Federico Montemaggiore: Una historia singular (12)

Capítulo 12: “Dionisio”

Los días que transcurrieron desde que Andrés se alejara de la vida de Roberto, fueron para éste muchacho de gran sufrimiento. Su cuerpo y su mente se comportaban locamente, no había paz en ese joven, la falta de creencia religiosa lo atormentaba más aún. No podía confesarle al padre Antonio cual era su problema, ni tampoco sincerarse con su familia. Lo que él sentía era anatema para los Rivera Moscoso.

Stella que sabía de la verdad junto a su madre, tampoco se atrevían a enfrentarlo. Su problema era compartido solo con Federico, pero aún así, su mente no encontraba consuelo. Necesitaba respirar libertad. No la tenía en aquel lugar. Nadie, excepto Federico, lo comprendía. Veían en él últimamente un comportamiento extraño, el coronel, su padre, lo ignoraba. Su único hijo varón no había podido resistir el Colegio Militar y eso para él era la mayor afrenta que había recibido. A partir de allí, no hubo relación ni confiabilidad entre padre e hijo. Era un paria, así se consideraba este pobre muchacho que por su condición necesitaba el amor de otro hombre. Pensaba por qué había salido distinto a los demás muchachos. Su crianza fue dura. Un padre dominante, de mentalidad muy machista, una madre incapaz de hacerle frente a los desenfrenos de su marido, lo trató con ternura, lo sobreprotegió, pero eso podría haberlo fortalecido y crear un escudo que le permitiera salirse del entorno y luchar por su libertad. Sin embargo, para Roberto, ello no era posible, tenía miedo, mucho miedo, entonces su madre era la responsable de todos sus temores, por esa sobreprotección y la falta de un padre que lo comprendiera en lugar de reprenderlo permanentemente con severidad.  Tal vez si hubiera tenido la suficiente valentía de alejarse y enfrentar su vida en otro medio menos hostil a su condición, no estaría pasando por esta dura crisis que hoy enfrentaba.

No tenía paz interior este infeliz muchacho, que, había cambiado abruptamente al parecer de Federico, desde aquel día en que se conocieron y este momento que pasaba y en consecuencia a Federico le inquietaba el porqué. El ignoraba de la relación de su primo con Andrés, por tanto, no podía entender la situación actual de Roberto.

Así y con toda su lucha interna, proseguían sus días trabajando contra su voluntad en la estancia de su padre. Deseaba que transcurriera ese verano  muy rápido, pero los días se hacían eternos y las noches un suplicio. Su masoquismo nocturno lo dejaban extenuado en las mañanas. Varias veces tuvo el impulso de correrse a la cama de Federico, pero se contuvo y se contentó con mirarlo, solamente, provocándose algunas laceraciones con sus manos, sufriendo su tormentoso destino.

Una mañana, Roberto tomó su jeep y se encaminó hacia donde la peonada efectuaba sus tareas, Dionisio estaba allí, bajo el sol del mediodía montado en un tractor arando la tierra, sudoroso su cuerpo semidesnudo. Roberto lo divisó y observó que el tractor se detenía y que Dionisio se bajaba un tanto nervioso a revisarlo. Corrió hasta el lugar y pudo apreciar que el muchacho trataba de remontar el encendido del motor. Se acercó y le preguntó:

-¿Qué tiene el motor?

-Oh, niño Roberto – levantando la vista sin haber advertido de su presencia - no sé…entiendo muy poco de estos vehículos, se detuvo así solo y nada más.

-Haber, dejame ver  - y se arrimó más al cuerpo de Dionicio, lo rosó y sintió un cosquilleo en todo su cuerpo- son las bujías – dijo al fin  sin saber si realmente era eso – no da para más, Dionisio.

-Bueno…voy a avisar al capataz.

-No, esperá – y le tomó del brazo y lo invitó –  vamos a descansar un rato.

-No niño -  limitó en decirle - no puedo, debo continuar.

-No importa – insistió Roberto – vamos…

Dionisio se sorprendió porque sintió que Roberto lo tomaba con fuerza, eso no le gustó al peón, era el hijo del patrón, ¿Qué pretendía? Se preguntó extrañado por la actitud del joven.

-No me toque niño – le reclamó Dionisio - ¿Qué pasa?

Roberto tenía deseos de mantener relaciones con urgencia. Lo miró y fue claro:

-Vas a hacer lo que te digo. Vení conmigo y no pasará nada. De manera contraria tus días en la estancia están contados.

-No.- fue cortante Dionisio – ¡que pretende de mí!  ¡solteme… hijo de puta! – no se arrepintió del insulto. Sabía donde quería llegar Roberto.

-Pero – expresó Roberto algo delirante - lo que deseo es un poco de juego…¡vamos te he dicho!...no seas arisco –sonrió y al tiempo que le guiñaba un ojo.

-¡Hijo de puta! –  Repitió Dionisio – cree que por ser el hijo del patrón me utilizará como le venga en ganas, ¡se equivoca!...¡soltame!

