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El Sol era Dios aquella tarde.  Estaba en todas las cosas.  Pues sobre todas caía,  sobre todas brillaba y sobre todas perseguía implacable las sombras que,  ante su fiereza salvaje se afanaban por esconderse,  creando espacios fuera de su espacio material,  u ocupando insospechados e inaccesibles reductos.  Ocultas aquí,  bajo el vientre plano de las lagartijas,  para alcanzar así los más recónditos laberintos de fachadas y aceras.  Ciñéndose allí,  a los aleros con la pegajosa y a la vez escurridiza pasión de una perra en celo.  Embozándose en aquel otro,  en los amplios pliegues de la raída bandera del Ayuntamiento,  para luego deslizarse sigilosa por el regio mástil hasta el ardiente suelo.  También se las veía pasar veloces sobre las blancas fachadas y rojos tejados,  persiguiendo con auténtica vocación suicida,  la rauda y aerodinámica silueta de los infatigables vencejos.  Buscando en definitiva,  abrir trincheras a la esperanza en la barroca pirueta de los imposible,  donde tratar de hilvanar al menos en puntilla,  los últimos y debilitados destellos de su existencia.  Pero no había en esta batalla nada especial,  era por el contario norma,  pues aquel día como tantos otros,  eran las sombras un vendaval de retales que volaban de un lado a otro dibujando en cualquier lugar y a cualquier precio,  figuras navajas de cortantes y aguadas aristas,  que pese a su nítida fiereza,  apenas si atinaban a herir la claridad de un sol dios,  que se lanzaba sobre ellas a despecho de su sangre,  a sabiendas de que ella,  rojiza y rotunda no hacía sino reafirmarlo en su grandeza y señorío.


Sin embargo,  su victoria fue fugaz.  Por la solitaria calle resonó una sombra,  larga como una pesadilla,  y extraña como la de un hombre armado con una escopeta.  Pero sobre todo,  era aquella,  una sombra decidida,  que avanzaba lenta pero sin titubeos,  con la firmeza de pasos que sólo tiene un corazón ya resuelto.

Alguien,  desde detrás de una puerta,  asomó perezosamente un ojo y la vio,  pero su ojo reseco no buscó resolver el enigma de su proyección,  por ello soltó un confuso,  "¡queay!".  Fue aquella especie de graznido vago y profundo,  un saludo entre sombras.  Eso,  era allí algo más que una costumbre o un vicio,  era simplemente necesario.   Y es que bajo aquel sol plomizo y ardiente,  y aquel señorazgo asfixiante e injusto,  ocurre con demasiada frecuencia que hablan las sombras mientras los hombres callan,  y con su silencio asienten sin consentir y aceptan sin entender ni querer entender,  sumidos en la cómoda posición de no plantearse nuevas actitudes y nuevos tiempos para su gris existencia.


La desafiante sombra lo sabía,  lo había pensado una y otra vez,  y lo había practicado en cientos de ocasiones.  Porque,  cuantas veces nos se había rebelado contra el amo,  encarnado éste en su sombra.  Cuántas no le golpeó con su cayada,  siendo éste la sombra de una frondosa encina.  Cúantas revoluciones no había perdido entre la sombra de su solapa y las sombras de las margaritas.  Y cuántas,  no maldijo una y otra vez su mala sombra.


De todos modos,  a él,  aquello le agradaba,  pese a que el Dr. Peruano,  el viejo médico del dispensario,  le dijera viniese o no al caso:  "mira Manuel,  que eso no es sano,  que se te pudren los sesos en un amen".  Pero a él le parecía que no era así,  pues entre sombra y sombra,  rebelión y rebelión,  había ido descubriendo que era capaz de sentir.  A parte de que presentía que con ello adquiría un algo que sin saber definir muy bien,  le complacía pese a que a la vez le enervaba y exaltaba al someterlo al certero desasosiego de saberse explotado.  Aquel algo,   era la conciencia,  ese amigo íntimo que te va mostrando las injusticias,  a las que señala con una cinta de roja rebelión,  par que nunca más te pasen inadvertidas,  y era justamente ese exacto conocimiento de ellas lo que le daba a él la oportunidad de ser y sentir algo más que una sombra entre las sombras.


Bien es verdad que otros hombres preferían beber basta ahogar su conciencia.  También los había que habían nacido tan pobres que ni eso tenían.  Pero a él le encantaba tenerla,  pese a que no sabía de donde le había venido,  y lo que era peor,  que por su culpa caminaba ahora calle abajo desafiando al sol y a los rurales,  llevando en sus manos una escopeta cargada en pleno tiempo de veda.  Esa era por el momento su única infracción a la ley.  Su intención,  el instinto y la razón de su trágica decisión,  pasaban desapercibidas,  parecían no infringir ningún código u orden moral establecido.  Curiosamente si en aquel momento lo hubiesen detenido los rurales,  habría sido por llevar la escopeta,  simplemente por eso.  Lo demás entraba dentro del ámbito de las más libres de las condiciones del hombre,  la de su íntima voluntad.  Ese mágico lugar donde se configuran y desfiguran millones de posibilidades de creación.  Es en ese lugar donde el hombre puede nombrarse dios sin blasfemar y asesinar sin que nadie le persiga o castigue por ello.  Construir ciudades y destruirlas.  Ser rey o ser mendigo,  ser lo quiera y hasta no ser nada,  en la voluntad tiene el hombre,  el más hermético e inviolable de los espacios del alma.  A él no acceden credos,  estados ni policías,  de él sólo se tiene referencia a través de lo que se consuma y, por tanto,  materializa.

 

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