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El suave viento de la madrugada acciona las copas de los árboles, envuelve los cuerpos, hiere los ojos, pero qué antojadizos para hacerlo a estas horas, ¿no?, dice uno, con una sonrisa en los labios, valdrá la pena, creo, dice alguien a su costado, y todos los que se ven en ese parque triangular están como muy excitados, sobre todo los dos muchachos, uno delgado y el otro chato, los cuales ya se encuentran frente a frente, armados con sendas chavetas, que mueven, esconden y apuntalan, sin que al inicio logren distinguirse bien, pues la neblina, todavía compacta, diluye sus contornos, entre las miserables fajas de luz de los postes, dando la impresión de ser dos figuras mal dibujadas, qué te has creído enano mal nacido, dice el Flaco, si ella es mi hembrita, ¡cómo!, dice el Chato, parece que no te has enterado de que ella ahora sale conmigo.

La gente forma, detrás de ellos, un corro por cada uno, amalgamada como coágulos vivientes, y, pasándose de mano en mano coloridas botellas de licor, se esfuerza también por adivinar sus movimientos, ¡qué carajo!, dice uno, encima ni se ven, sin embargo, el viento comienza a perforar ya aquella niebla grisácea. El Chato bailotea lateralmente y el Flaco achina los ojos para distinguirlo mejor y desliza su chaveta de una mano a otra con tiros breves pero exagerados, para que los noten, qué esperas, le dice a su rival, acércate, a ver si eres tan machito como cuando hablas. La hierba humedecida del parque sisea con sus pasos y ellos, en medio de esa desconfiada agitación, adelantan y retraen los pies o hacen fintas y amagues con sus cuerpos, como para probar o provocar al otro, ahorita vas a ver de lo que soy capaz por mi hembrita, dice el Flaco, ¿tu hembrita?, dice el Chato, ¿quién?, ¿ella?, ¿qué le has metido al trago, ah? Dentro y fuera del perímetro triangular, no se observa a nadie más, sólo algunas siluetas borrosas se asoman a las ventanas de las casas circundantes, camufladas entre las cortinas, y los grupos mueven sus brazos y piernas,  ansiosos, y agitan las botellas, ¿y si alguien llama a la policía?, dice uno, ¿alguien?, dice otro, ¿a la policía?, ¿cómo?, dice un tercero, si esta gente ni se mete, saben que, si lo hacen, les reventamos las lunas a pedradas. Hasta que, un momento después, la figura pequeña decide romper con la monotonía y avanza un trecho, elevando los brazos, en uno el arma y en el otro una chompa enredada, aprenderás a no meterte conmigo, flaco maldito, dice, y, en el claro que forma la cercanía de sus cuerpos, por fin se les puede ver bien, reconocer sus facciones metálicas, de odio frío, pero ellos, al percartarse de que cada uno hunde su chaveta en el aire, no se detienen a mirarse demasiado y, más bien, retrocediendo, evitan los golpes. Los grupos siguen el espectáculo cada vez más anhelantes, perfilándose ya mejor entre las sombras de los árboles, ¡casi se cortan, carajo!, dice uno, ¡y todo por una tipa que...!, dice el de la sonrisa, ¡cómo!, dice alguien del otro grupo, ¿hoy también vas a salir con tu cantaleta?, cánsate, ¿no?, deja de hablar estupideces. Cuando ambas figuras retoman sus porfiados bamboleos, la gente detrás del Flaco le avienta una chompa y él, atajándola, se la enreda en un brazo y se arroja hacia adelante, aunque, a unos pasos del enano, sólo hace amagos de encajarle el arma, como si estuviera bromeando, mientras el Chato se protege con su brazo cubierto a media altura. El Flaco repite la operación varias veces, hasta que, al improviso, dirige su chaveta hacia el otro en serio, y la figura pequeña, si bien la elude con un suave respingo, tratabilla y cae al suelo, y el Flaco, en vez de acometerlo, se mantiene en su sitio inexplicablemente, y en los corros o se tiran de los cabellos, incrédulos, o entornan los ojos, ¡qué!, dice uno, ¿qué hace?, ¿por qué se detiene?, es prudente, dicen en el grupo contrario, sabe que el Chato se puede recuperar de un momento a otro, es para confundirlo, dice uno a su lado, para que crea que ya lo tiene, y, en efecto, ven cómo el enano se pone en pie de un salto y, con unos ojitos de furia emponzoñada, se desliza hacia su rival, total, dice alguien, ella se lo merece, ¡cómo!, vuelve a decir el de la sonrisa, ¿ésa?, si justo ahorita..., oigan, dicen en el grupo