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Él no estaba consciente de eso, pero esa tarde al entrar a aquel pequeño café cerca de la estación del metro, algo le trajo un recuerdo a la mente. Algo que no quería recordar. Buscó en su raído pantalón de lona, que algún día fue azul, sus últimas monedas, rogando que al menos le alcanzara para una taza de café. La estaba necesitando. Abrió su pequeño teléfono celular rojo para ver la hora, y quizás para parecer normal, igual a todos aquellos que estaban en ese lugar.

De cierto modo, aunque el sabia que nadie estaba prestándole atención, no quería parecer diferente. Quizás su celular no era de última generación, pero podía hacer cálculos matemáticos, ver la hora y el calendario, además tenía dos juegos, que en caso de emergencia podían entretenerlo, y aunque la verdad no tenía muchas personas con quienes comunicarse, también servía para hacer llamadas, claro, siempre que tuviera saldo. Sabía que no tenía porque apresurarse para estar en la fila para ordenar su café.

Optó entonces, por sentarse un momento en un pequeño banquito redondo con patas de metal. Frente a esos banquitos estaba una especie de mesa larga pegada a la pared, desde donde podían verse grandes pósters con anuncios de panes, donas y pasteles. Se distrajo viéndolos e imaginando su sabor. Tenía antojo de algo dulce, pero a duras penas podría ajustar el importe de un café, así que lo pediría con crema y bastante azúcar, pensó.

Veía a la gente ir y venir, algunos iban solos, otros acompañados riendo animados, enviando mensajes de texto a través de su celular o con sus audífonos en los oídos, caminando rítmicamente según la música que fueran escuchando. El sonido del tren pasando por los rieles de metal casi a la altura del techo de ese edificio, se escuchaba estruendosamente cada cierto tiempo, pero nadie parecía notarlo. A esa hora de la tarde, parecía que lo único que todos querían era llegar a casa lo antes posible y pasaban por un café para buscar en él, la dosis de energía que les permitiría este ultimo cometido.

Vació sus monedas sobre el espacio que tenia por mesa frente a él, colocó a un lado unas llaves, incluida una de automóvil que encontró tirada una madrugada cerca de un bar y comenzó a hacer el recuento. Volteo la cabeza para asegurarse del precio del café y se le dibujo en el rostro una sonrisa, al ver que aún le sobrarían veinticinco centavos. Apiló las monedas ordenadamente, volvió a abrir su celular un momento, y guardo las llaves haciendo con ellas un pequeño tintineo mientras las metía a su bolsillo.

Se puso de pie, juntó su cabello largo con ambas manos como quien se hace una cola, y se paró en la fila. Había cinco personas delante de él, pero eso no importaba. Mientras más tiempo tardara parado en la fila, mas parecería ser como todos ellos, haciendo algo “normal”, algo justificado. Pensó en lo incómodo que era para el estar dentro de un grupo en el que parecía que todos tenían algo que hacer, algo de qué hablar, de que reírse, mientras él no sabía que decir, que pensar, que hacer.

Se llenaba de pánico cuando ni siquiera sabía que hacer con sus manos, como moverlas, ni que gesto hacer para parecer normal.

Llegó su turno y pidió su café, la frase le salió de los labios justo como la había venido ensayando en su mente, no tartamudeó, la persona que lo atendió no tuvo problema en entenderle y minutos después regresó con su pedido tal y como él lo quería. Caminó unos pasos, sacó tres servilletas de papel del dispensador, agarró dos bolsitas más de azúcar y una pequeña varita de plástico rojo para mover el café. Buscó el lugar donde momentos antes había estado sentado, pero ya no estaba disponible, una mujer de cabello muy rizado con varias bolsas de compras lo había ocupado.

Miró hacia la izquierda y vio a un anciano solitario leyendo un periódico y dando sorbos esporádicos a su bebida, como si quisiera estirar ese momento lo más que pudiera. Del otro lado, una mujer joven discutía acaloradamente por teléfono. A juzgar por sus palabras, el reclamo era a su marido que llegaría tarde a casa otra vez. A la par de esta mujer, había un asiento disponible, pero decidió no tomarlo, le asustaba ver a la gente airada.

Por fin decidió que se quedaría en el banquito de la esquina. El que estaba cerca de la entrada de los baños y como quedaría sentado de espaldas no tendría que estar viendo todo el tiempo a la gente que pasaba por ahí. Así lo hizo. Colocó su taza de café, las bolsitas de azúcar, las servilletas de papel, sus llaves y su celular rojo frente a el, y fue entonces cuando se dio cuenta. En esa pequeña esquina ya no había más pósters de publicidad. La pared simplemente estaba pintada de color vino tinto y en la orilla un reborde de espejo, uniendo ambas paredes. Su corazón empezó a latir con más fuerza anticipando la llegada de aquel recuerdo que tanto luchaba por enterrar. Seguramente no tardaría en aparecer aquel hombre que tanto lo atormentaba. Parecía inevitable. Levantó lentamente sus ojos con timidez, contuvo el aire por un momento y ahí estaba. Observándolo impasible. Nuevamente había encontrado al hombre del que siempre quiso huir. Aquellos ojos enrojecidos lo miraban con miedo y desprecio a la vez, mientras él se preguntaba porque tenía que habérsele aparecido allí justo en el momento en el que estaba sintiéndose, uno más de los que estaban en aquel lugar.

Transcurrieron unos segundos, se armó de valor, tomó sus llaves, su celular y se fue de prisa, mezclándose entre aquella multitud que no quería perder el tren.

Una mujer limpiaba las mesas y recogía la basura que había quedado en ellas. Pronto terminaría su jornada de trabajo, así que quería darse prisa. Vio un vaso de café con varias bolsas de crema y azúcar, humeando frente al espejo, en la entrada de los baños. Vio a los lados para buscar a un posible dueño.

Era tarde, ya no había mucha gente alrededor.

Se encogió de hombros, lanzó el café con las bolsas de crema y azúcar a la bolsa de basura, y dio por terminada su tarea del día.

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