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Hace algunos años tuve la fortuna de trabajar en una plantación de rosas de exportación, en el municipio de Subachoque, departamento de Cundinamarca. Debo decir que aprendí muchísimo y estoy muy agradecido a esa oportunidad que me dio el destino. Mi trabajo era de vendedor. Los clientes de la plantación estaban por todo el mundo y mis conocimientos de otros idiomas eran la ventaja que necesitaba mi empleador.

Mi oficina estaba ubicada estratégicamente. Desde una posición elevada, tan solo una ventana gigante me separaba de la zona de postcosecha, donde los empleados clasificaban, empacaban y trataban la flor recién cortada que había llegado desde los invernaderos en la mañana (un trabajo esclavizante y desgastante, a decir verdad). De esta forma, los que estábamos en la oficina, además de hacer nuestras tareas diarias, estábamos pendientes de los clasificadores, de que no mojarán el piso de forma excesiva (la humedad es fatal para los pétalos en esta etapa) y otras nimiedades.

La postcosecha estaba techada con láminas metálicas sobre troncos gigantes de madera, de unos cuatro metros de alto, pero no tenía paredes como la oficina; tan sólo mallas plásticas, lo que era una maravilla cuando hacía calor, pero era una verdadera nevera cuando venteaba. El área que ocupada la parte techada de la postcosecha era grande: de unos 30 metros por el lado que lindaba con las oficinas, y unos 80 metros de fondo.

El edificio de las oficinas de administración era como un panal. Un largo corredor con nichos pequeños a lado y lado, llamados oficinas, separados del mundo exterior por ventanales inmensos y puertas de acceso al corredor. No era gran cosa, pero teníamos un grado de visión periférica de 360 grados. Esto era una ventaja y desventaja al mismo tiempo: yo veía, pero a mí también me veían…

Por esa época en el país estaban de moda los terremotos. Por la televisión, la radio, el periódico y las redes sociales (las primeras redes sociales) nos bombardeaban con historias de miedo sobre los terremotos: que Colombia no estaba preparada (eso era y sigue siendo cierto) para un terremoto; que en cualquier momento podríamos ser víctimas; que debíamos dormir con pijamas para que en caso de temblor, salir de la casa vestidos; que debíamos tener un maletín con elementos de primera necesidad a la mano; que debíamos clavar todos los muebles a las paredes y al piso para que no se cayeran. Lo más importante era aprender de memoria las “áreas de vida”, en las que había posibilidad de salvarse de un terremoto, en caso de que la estructura en la estábamos se derrumbara; que no se nos olvidara el punto de encuentro y mucho menos el plano de evacuación; y demás señales necesarias para sentar ese miedo en nuestro interior a los benditos terremotos.

Y, por encima de todo: los simulacros… Llegado cierto punto, estaba hasta la coronilla de los simulacros. El peor de todos fue uno en el que nos evacuaron de un edificio de 32 pisos (yo estaba en el piso 16). Me tomó más de 20 condenados minutos bajar esos 16 pisos por una escalera de metro y medio de ancho, plagada de oficinistas que se tomaban su tiempo en dar un solo paso… Si fuese una verdadera emergencia, ¡estaríamos todos muertos!

Tornado

Obviamente, en la plantación los simulacros también estaban de moda y la seguridad se convirtió en prioridad, casi por encima de la flor que producíamos. Se formaron brigadas de reacción y a los brigadistas les dieron chaquetas con el logo “Brigadista” y un mapa de la plantación con el Punto de Encuentro bien señalado (como si no supiéramos todos dónde era eso). En el largo corredor de la oficina colocaron flechas con las palabras “SALIDA” e indicaciones de cómo salir en caso de emergencia y un mapa de la misma (lo que me pareció un verdadero despropósito, ya que era un bendito corredor con nichos y una entrada y una salida). Además de extintores, un par de camillas y como tres botiquines… Creo que lo único que faltaba hacer era colocar luces fluorescentes en el piso…

Mis compañeros de oficina recalcaban la importancia de los simulacros. La relevancia de conocer los planos de memoria; de saber reaccionar en caso de un terremoto. En más de una ocasión terminé discutiendo por esos ejercicios: yo era (y sigo siendo) de la firme posición que estos no servían para nada más que para perder tiempo. Para mí lo importante es tomar precauciones y después del suceso recoger los escombros, pero nadie puede prever sus propias acciones durante una catástrofe de proporciones bíblicas… Mis compañeros no estaban de acuerdo, pero el tiempo me dio la razón… En unos cuantos días, aunque no fue un terremoto, un suceso de proporciones micro bíblicas asoló la oficina.

