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El mediodía  repartía su modorra, aún más convaleciente bajo el sol que caía brutal sobre el patio de la casa.  Las torcazas hacían buches de pereza y las cigarras deshacían estridencias.

A la sombra de los paraísos Albano, de cuatro años, arrimaba ramitas secas a un fuego recién encendido. Se entretenía mirando ennegrecerse a pequeñas latitas vacías de conservas.

Una de ellas, reciente envase de anchoas en salmuera,  expuesta a las llamas pasó, del marrón herrumbre al tono grisáceo y finalmente al tizne oscuro.

Los restos de aceite ardían haciendo chisporroteos.

Repentinamente el niño rompió a llorar desconsolado y nadie que lo hubiese asistido, en ese momento, habría desentrañado el origen de su aflicción.

Un aroma apacible a dulce de higos se esparcía desde la cocina, donde su madre lo preparaba.  No tuvo él necesidad de evocarla, y apenas si recibió constancia de ella, por ese aroma tan entrañable. Tampoco se sintió impulsado a reclamar su protección, como si en ese momento su madre no perteneciera al ámbito de su existencia.

Por un momento él y sus sollozos, quedaron envueltos en un silencio que enmudeció todos los murmullos.

Al regresar su hermano del colegio lo encontró muy cerca de ese pequeño  fuego, sumido en una lánguida melancolía.

< Qué te pasa Albanito>

< “Ahí…la lata…mirá… no sé, algo hay” > respondió con balbuceos, sin poder explicar lo que no sabía era, posiblemente, una sutil revelación.

De haber contado con la capacidad adulta de discernir Albanito habría calificado a ese sentimiento, súbito y hondo, como de dolor y pena. Tal vez comparado con el que produce la pérdida irreparable de un ser querido.

Su inocencia de entonces, sin embargo, no le permitió descifrar el misterio de ese instante, irrepetible, de breve intensidad.

Hoy, veinte años después, intuye que las tonalidades tornasoladas de la lata provocadas por el fuego, delataban una presencia invisible que allí  se purificaba  de una remota degradación.

Nunca tendrá la certeza, aunque no pueda evitar que fluya un presentimiento cada vez que evoca aquél  episodio de su primera infancia. Admite sentirse tentado de creer  en un alma errante que vino, desde un recóndito origen, a quedarse dentro de la suya.

Presume, por algunas sensaciones que lo conmueven en ciertas ocasiones,  que la congoja inspirada por el fuego y por la imagen de la lata chamuscada, pudo deberse al pesar de una remota existencia desarraigada, que lloraba su partida de la antigua morada donde habitó.

Ganas no le faltan a Albano de convencerse acerca de la tan mentada reencarnación.

Pero su conciencia actual, sumida en la realidad, ya no tiene cualidades mágicas, sólo presentes en el pensamiento de un niño.

Aquél que fue debió de sentirse atónito, como nunca después, por algo indescifrable.

Rene Bacco

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