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Un Cuello. Ya no se sabe porque escribir. Lo hago simplemente porque sé que lo hago mientras me pregunto el porque al seguir haciéndolo, y otras frases con interminable vaivén haciéndola de acotación por encima de esta frase, ansina es.

Dos torres por cuello, no son de marfil, de ébano ni de Babel o ninguna fantasiosa construcción, pero compartimentado, claro que el cuello, dos torres, torreones, terrones de barro y paja apelmazados, cualquier cosa más una doble erre dado que te dan siempre la impresión de esconder algo subterráneo, que como dice Cortázar o quién sea ¿Para qué citar?. Obviamente que el cuello ¿algo más para llevar? Se le ofrece, se le ocurre ¿lo tiento con? Tiénteme usted entonces más a la izquierda, entre los dos torreones, las dos erres impronunciables, viene usted de lejos ¿no es cierto?

Así es a la izquierda, antes que amanezca y en lo que vuelve mi marido  del campo. Cállese usted por favor, se lo pido con toda la amargura del café que hay en este pocillo, aunque sea café de olla, aunque le ruego con toda esta amabilidad que me viene sobrando, hágame el soberano favor de cerrar su hocicote. Entonces, entre las erres surge un triangulo sin hipotenusas ni símbolos o números eméticos. Un triangulo del tipo Faro de Arreola, un hombre que ama a una mujer. Y a otra mujer. Con justo empeño ambas mujeres odiándose.

¿Me sigue usted? Entonces, vaya usted a saber como, de este hombre se diafragman dos extensiones suyas hacia el norte, ya que el viento sopla fuerte, coronas de cúspides, las dos mujeres se sostienen a la deriva  de ciertos torreones ya mencionados. Evidentemente, la distancia que separa a ambas mujeres son el principio de la quijada, centro repleto de vacuidad y saliva que fluye y que es solo una porque añadiéndole una “s” nos comprometemos a llamarlo beso, sonrojándonos, hasta el culo de sentimentalismos, Falta hablar de la redondez y este discurso habrá terminado. Hablemos de la verdadera redondez, sin hablar de las caderas interminables de mi tía Janna y del pésimo temperamento que la obliga a golpearse insensiblemente contra puerta, cajón, esposo o lo que sea, haciendo temblar al universo. Me ahorro para la beneficencia pública y en un tal descaro de sacrificio, hablo de la redondez como algo rotundamente circular que sucede alrededor te todo esto que vengo describiendo y que es mi cuello, un cuello real y aniquiladoramente tentador. Punto.

-         Pobre de mi

-         ¿En serio?

-         Si

-         ¿Tanto así?

-         Pues claro

-         De acuerdo y luego de compadecernos ¿qué?

-         Pues sucede que usted opta por callarse o algo así...

-         Bien

-         Y entonces ya dejados de boberías...

-         Ajam

-         Santificadas boberías que nos hablan de cuellos y amantes y su esposo que está en el campo...

-         Comprendo, mea culpa

-         Le cuento la bárbara historia de cómo un día me encontré sobre cuatro patas en el piso

-         ¿Pero como?

-         En el piso de los baños públicos del mercado de Oaxaca...

-         ¡ Santísimo Dios! O.. Algo similar ¿le parece?

-         Bastante convincente tratándose de usted...

-         Béseme le suplico

-         Lamiendo el borde de una letrina, asomándose mi lengua al precipicio...

-         Furiosamente le suplico.

-         Cuyo abismo son sus pupilas, señorita...

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