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Algún día terminaré de escribir esta historia. La comencé al revés de los hechos, es decir, no cuando te conocí, sino en el momento justo en que te perdí. La inicié mil veces y otras tantas la deseché, no porque no me agradara la manera en que estaba relatándolo todo, sino porque las lágrimas caían sobre el papel ocasionando que la tinta se corriera y las letras se perdieran. Las palabras terminaban siendo parte de una mancha sin forma ni definición, así, como nuestra relación.

Me llamabas "amiga" pero no era hermandad lo que por ti sentía. Para una chica como yo, que a sus 16 años aún no experimentaba lo que era un beso de amor fue impactante que alguien como tú se acercara a mi intentando establecer una amistad. Eres tal y como te soñé. Siempre lo supiste ¿no es así? Me cautivaste desde el primer momento que te vi y a partir de entonces, ya nada en mí volvió a ser igual.

Ahora estoy casada. A mis 37 años he dejado todas las metas acariciadas entonces, inconclusas. Terminé mi carrera, sí, pero jamás la ejercí, le di la espalda a mis anhelos para casarme, no contigo, sino con otro. Para entonces, ya eras solo un recuerdo, una parte de mi pasado. O por lo menos así debió haber sido.

-¡Tú serás famosa- solías decirme cuando leías lo que escribía. Y comenzábamos a describir lo que deseábamos para mi futuro: Terminaría los estudios, sería una gran escritora, ganaría mucho dinero y compraría un departamento en pleno centro de la ciudad, uno que tuviera el suficiente espacio para los dos.

-¿O me vas a excluir de tu vida?- preguntabas con picardía, retándome a resistirme a ti, a rechazarte.

-¿Cómo excluirte...-respondía yo-...si mi vida eres tú?

Y finalmente, no. No fui famosa, ni recibí millones por mis historias, ni me dedico a escribir, ni somos amigos ya. Pero a pesar mío, te amaré siempre, con la misma intensidad de entonces. “Con un beso suyo sería completamente feliz” -decía mientras miraba al cielo- “No pido más que un beso suyo”.

“Ten cuidado con lo que sueñas porque se puede volver realidad”, dice el adagio. Y mi sueño se cumplió. Una noche, el beso tan ansiado llegó, y como en una historia increíble de amor surgió mientras contemplábamos la luna, espontáneamente, de repente. Pero no tembló la tierra, ni escuché campanitas y ni siquiera me gustó. Fue un beso torpe, soso y fugaz. Porque castigaste tu corazón, lo dejaste trotar cuando él ansiaba galopar sin freno. No me importó. Te abracé con todo el amor que llevaba guardado para ti y te susurré al oído:

-Te quiero. Siempre te he querido ¿lo sabías?

-Me lo imaginaba- respondiste con presunción.

Hoy, por el contrario, vivo sometida. Atrapada en tu recuerdo, inmersa en la rutina ingrata de toda ama de casa. Deambulo entre los platos sucios, los pisos que hay que fregar, la alimentación de los hijos, nuevamente los trastos, la ropa, el perro, la cita de las 5, la clase de las 6, la cena, más trastes, y al final del día, la casa está sucia otra vez. El marido, indiferente, cansado de tanto trabajar. Los hijos negándose a irse a dormir, y yo con mis sueños revoloteando a mi alrededor exigiendo atención. Quiero salir de esta inercia. Sé que debo volver a escribir.

Escribiré nuestra historia, pienso. Aquella que comencé cuando todo terminó. Pero no la puedo finalizar. Los recuerdos me lastiman, me hacen dudar. Pienso que si hubiera luchado un poco más haciendo a un lado el orgullo, que si tú te hubieras dejado amar sin miedo a fracasar...tal vez y solo tal vez...Me sentiría completa, sería una gran escritora, ganaría mucho dinero y viviríamos en un departamento en pleno centro de la ciudad.

Pero no. Aquella noche fuiste cruel, despiadado, duro. Me dijiste que todo había sido un error, que no me querías, que estabas arrepentido de haber iniciado esa relación. Yo te escuchaba sin poder creer en tus palabras. Nadie me conocía mejor que tú, y por eso pensaba que jamás me lastimarías. No me heriste...me hiciste pedazos.

-No llores- suplicaste cuando estallé sin poderlo evitar- Eso si que no lo puedo soportar. Me abrazaste rodeándome con esos brazos cálidos. -No quiero perderte- me dijiste- Soy muy loco y terminaría dañándote. No soportaría que te fueras de mi lado odiándome. Es mejor continuar como siempre, como amigos.

¡Qué injusto y qué egoísta fuiste! Claro que no te olvidé, pero sí me fui de tu lado. No te odio, pero tampoco puedo dejarte de amar. Yo no deseaba ser tu amiga, mis aspiraciones iban más allá. Nunca volví a ser la misma. Me enamoré después, de mi ahora marido que me enseñó a ser mujer y a entregarme con pasión, sin freno ni aprensión. Me casé, y  ahí estuviste  con la derrota, el suplicio reflejados en tus ojos...ya no había marcha atrás. Lo nuestro se había perdido. Con todo y eso, continuaba encontrándote en cada lugar. Hasta que me mudé de ciudad.

Aún tengo tu fotografía escondida y rezo por ti en las noches. A veces te sueño, no importa si estoy dormida o despierta, pero te sueño. Veo mi vida como si estuviera en un aparador, y luego la reconstruyo haciendo de cuenta que jamás nuestra historia quedó rota. ¡Qué diferente! ¡Qué distinto es todo entonces!

Pero estoy decidida a salir de mi letargo. A retomar mis sueños. Volveré a escribir y comenzaré relatando nuestra historia, porque...algún día la terminaré. Cuando no sea hora de preparar la cena. Será después, cuando los hijos, que no son tuyos, duerman, y mi esposo, que no eres tú se recueste a ver sus noticieros. Entonces, ya con los trastes lavados. En la mesa de la cocina perfectamente limpia, prepararé hojas en blanco y una pluma que esté nueva para que no se termine la tinta...trataré de no llorar para que no se borren las palabras y me decidiré por fin...a terminar de escribir nuestra historia.

Elena Ortiz Muñiz

 

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