Roberto se abalanzó y lo volteó, no le importó que lo vieran, necesitaba estar cuerpo a cuerpo con el hombre circunstancialmente elegido. Dionisio mostró su fortaleza y logró despegarse del joven. Este volvió a arrojarse sobre su cuerpo, Dionisio no tuvo otra alternativa que defenderse y tomó la llave francesa que había caído al piso al producirse el arrebato de Roberto y le golpeó en la cabeza, fue un golpe seco y mortal. Roberto se desplomó encima de Dionisio, este lo volteó quedando el cuerpo del infausto primo boca arriba, un charco de sangre comenzó a correr por el rostro de Roberto, Dionisio muy asustado pidió ayuda, todos habían visto lo que a una distancia de más de cien metros parecía una pelea y no un forcejeo sexual por parte del joven caído.

-¡Que  has hecho muchacho! – exclamó Cipriano – ¡lo has matado!.

-Pero…- Dionisio no podía reaccionar estaba aterrado, el cuerpo inmóvil de Roberto cubierto de sangre no lo dejaba expresarse ya que la confusión lo dominaba – tuve que defenderme…él quería…quería….

 -Llamen urgente al patrón- ordenó el capataz.

-Le juro Don Cipriano, el me provocó…el me provocó…yo no quería…

-Calma, calma…esta es una desgracia irreparable, Dionisio – le aconsejó Cipriano – huye…¡rápido! sino querés que el patrón te parta los sesos de un tiro…

Los otros peones que trataban de ayudar a Roberto, si bien el joven ya había muerto, no escuchaban las palabras del capataz, pero Dionisio que aún podía reflexionar comprendió la gravedad de la situación y comenzó a correr.

-¡Eh…! Don Cipriano – gritaban algunos – el Dionisio se escapa…

Cipriano solo podía ver aquel cadáver, al joven que llamaban cariñosamente niño Roberto.

El coronel llegó a la escena del drama y observó el cuerpo inerte de su hijo.

-¡Que ha pasado!...¡qué ha pasado! – repetía – Cipriano, ¡viejo de mierda! ¡contestá!, quien ha matado a mi hijo y ¡porque!

-Parece que hubo una pelea…el tractor se detuvo y su hijo corrió donde Dionisio…

-¡Dionisio!...mierda, ¡Hijo de puta! –  dolorido por la desgracia y la bronca, exigía respuestas -¡donde está?..¡donde está ese degenerado!...

Uno de los peones le respondió:

-Se fugó patrón…salió corriendo para el sur.

-¡Búsquenlo!...¡traigan a ese hijo de puta!...¡vivo! lo quiero vivo…- al fin acercándose a Roberto lo tomó entre sus brazos y derramó todas las lágrimas que jamás había hecho por nadie. Era demasiado tarde.

Cipriano Vega, el capataz de la estancia, que había vivido una desgracia reciente con la muerte de Leontina, su mujer, pareció conservar la calma y subiéndose al caballo cabalgó en dirección del pueblo en busca del comisario y pedir un médico, si se encontraba en la sala sanitaria. Ya era demasiado tarde. Todo era demasiado tarde, la vida del atormentado joven se había ido imprudentemente. No lo merecía. En una época de incomprensión y violencia, la vida de un joven había sido arrebatada por la indiferencia y la intolerancia de una familia y de una sociedad marcada con el signo del pecado, cuando acciones de carácter carnal no estaban de acuerdo con las reglas dictadas por sus antepasados.

***

A la misma hora en que Roberto dejaba esta vida, Andrés y Stella inventaban una relación amorosa en la vieja construcción, el reducto de los apasionados momentos vividos por Andrés junto a Roberto. El joven le hizo el amor a Stella y ella fingió satisfacción sexual, tanto para que Andrés creyera que lo hizo bien. Mientras penetraba a Stella, Andrés sentía que Roberto estaba allí, presenciando aquel desatino, hasta hubo un momento en que Andrés se retiró bruscamente del cuerpo de Stella. Ella le reclamó que no había terminado, el joven prosiguió hasta que llegó el momento del éxtasis de la eyaculación, lo que para Stella pareció un alivio. El la había penetrado y eyaculado, lo cual podría hacerle creer en un tiempo que quedó embarazada. Un farsa incomprensible, pero logrado su objetivo.

Ambos ignoraban la tragedia de Roberto. Salieron del lugar y se dirigieron a la vieja casona. Todavía el coronel no llegaba con el cuerpo de Roberto, de manera tal que hasta Clarisa estaba ajena a los desgarradores acontecimientos.

-Es extraño – se preocupó Clarisa – tu padre aún no ha venido a almorzar.

-Debe estar rabiando por alguna causa – respondió Stella – como siempre tan gruñón –rió- quería parecer satisfecha delante de Andrés, él festejó su broma, pero, para Clarisa algo no debía estar funcionando bien, era su corazón de madre que predecía un mal presagio.

-Nada de eso – expresó Clarisa con cierto dolor – tengo un mal presentimiento.

