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Otra vez el cielo me desdobla en una quinta parte de su azul, en un trozo inusitado de cualquiera de sus horas recodándome cuando la muerte del otoño me acarició, por envidiar mi resignación a disolver entre el sol y el frío, petrificándome en la mejor de las tardes, muerto pero no muerto...
En mi cara la emoción, arrasado por la impresión, estatua de ninguna colección, y al mismo tiempo dejar que mi alma calque en el viento la profundidad de mi tristeza cuando me contagio de neblina.

Baja una nube entre el azul y el bosque para deletrearme la poesía que siempre escribí detrás de mis retablos; era un amor fantasioso que nunca presumió tener en sus nevadas el mejor de los besos, eran los versos que nadie más leyó en este cielo aparte de mi primera muerte, y que alguna vez en un día de antigüedad se pintó el rostro sobre mí con un solo pincel, hoy escrita en las cuatro caras de mi pedestal, viendo los ojitos de la noche brillando en dos pares de mi sombra que siempre me visten de negro.

Al fondo de un suburbio marginal el espectro de una luna sobre las cinco de la tarde, y aquí en la tierra realidad el baile de los niños aun sin cenar, no lo hay no lo habrá, el disfrute de la mugre delante de mis carcajadas mudas, las casas de madera pendientes de que si hoy lloverá.
Yo andando en medio de todos haciendo la mejor figura, yo de impresión, yo existencial, el único que mira hacia la cámara pictórica señalando la tarde para siempre, como en la mayoría de mis fotografías subjetivas donde la sangre y la noche se juntaban para fabricar la pócima del dolor y dármela en cucharaditas, en los tiempos que convalecí ante el beso de una partida absurda.
Nadie se fue, nadie es el beso, por eso anhelo mirar el horizonte rojizo muriéndose y diciéndome que también tiene algo que le late por dentro aunque no sepa mirar ni siquiera a un cielo violeta desintegrando el paso del viento dentro de mis venas, aunque no pueda desnudarme en vida.

Observándome inerte con hambre de barrio paralelo a la cuidad, otra vez el cielo, que se llevó los versos de mis esquelas para leerlos en una de sus estrellas, que me inmortalizó al caer en cuenta que perdí un sueño de nube: “morir en mis palabras, vivir entre memoriales y pinceladas…"
Otra vez la muerte me sonríe desde lejos, al verme riéndome para siempre con el disfrute de la mugre viviendo fiestas, y mi alma hecha neblina, intenta suicidarse pagando penitencias en el olvido.

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