opuesto, ¿por qué nadie lo calla a ese huevón, ah?, sigue, sigue, dicen siempre desde allá, ya verás cómo te reventamos a patadas. Mientras tanto, quebrando sus huesos como un mono de circo, el Chato espolea su cuchillo contra el otro y la figura delgada lo evade con movimientos de torero y, en un momento, en una larga estocada al vacío del enano, estrella su pie contra la mano que lo amenaza. El arma vuela por los aires hasta perderse de vista y en los grupos crece la confusión, ¡búsquenla, carajo!, dice uno, y, esta vez sin dudarlo, el flaco aprovecha la incertidumbre del enano para insertarle su chaveta en un hombro, y la gente o grita eufórica o brinda o se debate angustiada, ¡aquí está!, dicen, ya la encontré, ¿ven?, ahora sólo falta que el flaco lo remate, ¡tírasela, no!, ¡qué esperas!, y, cuando el cuchillo atraviesa la neblina, el Chato se sienta en el suelo, resollando, embarrado con su propia sangre. La figura delgada, por su parte, tiene los brazos alzados, como si hubiera ganado un torneo, la cara disecada en una mueca estúpida, hasta que, componiéndose, se impulsa hacia el pequeño, como si éste fuera un animal al que por lástima había que exterminar, ¡aquí van a terminar por fin tus payasadas, huevón!, le dice, y los grupos se agitan sin saber qué hacer, oigan, hay que meterse, dice uno, no, no se puede, dice otro, hemos acordado una pelea limpia, ¡bah!, dice el de la sonrisa, riendo de nuevo, y todo por una flaca que..., ¿quieres callarte?, dice un tercero, ¡sí, mierda, cállate!, dice un cuarto. El viento, a esas alturas, a pesar de no hacerle nada al busto pétreo, imperturbable del historiador en el centro del parque, viene convirtiendo a la neblina en hilachas absurdas y dispares, debajo de un cielo que muestra ya los primeros huecos de claridad. El enano se arrodilla como puede y, cuando el Flaco está sobre él, estira su mano hasta encontrar su chaveta y, dirigiéndola por entre las piernas del otro, se la clava en un muslo y la retuerce con cólera. El Flaco cae de espaldas y, aunque ulula de dolor y se contrae formando un ovillo, se arrastra fuera del alcance del Chato. Entonces, algo sólo explicado por esas miraditas que se lanzan, llenas de un odio antiguo y jamás liberado, ambos se levantan y, luego de mantenerse en precario equilibrio por unos segundos, se avientan hacia el rival en un dejarse llevar al vacío, blandiendo sus armas y prendas como banderillas, y terminan mezclándose y creando una sola figura desproporcionada, y en los corros vuelve surgir la confusión, e insultos, piedras y botellas cruzan el espacio que los separa, ¡deténganlos!, dice el de la sonrisa, ya serio, no puede ser que se maten por una tipa que...¡maldita sea, dice otro, cállate de una vez!, ¡a ver cállame pues, huevón!, dice el de la sonrisa, ¡aaaaah!, gritan en muchos. La figura humana, carente de un orden preciso, confunde sus troncos y caras y gira sus múltiples extremidades hacia todas direcciones, como ocupada en una danza ritual improvisada, y, sólo después de unos minutos, los cuerpos se desprenden de la misma forma irracional, y los corros, más que estupefactos, los ven chorrear sangre a borbotones y manchar sus ropas cortadas, ¡se han sacado el alma, carajo!, dice uno, ¡están hechos unas coladeras!, dice otro. Y nadie acierta a moverse, menos cuando lateralmente emerge una silueta diferente de las demás, una de formas torneadas y perfume meloso, que se queda estática en medio de un silencio tenaz que envuelve a todos, y, pese a que se animan con verla, los muchachos cambian de expresión al darse cuenta de que, al lado de la silueta, a la que tiene cogida de la mano, se dibuja otra más alta y corpulenta. Aquélla, entonces, se adelanta hacia ellos y su voz agria los latiguea, ¡qué estupidez han hecho!, dice, ¿por qué se han peleado así?, y, llevándose a la otra consigo, se pierde entre los árboles, cruzada por los haces de una luz ya celeste, y, cuando los grupos empiezan a rodearlos, el Flaco y el Chato se derrumban al suelo, inánimes, ¡cómo!, dice el primero, ¡por qué!, ¡cómo!, dice el segundo, si a mí me había prometido que..., ¿ya ven?, dice el de la sonrisa, yo les quería advertir que se peleaban por las puras, que era absurdo, si esa tipa ya estaba saliendo con otro.

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