Era un día cualquiera y los terremotos seguían de moda. Yo estaba en mi nicho, conversando tranquilamente por Skype con uno de los clientes y, oteando distraídamente por la ventana, miraba a los trabajadores clasificar la flor en la postcosecha. De repente, algo inusual llamó mi atención. Parecía una escena de película y me costó asociarla con la realidad: el techo del fondo de la postcosecha, a mi izquierda, comenzó a levantarse y a retorcerse, como si un niño gigante invisible lo arrancara de cuajo para, inmediatamente, retorcerlo en el aire y después arrojarlo a las nubes… En seguida más y más láminas comenzaron a ser arrancadas metódicamente, sin afán, como si ese ser invisible hiciera su trabajo concienzudamente, poniendo especial interés en retorcer las láminas antes de arrojarlas al cielo.

Debajo se había desatado el caos: chirridos metálicos, gritos y gente corriendo en todas las direcciones, buscando refugio de un desastre que tardé otros diez segundos de identificar y asimilar: un torbellino de aire (algo bastante inusual por estos lares) había atacado sin previo aviso la postcosecha. Me tomó otros diez o quince segundos reaccionar y en ese tiempo la brecha en el techo había avanzado en zigzag hacia la oficina. En la postcosecha los empleados lograron evacuar rápidamente y sin heridas gracias a la falta de paredes. En la oficina no corrimos con tanta suerte.

Sin contar el caos afuera, en la oficina la escena era muda. Todos nos miramos y, al ver que la brecha seguía avanzando inexorablemente hacia nosotros, comprendimos que lo lógico era salir… la mayoría… Debo admitir que no fui de los que reaccionó saliendo. Al ver que el torbellino se dirigía a la parte contraria de la oficina en la que me encontraba, tomé la decisión de permanecer en mi nicho, lo que se convirtió en un buen punto de observación y me salvó de salir herido.

Como por una orden, la mayoría salió al mismo tiempo al corredor y en el proceso formaron un atasco. Entre los mismos empleados se tropezaban y, por el afán de evacuar, se dirigieron precisamente a la zona en la que estaba pasando el torbellino. Mientras se desocupaba el corredor, el techo comenzó a levantarse y las paredes crujieron. El falso techo se derrumbó sobre los que estaban en el corredor y una nube de yeso cayó sobre sus cabezas y hombros. Una de las personas que me había insistido en la importancia de reaccionar correctamente, por alguna razón dio la vuelta, regresó hasta su nicho y cerró pulcramente la puerta, mientras esa puerta se salía de sus goznes, para después lanzarse nuevamente a través de la nube de polvo que se había levantado. Otro, curiosamente brigadista, decidió quedarse en la oficina y, mientras el techo caía sobre él, arreglaba los papeles en las estanterías y apagaba el computador. Las luces parpadearon y una nube de chispas cayó sobre los rezagados, al romperse el alambrado del techo. De puro milagro ni una sola ventana y menos los ventanales gigantes se rompieron.

Yo veía ese caos tranquilo, ya que mi zona no había sido afectada por el torbellino, presenciando cómo cada uno actuaba de manera irracional, movido por la adrenalina y el instinto de supervivencia - aunque sigo sin entender qué motivó al que se quedó arreglando la oficina; cuando le preguntamos por qué lo había hecho, no supo responder.

Todo eso sucedió en un lapso de 30 a 60 segundos. En ese corto tiempo en la oficina nos quedamos sin electricidad, con el corredor bloqueado por los escombros, un par de heridos leves por la caída del falso techo (rasguños en su mayoría) y un shock emocional que no nos dejó trabajar el resto del día. Nadie se acordó de las flechas en las paredes, de los mapas para salir, de las camillas y extintores hasta el otro día. Los que salieron ni siquiera recordaron ir al Punto de Encuentro. Lo único en lo que pensaban era en huir del desastre y salvar su vida a como dé lugar… De las instrucciones, simulacros, grandes planes y promesas nadie se acordó… Y lo único útil en ese momento fue el botiquín…

No hace falta señalar que después de eso se acabaron los simulacros…

 

Mayo 15, 2020

 

2020CRONICA

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