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Cuando abres los ojos, la oscuridad te rodea de golpe, Leonardito, total y silenciosa, y sólo empiezas a distinguir las formas imprecisas de los objetos entre las sombras de a pocos:

El techo de calaminas mal cortadas, los ladrillos yuxtapuestos de las paredes, los camarotes de fierros oxidados, donde tú y tus cinco hermanitos duermen en raquíticos colchones de paja, ¿alguna vez dejarías esta miseria?, un leve frío se cuela por todas las rendijas y tú, al descubrir que tu colcha ya no te cubre, te inclinas hacia el suelo y la recoges y adivinas los huecos que la atraviesan, y sonreíste de pena, pues en tu casa todo estaba roto o maltrecho, y entonces te tapas, pensando que lo mejor es dormir, y la colcha se presta para calentarte, para introducirte de nuevo en los umbrales del sueño, hasta que, al improviso, un ruido te vuelve a traer a la realidad y, luego, otros ruidos más, qué pasaba, parece como si alguien se tropezara con las cosas en tu salita, ¿ladrones?, ¿querías salir a espantarlos?, ¿acaso podías?, y unos gritos surgen también de la nada, ¡vieja!, dice una voz distorsionada, ¡vieja del diablo!, ¡ah!, era tu padre, ¡dónde estás!, y un fuerte hipo corona sus palabras y un quemante escozor inicia a roer tu estómago, ¡sí, lo de siempre!, ¡aquella voz ronca y esos insultos eran los de siempre!, en ese momento, la feble luz de una vela se enciende y llega a ti a través de la cortina delicada, igual de rota, que separa el dormitorio de la salita, en verdad salita-comedor-cocina, y la avara claridad, si bien proyecta las sombras de manera descomunal, permite ver todo mucho mejor, en tanto, las anémicas, despreocupadas siluetas de tus hermanitos respiran lenta, sordamente, y los gritos atropellados persisten en el otro ambiente, ¡vieja!, ¡vieja de mier...un hipo corta la frase...da!, ¡ven acá!, ¡rápido!, y tú ya intuías que algo malo iba a ocurrir, así que, arrojando la colcha y con ayuda de tus brazos, te deslizas hacia el borde del colchón y giras hasta sentarte y, no sin esfuerzo, te colocas la zapatilla ahí en, en, en tu pierna única pues, ¿era difícil aceptarlo?, y, restregándote los ojos, tomas de una pared cercana las huesudas muletas de fierro y avanzas rumbo a la cortina, Leonardito, muletas adelante e impulso, pensando que esos gritos no significan otra cosa, sino que tu padre está borracho, pero ¿podías hacer algo en realidad?, y, en la cortina, extiendes un orificio vertical y tu vista viaja por aquella lobreguez: él, sentado a la mesa, mira un punto fijo en el suelo, y, más allá, en un rincón, tu mamá prende la cocina destartalada y pone en una olla un poco de comida para calentarla, y un duro crepitar y un humo oloroso invaden la atmósfera de tu casita rota, y, al rato, cuando ella sirve la argamasa de alimentos en un plato desportillado y lo deposita delante de tu padre, él lo examina unos instantes, concentrado, hasta que, al final, de un solo manazo, lo manda a volar por los aires y el comistrajo termina estrellándose contra una pared, entonces, no sin dificultad, tu padre se levanta y da unos pasos hacia tu mamá, tambaleándose, y, ya a su lado, la coge de los cabellos y se los sacude con fuerza, ¡vieja del demonio!, le grita, ¿acaso crees que yo voy a comer esta porquería?, y un hipo lo hace saltar, ¡todo el día me mato trabajando, y tú, otro hipo, me das esto!, ella manotea y trata de zafarse y, no bien lo consigue, se refugia en la oscuridad mayor de un rincón y, de estar allí un rato quietecita, pasa a sollozar, sudar y dar saltitos nerviosos con cada alarido de tu padre, ¡por qué eres así, vieja de...!, pero los hipos, que pugnan por circular en su garganta, obstruyen sus palabras nuevamente, tu mamá apoya la cabeza en la pared y, con voz desesperada, emite algunas frases inconexas, ya, por favor, no grites, tú no..., los bebes..., mira que..., y él, como si ella le hablara en una lengua desconocida, la observa confundido, los cabellos revueltos, la boca fruncida y los ojos inyectados de sangre y, sólo cuando parece entender algo, reinicia sus ademanes desaforados, ¿bebes?, dice, ¡si