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El mundo nos ha robado su contenido fundamental de la navidad, la oportunidad de reflexionar en el acontecimiento más hermoso de nuestra historia como es el gozo de sentirnos redimidos en el verdadero concepto de Dios, cuando nos envió a su Hijo el Verbo hecho carne, en la plenitud de los tiempos hace poco más de 2000 años, ungido por el Espíritu Santo para evangelizar y curar a los contritos de corazón.

Todavía hay quienes de manera secular ignoran lo que significa “adviento”; el comienzo del Año Litúrgico, que empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son los cuatro domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía. En el “Advenimiento”: se conmemora cada año la llegada de ese alguien maravilloso llamado “Jesús, el Hijo de Dios”, que se hizo hombre y vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvarnos del pecado y luego con su muerte y posterior resurrección, redimir al género humano.

BELEM

En el mismo ambiente de oración, alegría y espíritu “navideño”, la navidad se ha convertido en la gran fiesta pagana de consumo; o sea, la tradición más prolongada del tiempo navideño se volvió un tema a gran escala de consumismo desaforado. La sociedad contemporánea ha perdido la esencia de la celebración del nacimiento de Jesucristo, de compartir reunidos en familia y en paz. Con el paso de los años y los avances tecnológicos se ha hecho que cada conmemoración navideña solo sea de momentos para contemplar abusos, excesos y derroche, es decir, que, en lugar de acoger debidamente la llegada del hijo de Dios en el corazón de cada creyente, solo en estas celebraciones muchas veces conviva el pecado.

 Aquí, la verdadera historia sobre la navidad tradicional:

BREVE SEMBLANZA DE MARIA

En el tiempo marcado por los profetas, y cuando el mundo parecía esperar un gran suceso, un párvulo nacía en un lugar de Nazaret. Joaquín, su padre, descendiente de la raza de David, y Ana, su madre, de la familia de Aarón, habían logrado que naciera esta hija después de veinte años de esterilidad. Fue llamada María, nombre que en hebreo significa “estrella del mar”. A los tres años, la hija de Joaquín era conducida a Jerusalén para ser presentada al templo, siendo admitida en el número de las jóvenes vírgenes al servicio del Señor. Un vestido de color de jacinto, una blanca túnica y un largo velo componían el traje de María y de sus compañeras en el templo. El canto de los salmos las llevaba día y noche al santuario, y durante las demás horas trabajaban la lana y el oro.

Nueve años hacía que María moraba cerca de los Santos Tabernáculos, cuando murió su padre, que fue sepultado en una gruta, cerca de Jerusalén y del valle de Josafat. Poco tiempo después Ana moría también, y María, huérfana sobre la tierra, elevó al cielo todos sus pensamientos. Así, cuando sus tutores vinieron a rogarle tomase esposo, la modesta y tímida virgen se turbó, y solo cedió a sus ruegos y acaso al secreto presentimiento de sus milagrosos destinos. La suerte designó a José, carpintero de Nazaret, cuya rama amaneció florida entre todas las de los adoradores de María, para esposo de la tierna niña de quince años.

LA ANUNCIACIÓN

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen prometida en matrimonio a un varón, de nombre José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando donde ella estaba, le dijo: “Salve, llena de gracia; el Señor es contigo”.

Al oír estas palabras, se turbó, y se preguntaba qué podría significar este saludo. Más el ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia cerca de Dios. He aquí que vas a concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado el Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reinado no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón? “El ángel le respondió y dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá; por eso el santo Ser que nacerá será llamado el Hijo de Dios. Y he aquí que tu parienta Isabel, en su vejez también ha concebido un hijo, y está en su sexto mes la que era llamada estéril; porque no hay nada imposible para Dios”. Entonces María dijo: “He aquí la esclava del Señor; Séame hecho según tu palabra”. Y el ángel la dejó. José se preocupó mucho cuando María le dijo que iba a

tener un bebé. Pero una noche Dios le mandó a José un mensaje. En sueños un ángel le dijo que no dudara en casarse con María, pues el hijo que Ella estaba esperando era el Hijo de Dios y salvaría a los hombres del pecado.- José despertó y fue a buscar a María; la aceptó y cuidó de Ella.

DE VIAJE PARA EMPADRONARSE

En aquel tiempo, apareció un edicto de César Augusto, para que se hiciera el censo de toda la tierra. Este primer censo, tuvo lugar cuando Quirino era gobernador de siria. Y todos iban a hacerse empadronar, cada uno a su ciudad. Subió también José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Bethlehem, porque él era de la casa y linaje de David, para hacerse inscribir con María su esposa, que estaba muy adelantada en su preñez.

A la silla del animal, que montaba la joven Galilea, iba cogida una cesta de hojas de palmera, que contenía las ligeras provisiones para el viaje: dátiles, higos y algunas otras frutas secas, con un poco de pan y un vaso de barro para tomar el agua de alguna cisterna. El viajero echó sobre su espalda un saco donde iba poca ropa, se embozó con su manta de lana teniendo en una mano su vara, cogió con la otra la cabalgadura que llevaba a la joven. Así abandonaron su pobre morada, y descendieron las estrechas calles de Nazaret en medio de sus vecinos, que les deseaban un viaje feliz. Estos viajeros, que se ponían en camino en aquella nebulosa mañana, eran los humildes descendientes de los grandes reyes de Judá, José y María que iban, para cumplir los mandatos del César. Este viaje, emprendido en estación tan rigurosa y en un país como la Palestina, debió ser en estreno penoso a la virgen, en la posesión en que se encontraba; pero aquella mujer, débil y delicada, no exhalaba sin embargo una queja. José caminaba a su lado pensativo.

