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De nada servía tener lo último en tecnología de alarmas y seguridad, aquello que lo torturaba por las noches era mucho mas sigiloso, asqueroso y terrible.

Y sorpresivo también, ya que antes nunca había tenido aquel problema y solo desde hacía algunas noches el asunto se fue complicando hasta llegar a causarle verdadero pánico.

El asunto era simple y complicado al mismo tiempo, simple porque parecía ser una plaga de insectos que deambulaba por entre las paredes produciendo un sonido apagado de llovizna que recorría toda la casa y se intensificaba casi al amanecer.

Y complicado porque ya habían pasado cuatro empresas fumigadoras en los últimos tres días y ninguna había podido hallar a los insectos que producían el sonido, a pesar de que ellos mismos escucharon el repiqueteo de pequeñas patas corriendo por entre las paredes.

Habían usado todas las técnicas posibles sin llegar a ningún resultado. Los sonidos estaban allí pero no sabían qué era lo que lo producía.

Era la sexta noche desde que habían aparecido los ruidos de pequeñas cosas caminando dentro de la casa. Y el escalofrío de que de un momento a otro salgan de las paredes y aparezcan por el piso o el techo lo mantenía en un estado de alerta que le había producido insomnio.

Convencido de que las malditas cosas esas no harían acto de aparición, se tomó un par de pastillas para dormir, se quitó los zapatos, los calcetines, la camisa y se tiró de panza sobre la cama sin acostarse. La inconciencia le llegó mas pronto de lo que esperaba.

Despertó casi a medio día, con ese ruido tenaz pero casi imperceptible de una casa viva por dentro, una casa que murmuraba a repiqueteos.

Abrió los ojos con desgano, se sentía entumecido.

De pronto un dolor lacerante le recorrió todo el cuerpo y casi le impidió moverse, era como si su cuerpo reaccionase de pronto y luego del gesto de dolor vio que su cama estaba roja en sangre. Le dolían las manos, los pies, el rostro.

Trató de darse la vuelta para ponerse cara al techo, pero no pudo, el dolor era demasiado agudo, lacerante. Lo sentía en todo el cuerpo.

Movió sus brazos para ponerlos bajo el cuerpo y tratar de incorporarse cuando el horror le llegó como una condena. Sus manos eran una masa informe de carne y sangre y sobre ellas una veintena de insectos largos y negros, de antenas desconmesuradamente grandes, de patas velludas, picos como tenazas, un caparazón abombado, por donde se asomaban unas alas grises que salieron y zumbaron cuando sintieron el movimiento.

Mas no podían despegarse de inmediato, las patas tenían unos garfios invertidos que estaban clavados a la carne de su mano y lo estiraron por veinte lugares rompiéndole la carne y la piel.

De sus infernales bocas goteaba sangre, las tenazas palpitaban abriéndose y cerrándose al compas del peludo pecho que respiraba sin pausa. Los multifacéticos ojos estaban dirigidos a él.

Su movimiento los había alertado, muchos habían levantado vuelo, los vio caminar por la pared y eran esos garfios de sus patas los que repiqueteaban.

Quiso moverse otra vez, pero apenas su cuerpo le respondió unos segundos, se sentía aun mas indefenso con la cara aplastada a la húmeda almohada.

Sentía ardores en los pies, en la espalda, en los brazos, en las manos, en todos los lugares que tenía descubiertos, excepto el rostro.

Volvió a mirar la masa informe de sus manos, los asquerosos insectos que estaban otra vez mordiéndolo y desangrándolo.

Y de pronto un zumbido mas profundo llenó la habitación, los insectos levantaron las alargadas y asquerosas cabezas y siguieron al zumbido con sus propios zumbidos sacando las grises alas y batiéndolas, un sonido de acero acompañó al zumbido, los insectos frotaban las patas delanteras entre si y los garfios sonaban como cuchillos afilados.

El no quería mirar, pero el terror y el estado de shock en el que se encontraba le tenía los ojos abiertos, vio llegar hasta su cama un bicho color café sucio, plomizo, 10 veces mas grande que los demás, sus alas grises dejaron de zumbar cuando llegó a la almohada, peludas patas eran alambres de púas, se movía pesadamente, tanteando con las antenas de casi 10 centímetros todo lo que lo rodeaba.

Miraba sin querer hacerlo, lo veía venir y sentía su olor, olor a carne podrida, un pequeño charco de sangre se interpuso en el camino del monstruo y en lugar de usar las pinzas que tenía en su boca, vio que de adentro salía un tubo membranoso y babeante que succionó la sangre. Los ojos multifacéticos de su horrenda cara parecían brillar.

Una nube negra vino tras el monstruo, todos los demás insectos se estaban posando encima suyo. Los sentía caminar sobre su cuerpo, le punzaban los garfios, como miles de agujas. Los vio acercarse corriendo por las paredes, una mancha negruzca que repiqueteaba sin orden.

Los sentía palpitar encima, la pesadilla del monstruo se agigantaba en su marco de visión. Ya no veía nada mas que esa cosa que se acercaba.

Sintió de golpe que todos los bichos se movían sobre él, lo picaban y corrían sin orden ni concierto. El gigante estaba casi en su rostro, ese rostro aplastado contra la cama.

Lo vio mover las pinzas, agitar las antenas, abrir la horrorosa boca y desenrollar desde adentro el baboso tubo.

Ese tubo que de pronto se clavó en su ojo y comenzó a succionarle, mientras las pinzas cortaban sus párpados en un loco frenesí.

Como si de una orden se tratara, todo el enjambre se lanzó sobre el cuerpo, metiéndose bajo la escasa ropa y comenzando a destrozarlo mientras los estertores del hombre se hacían cada vez mas débiles y sus gritos más fuertes.

 La mancha oscura de esos insectos se quedó allí devorando el cuerpo hasta que no quedó nada que pudiera reconocerse, ni siquiera los huesos, que eran prácticamente un polvo blanquecino sobre una mancha seca, oscura y rojiza de lo que antes fuera un hombre.

Solo quedaba la cabeza sin rostro y el gigantesco insecto que había abierto un hueco tras la nuca y por donde dejaba entrar una babosa sustancia que contenía los nuevos huevos del enjambre y que se alimentaba de la materia gris del muerto.

Al llegar la noche los insectos terminaron con la cabeza, las larvas inundaban el cuerpo del gigante que sería devorado por la noche por sus nuevos hijos y donde de uno de ellos sería mas grande que los demás y tomaría su lugar.

Solo se escuchó un repiqueteo de miles de inmundas patas que se metían por los recovecos de la casa, esperando la muerte del gigante y la llegada del nuevo rey del enjambre.

Todos estaban tranquilos, dormirían por semanas después del banquete…

 

FIN

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Evgeny Zhukov Qué buen escrito, Walter. Un verdadero cuento de terror.

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