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(Si siguiéramos el impulso de las palabras cuando claman libertad, seguramente seríamos más justos y sinceros en nuestras pronunciaciones).

Recuerdo que de vez en cuando alguien se moría en el pueblo. Entonces la solidaridad de las gentes brotaba espontánea en derredor de los deudos. Y nosotras, las palabras, acudíamos a los llamados y agradecimientos por medio de tarjetas y páginas necrológicas.

Pero en aquella oportunidad, la muerte tuvo otra cara y otro comportamiento en las costumbres provincianas. Finalizaba marzo de 1976 y estábamos en la Argentina.

Hasta entonces, en el pueblo se acostumbraba velar a los difuntos. Cada cual, trataba de acreditar familiaridad con el finado. Se competía un rato en anécdotas que legitimaran la cercanía al dolor por la pérdida, justificando el espíritu masoquista que los nucleaba en el culto a los muertos. Durante esas horas de vigilia recordaban al finado, se compartían los recuerdos y los chismes, y amenizaban con los infaltables cuentos de velorio. Por último, al difunto o la difunta, se lo extrañaría durante todo un año completo, antes de perderlo en el olvido.

Pero desde aquél entonces, el terror civil se fue apoderando de la solidaridad de las gentes y la indiferencia se incorporó definitivamente en sus estados de ánimos.

El secuestro no resistía a la realidad, y la idea del exilio comenzó a formar parte de los argumentos que justificaron la otra muerte, no tan sólo la física, a la que todos en el pueblo estábamos acostumbrados a ver de tanto en tanto, sino a la muerte civil, aquella que ya no sólo justifica la muerte física, sino la encubierta; en la soledad y la nostalgia que maduran exiliadas, lejos del pueblo, en otro país, preferentemente en España.

No bastaba con ser un héroe de la resistencia para descubrir la fascinación del horror y presumir el deleite del torturador, con su crueldad exacerbada en la cacería de conejos.

Para entonces, la cultura militarizada de la dictadura y la prepotencia, tendientes a alentar la idiotez se empecinaron en ocultar y distraer a la muerte civil, porque a la otra, a la física, le encontraron sobrados justificativos usándonos en arteras combinaciones. Dos letras, tétricas gemelas, fueron esposadas y mantenidas en cautiverio, dos consonantes que forzaron a resumir la bajeza y el dolor: "NN" se llamaron.

La cultura de la dictadura, similar al proyecto ceremonial fomentado por el nazismo y el stanilismo, se distinguió en promover la tilinguería con el beneplácito de ciertas áreas de la sociedad pacata.

Las gentes del pueblo comenzaron a reír a carcajadas con películas idiotas de cómicos imbéciles y taradas con credencial de comediantes. La televisión se metió en las casas para mentir dramáticas estupideces. Los diarios y revistas se convirtieron en el vehículo ideal para transformarnos en fantásticos agentes de propaganda, y la frase: "Los argentinos somos derechos y humanos" pasó a formar parte de un axioma del que ni nosotras, las palabras, estábamos convencidas de lo que eso significaba.

En otras partes, la voladura de salas teatrales y la quema alejandrina de bibliotecas, que se resistieron a la realidad traumática de la cultura nacional durante las dictaduras militar y económica, con el terror y la censura, aportaron la decepción de los comportamientos sometidos a los miserables intereses de la mediocridad, abocados a la tarea de decepcionar, mientras los desaparecidos sumaban treinta mil.

Mediaba julio de 1977 y nadie se atrevió a negar el desprecio de la duda, porque la duda podría ser otra vez la jactancia de los intelectuales, y eso Dios no lo permita, podría resultar peligroso para las nuevas instituciones.

Para entonces, ya habían muerto civilmente unos cuantos en el pueblo. No correspondía velarlos porque ellos se esforzaban en mantenerse vivos en la soledad del exilio. Portaban por el mundo una muerte civil que negaba todo vestigio de sus existencias, bajo el rótulo sumarial que otra vez justificaba el deceso, con el consabido encabezamiento protocolar de: “el prófugo de la justicia ha desaparecido de los lugares que solía frecuentar..."

Una y otra vez el terror, el secuestro en cárceles clandestinas, el destierro, la censura y la autocensura, todos fueron temas con que la cultura se empeñó en vestir el uniforme de la represión, justificando por sí sólo el proyecto de la nueva clase de muerte, esa muerte que tardamos en reconocer, porque en el pueblo éramos pocos y nos conocíamos mucho; hasta que la muerte civil nos desconcertó y comenzaron a inventar más y más justificativos con nosotras, como por ejemplo: "¿Lo desaparecieron? por algo habrá sido" frase que terminó por hermanarnos en el espanto.

Corre el tiempo de la historia y aún no pudimos recuperar la identidad de mi pueblo, donde algunos hombres de las instituciones políticas y de la “justicia”, empecinados, continúan atentando contra la cultura que terminó siendo su más distinguida y prestigiosa víctima, provocando la rebelión de las palabras que hoy nos convocamos en este relato, creando esperanzas nuevas de libertad en cada una de las artes, para sumar adeptos en las mentes creativas de todos los artistas de cualquier parte del mundo.

Eduardo Arcuri Márquez

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