-Vamos mamá – trató de calmarla Stella - ¿qué pudo haber pasado?...

Federico que acababa de entrar por la galería principal, advirtió que venía la camioneta del coronel:

-Llega tío Rafael. Pero viene muy rápido.

Todos salieron a la galería a medida que se acercaba la Ford del coronel, éste frenó de golpe y bajó del vehículo, su rostro tenía una palidez mortal, debía enfrentar a Clarisa, ¿Cómo decirle?...

-Clarisa- con voz apagada, a la vez que los tres se acercaron al hombre- ha ocurrido una tragedia – sentenció al fin.

-¡Que!...Rafael no me asustes- Clarisa presentía lo peor - ¡que ha ocurrido!

-Roberto…

-¡Que pasa con Roberto!...hablá por favor…que le ha ocurrido a mi hijo…

Federico se acercó a la camioneta y sus ojos vieron lo que nunca hubieran querido ver, el cuerpo de su primo, ensangrentado, inerte, con la palidez mortal, rígido…inmóvil:

-¡No! – gritó el muchacho.

Stella corrió y detrás de ella Andrés, ambos contemplaron la misma escena, solo Clarisa no se animaba a correr, quedó petrificada, el desenlace era inevitable:

-Está muerto – gritó al final el coronel – nuestro hijo está ¡muerto!...lo mataron…lo mataron…ese ¡hijo de puta!...¡Dionisio Ortíz lo asesinó!...

Federico se subió a la camioneta, Andrés lo imitó y entre ambos levantaron el cuerpo sin vida de Roberto, en ese doloroso cuadro, en ese preciso instante, Clarisa caía al piso inconsciente. Stella corrió para ayudar a su madre, mientras repetía una y otra vez:

-Mamá….mamá….despertá por favor….despertate…

Rafael Rivera Moscoso, dirigiéndose a los muchachos les ordenó:

-Bajen el cuerpo y vengan conmigo…

Obedecieron, Stella clamó a Andrés:

-Ayudame con mamá, pronto.

Federico mantuvo apretado contra si el cuerpo sin vida de Roberto, no podía llorar, había entrado en un shock emotivo. Clarisa se repuso cuando Federico había tomado entre sus brazos el cuerpo inerte de Roberto. Clarisa ayudada por Stella y Andrés, entró a la casona:

-¡Mi hijo! – era un grito de dolor - ¡mi pequeño Robertito! – su dolor aumentaba no se producían llantos ni lagrimas en aquella mujer desesperada, solo dolor profundo - ¿por qué? – se repetía - ¿Por qué?

Federico depositó el cuerpo en un sillón de la sala principal, un brazo del infausto se corrió hasta tocar el piso de madera, Clarisa se acercó y mirando a su hijo se arrodilló y su cuerpo cayó sobre el torax del joven muerto, lloró sin consuelo. Federico se sentó donde yacía el cuerpo de Roberto y tomándolo de la mano comenzó a llorar desconsoladamente, sentía en su interior una gran pena, besó la mano fría y rígida yla apoyó sobre su mejía. A lo lejos sintió la voz del coronel que  con un rifle en su mano, terminó ordenando a los jóvenes:

-¡Vamos!...debo encontrar a ese animal…¡voy a matarlo!, no hay piedad…¡no hay piedad!...

Federico no se movió. Clarisa se acercó entonces y tomándolo de los hombros le ayudó a levantarse, al tiempo que con voz entrecortada le dijo:

-Obedece a tu tío. Ve con él.

-¿Por qué? –preguntó el muchacho - ¿Por qué? – repitió

Los tres hombres se subieron a la camioneta y salieron a toda marcha.

***

Dionisio Ortíz, el matador de Roberto, se refugió en el rancho de Cipriano. Tomás estaba junto a él. El joven le suplicó a Tomás:

-Tomás…no quise hacerlo, este muchacho avanzó sobre mi…tocó mi intimidad…¡que pretendía!...

-Te entiendo Dionisio- lo interrumpió Tomás, sabía lo que quería Roberto – pero estas en un apriete muy feo…vas a tener que entregarte…

-No…¡eso no!...no soy culpable…me defendí…

-Nadie te va a creer Dionisio…es mejor que te entregues a la policía que el coronel te encuentre y te mate.

-No…-insistió Dionisio- me iré.

Salió de la casa de Tomás y corrió sin rumbo. Tomás lo siguió con la mirada hasta que su figura se perdió en el horizonte.

Dionisio reflexionó, sabía que el coronel lo encontraría antes que la policía. Era hombre muerto. Subió a un árbol y sin pensarlo dos veces, quitó los lazos de sus zapatillas los ajustó bien, anudó un extremo a la rama más gruesa del árbol y el otro lo rodeó a su cuello, antes de arrojarse al vacío, pidió perdón al Altísimo:

-Perdón Señor…perdón…solo sé que soy inocente.

Y se arrojó, quedó pendiente de la rama del árbol hasta que expiró. Dionisio Ortíz prefirió el suicidio antes que someterse a la justicia del patrón de la estancia.

Continuará…

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