ya están grandazos esos vagos!, de pronto, otro hipo lo remece, ya deberían estar trabajando, ¡aquí la plata no alcanza!, y, a veces, sus palabras se transforman en una ronquera de altibajos irregulares, aguardentosos, y tu mamá pretende imponerse, a esas alturas, con un agudo chillido, ¡cómo, si todavía no acaban el colegio!, aunque él le encaja una cachetada tan dura en mitad de la cara que logra enmudecerla, haciéndole girar la cabeza como si ésta fuera de hule, ¡he dicho trabajar!, dice, y ella se deshace con un llanto silente y empieza a repasar su rostro con una mano, y tú, Leonardito, sientes unas presencias a tu lado, dos de tus hermanitos, quienes se apachurran contra tu cuerpo enmuletado, tembleques, y los tres se funden en un solo ojo tras el hueco de la cortina, ¿creías que no era una mala idea hacer algo?, ¿que por las puras no te habías levantado?, ¿que podías detenerlos?, en tanto, el chillido medroso lucha por imponerse de nuevo, ¿quieres comer otra cosa?, dice, dame más plata y verás si no te cocino mejor, y no me salgas con que no te alcanza, ¿cómo para el trago sí?, y tu padre, volviendo a hundir su mirada en el suelo, le dice ¿más plata?, ¡có...un hipo veloz lo interrumpe...mo!, si no gano casi nada manejando ese maldito micro, y su voz se reduce a un hilillo desorientado, y el trago, hasta el trago me lo invitan, ¿se había calmado por fin?, pero, a los pocos segundos, recomienza con sus gritazos autoritarios, mientras el ardiente cosquilleo crece en tu interior, ¿qué quieres?, dice tu padre, ¿que robe?, ¡y, tú, por qué no trabajas, ah!, las sombras de tus otros hermanitos cortan ya la parva oscuridad del dormitorio y se juntan a ustedes en la cortina, y el chillido vuelve a tomar valor, ¿acaso tú no me lo has prohibido?, dice, ¿no querías que estuviera aquí encerrada llevando la casa?, además no creo que sea tan fácil encontrar trabajo en esta ciudad, y tu padre, con su brazo como un látigo, descarga otra cachetada de fierro sobre tu mamá y ella, con la cabeza torcida, queda en silencio, y el quemante escozor se esparce por todo tu cuerpo, por lo que tú, decidido, te desgajas del cúmulo de sombras y, con soberbios impulsos de tus muletas hacia adelante, entras al ambiente tiranizado por la vela, ¡por favor, papá, ya basta!, te oíste decir, seguro, y, al plantarte frente a ellos, tu mamá te lanza una mirada de eterna aflicción y tu padre parece como si, entre su borrachera, estuviera intentando recordar quién eres o qué haces allí, y tú te escuchabas reclamar papá, ¿por qué le pegas a mi mamá?, ¿por qué le gritas?, ¿por qué la insultas así?, eres abusivo, ¿no?, interrogantes a las que él no responde, tu mamá, en cambio, se esfuerza por hablarte, vete a dormir, hijito, dice, entre lágrimas, todo está bien, éste es un asunto entre tu padre y yo, no te preocupes, es normal discutir, sin embargo tú sabes que nada de eso está bien, no, y te quedas allí, a pesar de su insistencia contraria, y observas cómo tu padre, en una suerte de éxtasis personal, se bambolea sutilmente y, con la ira menguando en su rostro y su respiración diluyéndose en un silbido tranquilo, interrumpido sólo por esos hipos constantes, y sus ojos mirándote extraviados, da la impresión de que fuera a romperse en cualquier instante, que no fuera más que una figura desolada, y tú, al notar que tu mamá no para de agitar sus dedos, te impulsas hacia ella y pasas tus manos por sus cabellos, y bastan estas tranquilas evoluciones para que ella cubra su cara y el llanto la remezca, y tú, Leonardito, le dices dulcemente en su oído ya, mamita, cálmate, por favor, no temas, yo estoy aquí, y, con tu mirada que se aguachenta, puedes ver desde allí la extinción pausada de la vela y constatar también la rotura de sus vidas: sillas y muebles despanzurrados, una mesa desvencijada y una serie de cosas viejas y en desorden: ropas, cuadros, ollas, ¿escaparías de esto algún día en realidad?, así que, motivado por una mezcla de rabia y frustración, te animas a hablarle a tu padre nuevamente, ¿por qué eres tan malo, ah?, dices, qué ganas con pegarle a mi mamá, y por qué siempre estás borracho, y, cuando