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Era una mujer independiente, no por convicción sino porque nadie quería convivir con ella. Se dedicó fehacientemente a alejar a todo mundo de su lado. A pesar de tener buenos amigos, pretendientes ocasionales, familia, un futuro que se vislumbraba próspero, por lo que, materialmente no había nada que no pudiese adquirir.

Pero en algún momento todo eso acabó. No de golpe, sino poco a poco, como una tortura bien concebida. Primero, se alejaron de ella los hombres que la querían bien, y no es que la cortejaran porque fuese hermosa. No. Jamás fue una mujer bonita, ni siquiera agraciada, pero resultaba algo simpática y daba la impresión de ser bondadosa, luego, de a poco, fue convirtiendo amistades en enemistades: todos tenían un defecto imperdonable, cada uno la había traicionado, ofendido y atacado y por lo tanto, los perseguía, difamaba, acosaba sin que los pobres pudieran entender el por qué de ese cambio en su actitud. Cuando solo le quedó su familia, hacia ella dirigió sus agresiones, ninguno quedó a salvo de su furia: ni hermanos, ni padres, ni primos, ni nadie.

¿De dónde surgió de pronto tanta ira y crueldad hasta consigo misma? Comenzó con su primer fracaso amoroso. Incapaz de descubrir en qué pudo haber fallado para que las cosas finalizaran de ese modo, lo más sencillo fue echar culpas. Todo mundo, según ella, tuvo que ver en esa ruptura, nadie fue excluido de algún error imperdonable. A partir de ahí, esa fue una constante a lo largo de su existencia. Ella nunca se equivocaba, los demás eran los ineptos, los malos, los torpes.

Disfrazó su dolor con la soberbia. Aprovechando ese imán nato que poseía para el dinero gozaba humillando y menospreciando a quien se le pusiera enfrente. Llegó un momento en el que se creyó superior a todo y a todos. Tuvo más relaciones amorosas, muchas, pero ninguna con quien le ofreciera un amor sincero y un futuro estable. Buscaba siempre hombres mayores, casados, de preferencia con hijos para romper con la armonía de las mayores vidas posibles. Perdió la moral, la decencia y hasta la dignidad segura de que sus amantes terminarían con sus matrimonios para quedarse entre sus brazos. Pero nadie jamás lo hizo, todos regresaban a casa, con sus esposas, con sus retoños. Incluso aquel que la dejó embarazada. En el hijo descargó su amargura día con día, el pequeño se ahogaba en la soledad y el egoísmo que inundaban esa casa de paredes sucias en donde pasaba las horas completamente solo esperando atención, clamando ternura, exigiendo respeto a su existencia, conciente de que no necesitaría más enemigos en la vida pues su madre era el conjunto de todos los que pudiera llegar a tener.

Con total saña y sin recato alguno, logró apoderarse de la casa paternal, misma que proclamó a los cuatro vientos suya tan solo porque ahí creció pero con la esperanza de convertirse en la matriarca de la familia y que todos sus hermanos acudieran a ella en sus necesidades para así poder echarles en cara su poca valía y lo detestables que eran sus respectivos cónyuges, porque todos estaban mal: el que no era infiel, era maldito, la que no era floja era poca cosa. Le indignaba que...¡Nadie se diera cuenta de que solo ella tenía la vida perfecta!: Sin problemas conyugales, sin amigos fastidiosos, sin engorrosas relaciones formales ni honestas, con un hijo que cuidaba la vivienda mientras salía a trabajar durante el día.

Los años pasaron, y la casa obtenida a base de infamias parecía abandonada, la maleza devoraba la construcción. Esos padres a quienes siempre manipuló aprovechándose del cariño mezclado con lástima que sintieron por su persona, ya estaban muertos. Ningún hermano deseaba escuchar siquiera su nombre: ella representaba lo odiado, lo desleal y lo traidor. ¿Los amigos? Hacía mucho que se alejaron horrorizados. Y el hijo, en cuanto cumplió la mayoría de edad huyo lo más lejos posible de esa casa cuyos cimientos estaban erigidos sobre lágrimas, difamación, tiranía y maldad. Solamente quedaba ella dentro. Elucubrando nuevos ataques, maldiciendo, insultando. Mirando a todos lados con malicia, pensando en nuevos ataques, en estrategias que consiguieran por fin desbaratar los matrimonios de los hermanos, mientras una sonrisa siniestra se dibujaba en su rostro repulsivo e hinchado.

Ya no tenía dinero, solamente deudas y más deudas. Nunca tuvo límites ni cordura. Junto a sus pies deformes, en el piso, los requerimientos de pagos atrasados. En cualquier momento llegarían a sacarla de ahí. Lo perdió todo, alejó a todos, se quedó sin nada, ni siquiera le quedó el alma. En medio de lo que una vez fue una sala llena de niños corriendo y jugueteando al rededor ante la mirada cariñosa y complaciente de sus padres estaba ella, rodeada de suciedad, de podredumbre. Sola...COMPLETAMENTE SOLA.

Una rata comenzó a escalarla, ni siquiera se inmutó, estaba acostumbrada a convivir con ellas. Cuando los abogados llegaron a romper las cerraduras para tomar posesión de la propiedad encontraron el inmueble destrozado, fétido, con olor a perversidad en todos los rincones. Y ahí, en medio de la sala, ella, de pie, perforándolos con su mirada depravada.

El silencio se quebró cuando el nuevo dueño, que se cubría la boca con un pañuelo para contrarrestar el mal olor, ordenó con voz firme y poderosa:

-Llévense de aquí a la gárgola. Me repugna.

No pudo hacer nada para oponerse. Su cuerpo de monstruo convertido en piedra fue levantado y arrojado a la calle sin piedad, con la misma indiferencia con que ella había hecho el mal a sus semejantes cuando aún era un ser humano.

No cabe duda de que el mal que hacemos se regresa inexorablemente, y que aquellos que permiten que la amargura enraíce en su interior, comienzan por hacerle el mal a los que les rodean y terminan por dañarse a si mismos sin compasión.

Elena Ortiz Muñiz

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