VIAJE A BELEM

Después de cinco días de una marcha penosa, los viajeros distinguieron a lo lejos a Bethleen, asentada sobre una altura, en medio de bellas campiñas de viñas y de olivos. Camellos llevando a mujeres envueltas en mantos de púrpura, y la cabeza cubierta de blancos velos; nakas árabes lanzados a galope por jóvenes jinetes espléndidamente vestidos; grupo de ancianos sobre blancos jumentos, discutiendo gravemente como los antiguos jueces de Israel, subían a la ciudad hacia la ciudad de David, ya ocupada días antes por una multitud de hebreos que habían arribado con el mismo objeto que José y María. A corta distancia de la ciudad, y rodeada de olivos, se dibujaba una posada, a cuya puerta corrió presuroso José para pedir inútilmente le concedieran un pequeño cuarto; pero todo estaba ocupado por gentes más ricas que nuestros pobres viajeros. El patriarca volvió tristemente al lado de María, quién le contestó con una sonrisa de resignación, y cogiendo el ronzal del pobre animal, muerto de fatiga, empezó a discurrir por plazas y calles sin hallar algún bethleemita caritativo que le ofreciese un techo bajo el cual guarecer a su esposa.

La noche avanzaba: los dos esposos, viéndose rechazados en todas las puertas, y perdiendo la esperanza de obtener un asilo en la ciudad de sus abuelos, salieron de Bethleen sin saber a dónde guiar sus pasos y se adelantaron a la ventura en la campiña alumbrada por la luz del crepúsculo, y en la que resonaban los aullidos de las fieras que buscaban una presa.

Al medio día, y poco distante de la ciudad inhospitalaria, se abría una sombría caverna abierta en la roca, la cual servía de establo a los habitantes de Bethleem, y de retiro a los pastores en las noches tempestuosas. Los dos esposos bendijeron al cielo que los había guiado hacia aquel abrigo salvaje, y María, apoyada del brazo de José, fue a sentarse en una roca. En aquella caverna abierta en la roca fue, como lo había predicho Isaías, en el momento en que la misteriosa constelación de la virgen marcaba media noche, cuando María dio a luz el Salvador del mundo. Apareció como el reyo del sol que rompe la nube, a los ojos de la joven madre sorprendida, mientras los ángeles le adoraban en su cuna.

Este alumbramiento virginal fue exento de gritos como dolores, y ningún gemido turbó el sagrado silencio de aquella noche llena de prodigios y de misterios. Había en las cercanías pastores que pasaban la noche en el campo guardando sus ganados. De súbito un ángel del Señor se presenta delante de ellos, y una luz divina les rodea infundiéndoles un santo temor, entonces el ángel les dice: - “Nada temáis, porque vengo a traeros una nueva, que será de gran alegría para todos los pueblos esta noche, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que será el Cristo. En el momento un coro de ángeles entonó el: “Gloria, Dios en las alturas y paz a los hombres sobre la tierra.””

La visión maravillosa había desaparecido; los cantos celestes habían cesado, y los pastores, apoyados sobre   sus cayados, escuchaban todavía. Cuando las brisas de la noche gimieron solas en el valle, y las estrellas desaparecieron del cielo, los pastores se reunieron en consejo, y se dijeron el uno al otro: “Pasemos a Bethleem, y veamos lo que ha acaecido.”. Entonces, tomando en sus cestas los presentes que sus cabañas podían ofrecerles, abandonaron sus rebaños a la guarda de los ángeles, y se encaminaron guiados por una misteriosa estrella hacia la ciudad de David. A la vista del pobre establo, su corazón se agitó, y una luz iluminó sus almas.

La virgen, inclinada sobre el recién nacido, le contemplaba con profunda ternura; por encima de ella José asomaba su cabeza para adorar a aquel hijo adoptivo, que era un Dios, y un dulce rayo de luna alumbraba aquel grupo, en medio del silencio de una noche estrellada. Los pastores se prosternaron con respeto ante la cuna del rey de los reyes, y ofrecieron al Dios pobre y niño la ofrenda y los homenajes del pobre. El Dios de Abraham había nacido, y se había revelado al mundo.

Hoy Bethleem es una población de trecientos vecinos, los más moros y algunos cristianos, griegos y católicos, y sobre el establo se levanta la iglesia del Santo Pesebre, compuesta de cinco naves sustentadas sobre cincuenta y dos columnas de pórfido, y debajo de cuyo crucero se encuentra el pesebre donde nació Jesús. La noche de navidad, a la misa del gallo, un niño hermoso, encogido los pies y las manos, como al salir del vientre de la madre, sale del velo que lo cubre, y el diácono lo toma en sus brazos, y lo lleva al establo lleno de paja, y que adoran todos los religiosos que viven en este monasterio.

 

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