enmudeces, con el ardor interno más alocado que nunca, te percatas de que tus hermanos son una sola mancha negra tras la cortina, y buscas y retienes las manos de tu mamá entre las tuyas, al tiempo que tu padre, volviendo por fin de su abandono, inicia una caminata cimbreante por la salita-comedor-cocina, atisbando a cada paso el hueco de la ventana, cubierto con un añoso tripley, y la puerta de madera apolillada, ¿pensaba él igualmente dejar esta pobreza alguna vez?, y, al cabo, revisa los bolsillos de su pantalón y, extrayendo unas monedas, las observa por un momento, antes de arrojarlas al piso, maldiciendo, tu mamá reanuda sus saltitos nerviosos y tú no te quedas callado, papá, dices, tranquilízate, vete a dormir mejor, y él, como reparando por fin en tu existencia, frena de golpe y, con el rostro otra vez descompuesto, se dirige hacia ustedes, tu mamá suelta tus manos y te da un suave empujón, hijito, dice, ya es hora de que tú te vayas a dormir, ¿en verdad no fue una mala idea salir?, ¿acaso tuvo sentido?, la aleación de sombras desaparece tras la cortina y tú, con tu padre por delante, te inmovilizas sin saber qué hacer, ¿quedarte?, ¿irte a tu cuarto, brincando en una pata?, ¿huir de la casa, olvidándote de todos?, la primera cachetada deja tu mejilla hecha una brasa, la segunda apenas si te roza una oreja, por lo que tu padre, en lugar de una tercera, aferra tus cabellos y los mesa con violencia, sin poder soportarlo, tu mamá sale de las sombras del rincón y se avienta contra él, actualizando sus chillidos, ¡suéltalo, maldito abusivo, suéltalo!, le dice, ¿no ves que el chico es inválido?, y, aullando, desploma una salva de manazos por su espalda, ¡déjalo!, ¡déjalo!, pero tu padre se vuelve, su mano siempre como una tenaza en tus pelos, y le responde con zarpazos más fuertes, precisos, que ella recepciona en pleno rostro, y, por último, la empuja y la hace caer al suelo, luego, a ti te obliga a avanzar con recios jalones, y tú, al traspasar la cortina, escuchas de nuevo el llanto lánguido de tu mamá, un sollozo, al parecer, reabsorbido por las sombras, en el cuarto, tus hermanitos fingen dormir y tu padre le da una patada a tus muletas y éstas se precipitan con todo el sonido metálico del que son capaces, y tú vacilas, te inclinas a un lado, ya te caes, así que él, para evitarlo, o tal vez apurándose, avienta tu cuerpo incompleto con otro tirón, como si no fueras más que un muñeco inservible, y tú, volando al igual que las muletas, das a parar al piso, cerca del camarote, y él saca la gruesa correa de su pantalón y, con una furia incontenible, como si quisiera romperte, hace llover sobre ti correazos certeros y errados cuando te aúpas a la cama, la cara invadida de pucheros, correazos certeros y errados cuando te escondes en la colcha, los ojos llenecitos de una rabia húmeda y melancólica, y correazos certeros y errados cuando las primeras lágrimas ruedan ardorosas por tus mejillas, hasta que, dándose cuenta de su brusquedad o quizá sólo por cansancio, deja de golpearte y, paseando su mirada por el cuarto, que también parece abrumarlo, voltea y recoge sus pasos y entonces tú lo ves  tajar la cortina, una silueta informe y de rumbo zigzagueante, borrada por tus lágrimas, y oyes, a los pocos segundos, el griterío de la voz ronca y el chillido lastimero resurgiendo en la salita-comedor-cocina, ¡a la cama, mierda!, dice la primera, ¡no me jales, qué te pasa!, dice el segundo, ¡no quiero!, ¡he dicho a la cama!, e hipos veloces destruyen las palabras, ¿...tás, ...orda? ¡no, no quiero!, ¡...é cosa!, ¡acá se ...ce lo que yo digo, ...ajo!, ¿entendiste?, y un duro sonido de manos vuelve a acabar con los quejidos de tu mamá, ¿lo imaginabas?: debió de haberla arrastrado, golpeado, desnudado, pero tú, que lloras sin cohibirte, qué sabías, sólo que la luz es poca, que a esas alturas la vela sería ya una masa derretida, contrahecha, y qué te quedaba, sino cerrar los ojos y tratar de olvidarlo todo, Leonardo, queriendo aún escapar de esta vida, pensando que había momentos en los que a veces lo mejor era dormir.  

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