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En persona y acompañado por tres mozos de arriería, jinete en un hermoso caballo blanco y llevando una recua de diez mulas el cura recorrió la zona rural del municipio y las casas del sector urbano cobrando inexorable los diezmos y primicias de la Iglesia de Dios, extendiendo recibos y aceptando letras de cambio cuando el visitado no tenía en el momento con qué pagar, dejando en la inopia bastantes familias campesinas mientras les repetía: “de que les sirve ganar todo el mundo si pierden el alma”, y concedió plazos con altos intereses. Las señoritas le cedieron dos potreros para meter los animales del tesoro de Nuestro Amo Santísimo que representaban la deuda acumulada durante años. Y se acercaba la fecha del primer aniversario.

El territorio de su parroquia quedó repartido en sectores para el rezo de la novena de aguinaldos pero no incluyó el barrio de su enemigo quien desapareció casi un año. Dizque estaba en una guerra civil, matando godos sin consideración y no estuvo presente cuando el nacimiento de Venancio, el segundo, nacido sietemesino para adelantarse a sus medio hermanos que llegaron al mundo en los otros cinco pueblos después de una gestación normal pero a intervalos de días. Tampoco se entero de la mortandad de sus animales primogénitos en los seis pueblos y que fallecieron de repente en el mismo instante de la curación de los primogénitos humanos de sus viruelas sanguinolentas, sus fiebres de horno y sus toses azufradas.

José María Querubín viajó con los arrieros y una apreciable cantidad de animales recogidos como ofrenda por caminos de niebla y precipicios eternos con rumbo desconocido, parecía que fueran en pos de una nueva arca de Noé por la variedad de animales, con rumbo que sólo él conocía. Sibilina los acompañó como un sueño de la guarda y atestiguó negociaciones, constató las ventas y fisgoneó sin querer los documentos que se firmaron en cada uno de los sitios sin entenderlos, supo de las nuevas campanas que llegarían de Alemania y del reloj para la torre de la iglesia donado por don Matías Torres, escuchó los agradecimientos que daba el clérigo al señor Arzobispo por haberlo destinado a Quente y se perdió por las calles de la capital.

La novena de aguinaldos tuvo todos los ingredientes para convertirse en éxito: los pesebres, los villancicos, los cantos del llano, los primogénitos restablecidos, Dios Santísimo vengado. Sin embargo, la tristeza rondaba cada una de las noches, los cánticos no sonaron igual que en épocas pretéritas ni la música de los conjuntos llaneros y eso que el sacerdote había traído desde muy lejos un armonio nuevo, para que Ambrosía León acompañara con sus notas las voces de su congregación.

Los animales primogénitos fueron enterrados, para evitar el olor de mortecina, pero cada uno sentía el hedor en el pensamiento y los sueños de modorra salían con la nariz tapada hablando con voz susurrante como en una confabulación mientras el prelado los observaba desde la ventana con anteojos oscuros para no asustarlos y vio, al mismo tiempo sueños de perros acobardados con la cola entre las piernas. El hombre santo se preocupó a causa de la inmensa tristeza que embargaba a sus fieles y, durante el sermón de navidad, adelantó la noticia de la llegada de las campanas nuevas, les contó del reloj suizo, les presentó al músico recién llegado y los invitó en tono paternal a formar los coros parroquiales par acompañar la misa mayor de los domingos. La gente asentía con la cabeza pero no cambiaba la expresión. En alguna manera, con la excepción de las familias notables, sentían la ruina después del pago de los tributos eclesiásticos y añoraron, para arrepentirse de inmediato, a los ocho soldados llaneros que habían marchado con el patrón rumbo a la guerra; en su reemplazo dejaron diez llaneros imberbes que no se metían en líos con nadie y manejaban las tierras y ganados.

El sacerdote sufría porque nadie acataba la orden telepática de estar contento por amor a Dios. Llegó el aniversario de su llegada y con su orgullo herido, en forma involuntaria como se lo repitió infinidad de veces para justificarse, hizo llover sapos; de pronto interrumpió para continuar con serpientes. “La lluvia sonaba como cuando los bebés están purgados y los truenos sonaban igual que peditos de inocentes”. Escuchamos la cacería permanente de las serpientes a los batracios; se atragantaron comiendo y amanecieron echadas por todas partes, roncando, con las barrigas llenas... parecían preñadas; entonces llegaron las aves de rapiña que se hartaron con carne de reptil y pusieron huevos de yema negra. Ananias recordó a su compadre del alma y mascullo su ira causada por los diezmos del cura cobrador.

Las tres ancianas transmitían mensajes de amor y comprensión o presentaban pruebas irrefutables de culpabilidad durante los juicios de religiosidad que tuvieron lugar durante la Semana mayor; apartaban a la víctima culpable de sus vecinos y allegados y de acuerdo con el pecado era castigada con enfermedades en carne propia o en la de un ser querido; algunos animales pasaban al tesoro parroquial en calidad de multa. Otros enmudecían durante el tiempo que decretaba el Tribunal de la Fe y aparecieron en las frentes cruces de expiación de acuerdo con el desliz; la mayoría eran rojas.

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