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Al poco tiempo de conocerla, intentaba no molestarme por sus gritos imposibles de entender. Se decía que era la palabra de Dios la que salía de su boca; pero más bien parecía que la sagrada boca tenía necesidad de un nuevo micrófono, pues el que utilizaba entonces, en lugar de efectuar, tenía la costumbre de “defectuar” el mensaje.


Cuando recuerdo a aquella mujer regordeta, no puedo dejar de pensar que se había convertido en un altavoz flotante, nadie necesitaba sostenerla, mucho menos un habitante de más allá de lo humano. Más que sus palabras, sus ladridos se transportaban a través de cientos de espíritus receptivos y crédulos. Por algún extraño mecanismo biótico, tales ruidos provocaban lágrimas, y en algunos casos, brincos y jubilosas exaltaciones.


En más de una ocasión, la profunda introspección del auto juicio de los fieles fue rebanada de raíz por la proclama de una visión. Siempre decía lo mismo, no se preocupaba ni siquiera por mutar las frases, lo más que llegaba a hacer era cambiar el orden de las mismas a la hora de recitarlas, con una mecanización tan emotiva, que resultaban obvias las razones por las que nadie ponía en duda su acción, o como ahí se decía, su ministerio.


Provocativos llamados como - pueblo mío -, o su variante - éste es mi pueblo -, ponían a la congregación como a topos buscando tractores en el extremo arriba de su mundo. La mente se ponía blanca, dispuesta a ser reescrita, dentro de la perfección de un ciclo, por una lluvia de apariencia eterna.


Así era todos los domingos y en otras ocasiones de culto. Su voz se elevaba al techo del auditorio, para convertirse en nubes, que pronto soltaban su carga sobre los presentes. Éstos, sin importar sus broncas, convertían su desesperanza, y por lo tanto la única posibilidad de reflexión, en una sonrisa natural; tan natural como la estupidez. Evocando al caso, si la esposa se había ido de la casa por las palizas de su marido, éste último, empapado en la lluvia de la profetiza, confiaba en el regreso milagroso de su compañera. A quien le importaban ya, a estas alturas del movimiento del Espíritu, las razones que habían causado su marcha. Indagar en ello, se traducía en síntoma de una fe menguante.


De esta forma pasaron los días. La monotonía del periodo pluvial fue hastío para unos, prueba de fidelidad para otros, y bienvenida al cielo para los más nuevos. Yo me inscribí en el primer grupo, y subsecuentemente me fui. No pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que la profetiza había renunciado a su labor, o al menos al centro en el que se desenvolvía usualmente, y se había trasladado a una sinagoga recién creada. Ahí, su palabra tomó bríos renovados de la brillantez del Innombrable, además de incrementarse en poder y visión. Aún no se entiende lo que dice, pues sigue vociferándolo todo, a excepción, claro está, del tambor de guerra inicial, - pueblo mío -. Dicen que las nubes que hoy forma son ardientes, y que las gotas que libera son de fuego, todas ellas pintadas con una violencia colorada.

 


Guadalajara, Jalisco, México


Noviembre 30 de 2001

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