ser una eternidad y valer mucho más que toda una vida sin amor. No me arrepiento de nada. Pero no me juzguen sin conocer la historia.

Todo comenzó una fría noche de enero en la ciudad de las Vegas. Por mi figura esbelta había sido contratada como corista en los espectáculos que daba el hotel The Mirage. Todo me fascinaba, las luces de neón, el glamur; era la ciudad de ensueño para mí. Provenía de un diminuto pueblo perdido en Arkansas y esto era el paraíso.   

Mientras me preparaba para trabajar vi a un hombre de frac negro, pelo castaño y ojos pardos avellanas que se perdían en el infinito. Estaba arrecostado sobre una columna. Se veía triste. Le pregunté a mi amiga Carol quién era y ella me respondió simplemente: “El cómico del espectáculo”. Un hombre que en breves instantes debía hacer reír al público, se veía acongojado, eso me sorprendió y al mismo tiempo despertó mi curiosidad. Además, era atractivo. ¿ Como acercarme a él ?. Opté por el camino más sencillo: ir a su encuentro.

― ¿ Te sucede algo ? ― le pregunté con determinación.

El giró su cabeza para verme. El resplandor de la luz expuso sus ojos vidriosos ante mí. Dio una última pitada al cigarrillo que estaba fumando y lo arrojó al piso. Con una voz melodiosa me preguntó:

― ¿Quién eres?.

La ternura con que unió sus suaves cejas en forma de triángulo justo en su entrecejo, me subyugaron por completo.

― Mi nombre es Ariane Winwood.

― El mío es  Richard Bradbury.

Siguió mirándome extrañado,  pero ahora sus ojos estaban más brillantes y la tristeza que poseían comenzaba a disiparse, por lo menos, así lo percibí  yo.

― Estoy bien Ariane. Gracias por preguntar.

El oír mi nombre de sus labios, me hizo estremecer.  Comenzamos una breve plática sobre cosas intrascendentes pero creo que eso lo ayudó. No quiso decirme el motivo de su tristeza y yo no insistí. La función fue todo un éxito, recibió muchísimos aplausos. En esa fría noche de enero se había iniciado todo.   

Nos seguimos viendo: íbamos a todas partes juntos, al cine, a caminar tomados de la mano. ¡ Qué romántico era !. Poco a poco, la llama del amor se iba atisbando y de seguro no se apagaría con facilidad. Una noche, mientras cenábamos en un restaurant cerca del hotel,  le pregunté casi en broma:

― ¿Eres casado Richard? ―. Esperaba una respuesta negativa, como era lógico, pero no fue así.

― Estoy casado con Catherine.

Me dijo lo que no quería oír. Además, la llamó por su nombre,  lo que ahondó más mi dolor. ¿Tanto me pude equivocar con Richard?. Me habló de sus pasiones, de sus sentimientos, me abrió su corazón y yo no supe ver que todo eso le pertenecía a otra mujer. No pude contener mi indignación.

― ¡Cómo!. Estás casado y sales conmigo. ¿Qué clase de hombre eres?

Un silencio se interpuso entre nosotros. Eso me disgustó aún más. Me levanté raudamente y salí del lugar. Corrí desenfrenadamente. Las lágrimas cubrían mi rostro. Luego de unas calles me detuve y tomé un taxi para regresar a mi apartamento.

Pasaron varios días sin que nos habláramos. El siempre se arrecostaba en una columna antes de salir a escena,  con la mirada perdida y melancólica. Desde lejos lo observaba y él bajaba la vista. No se atrevía a confrontarme. Pensé que era un cobarde y que no se merecía mi amor aunque por dentro moría. ¿Por qué tuve que enamorarme de él?. Este sentimiento me atormentaba. Debía tomar una decisión y fui a su encuentro, como la primera vez.

― ¿ Por qué me has ilusionado si sabías que nuestra relación no tendría futuro?. No lo comprendo. ¿Acaso eres cruel o perverso?.

Richard siguió con la mirada perdida como ignorando mi reclamo. Inesperadamente, me sujetó de los brazos y dijo:

― Ariane, desde que te conocí estoy enamorado de ti. Eso jamás lo dudes. Es más, creo que lo estaré para siempre.

Mi respiración se aceleró, tenía palpitaciones. Mi mente giraba a toda prisa. Quedé muda.  

― Catherine tuvo un terrible accidente hace un par de años y está postrada en una cama. Yo juré ante Dios cuidarla y protegerla hasta que la muerte nos separe y pienso cumplir mi promesa. ¡Cómo voy a dejarla ahora que me necesita!.  

Esas palabras me conmovieron. Sentí una extraña sensación. Contradictoria en verdad.  Por un lado, admiración por un hombre que va más allá del amor y por el otro, un profundo odio por no ser la destinataria.

― El amor que sentía por ella se había extinguido mucho antes del accidente. Mi vida, ahora se circunscribe a atenderla, darle de comer, bañarla, estar con ella, acariciar su rostro…solo eso. ¿ Entiendes ?. No puedo ofrecerte nada. 

Richard se desmoronó y comenzó a llorar descontroladamente. Tomé su cabeza con mis manos y la apoyé en mi pecho. El me abrazó y yo a él. Éramos dos almas en la profunda oscuridad del destino. Solo pude vislumbrar una pequeña y pálida luz, y me arrojé a ella:

― Estamos enamorados y eso es lo único que importa ― le dije al oído.

Desde ese momento me convertí en su amante. Esa palabra que tan despectivamente usaban conmigo era mi única salvación: compartir el amor de Richard con otra mujer.  

 

Todos los días, a media noche, indefectiblemente abandonaba mi apartamento para estar con ella. Año tras año, la misma rutina.  

 Yo tenía una extraña comunión con esa mujer, las dos amábamos al mismo hombre y decidí un día ir a conocerla. Cuando Richard atendió la puerta, no lo podía creer. No se disgustó, su mirada siempre era de resignación. Me hizo pasar y me ofreció un café. Inmediatamente fue a la habitación de Catherine. Tenía la puerta entreabierta y pude observar su interior. Ella estaba acostada en una cama. Era muy delgada, tenía una cabellera larga y rubia. Richard le tomó la mano y habló en voz baja, no pude oír que decía. Me acerqué un poco más y pasó algo que jamás olvidaré. Catherine entorno sus pequeños ojos azules y me miró con firmeza. Por un instante estuvimos conectadas. Me habló aunque no con los labios sino con el lenguaje del alma. Aunque no lo crean, sentí en mi interior que ella sabía y aceptaba mi relación con Richard, por extraño que esto parezca. Me retiré de su casa y nunca más regresé.     

Siguieron pasando los años hasta que un día Catherine murió. Richard quedó destrozado. A mí me ocurrió algo muy extraño, bueno, como fue toda mi vida: sentí un vacío por su partida; habíamos compartido un destino común y eso la hizo parte de mi alma. Los dos lloramos juntos largas noches pero siempre unidos.  

Ahora él se ha ido también. Como dije al principio, no me arrepiento de nada: viví un gran amor con Richard siendo tan solo su “amante”.

 

 

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