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Ir a: El Muerto (Parte 6)

El asombro se pintó en sus caras a medida que la historia narraba. Cuando llegué al monstruo gigante, con placer vi como Rosa la mano a la boca se llevaba. En sus ojos podía leer un delicioso asombro, y la cara del señor reflejaba un macabro aplomo. Asentía con la cabeza cada vez que narraba mis hazañas, pero negaba tercamente, cuando el cuento llegó a la piedra y a las almas.

- Así qué... - Me interrumpió el hombre sin delicadeza, - debes matar al MUERTO, pero esta tarea requiere destreza. ¿Seguro estás de que eres el hombre indicado?

- ¡Vaya que lo estoy! - Exclamé indignado.

- ¿Más no te temblará la mano al estar frente al MUERTO?

- No lo creo, señor.

- Créeme que no debe temblar, porque el MUERTO es fuerte.

- No le tengo miedo a ese ser de las tinieblas.

- Es mejor temerle, porque de tontos es el ocultar algo que de los hombres es naturaleza.

- ¿Me dice tonto?

- No, valiente amigo.

- Entonces, ¿por qué de esta manera se expresa?

- Escucha un consejo, que te puede dar un hombre que ha visto un poco.

- ¿Ha visto al MUERTO?

- Y por poco escapé de su enojo.

- ¿Corrió acaso? - Pregunté tratando de burlarme.

- No, más él no me persiguió porque supe mantener frente a él mi talante.

Callé enseguida, un poco avergonzado. Había tratado de ofender al hombre, que con tanto empeño me había hablado. Es cierto, todavía mantenía rencor oculto, más ya era hora de deshacerme de él. Porqué en el ataque el señor no tuvo la culpa.

- Cuenta, amigo mío, como fue ese encuentro.

- Más tarde lo haré, - respondió el señor. Y no dijo más por más que yo quisiera oír sobre el difunto.

- Bueno, amigo mío. - Me dijo José levantándose de la mesa. - Tengo que recorrer el campo para coger al ladrón en medio de su proeza. ¿Acompañarme deseas en esta campaña?

- Claro, señor. - Respondí alegre al percibir de Rosa la mirada.

- Entonces vamos. - Miró a Rosa. - Me despido por un segundo.

- Los espero con impaciencia.

- Volveremos, bella dama. Lo sé a cierta ciencia.

Y cuál no sería el sentimiento tan bello cuando ella me sonrió mirando mis ojos por un momento con delicadeza.

- Bueno, ya está bien de despedidas. - Dijo José y salió en seguida.

No sé si por maldad o por inocencia, me demoré unos segundos antes de seguirlo con conciencia. Quizás quería que Rosa en mi se fijara, ahora que por fin José no estaba. Más un grito me sorprendió por la ventana:

- ¿Mozuelo, vienes?

- Ya voy, ya voy. - Y salí con desgana.

Continuará…

 

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