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CENIZAS DE UN GRAN AMOR

Cenizas es lo que conozco bien. Son grises, frágiles, se desintegran al tacto. No sobreviven, están condenadas al suelo en donde murieron. Solo ensucian a quien se atreve a tocarlas. Nadie las quiere. Son despreciables. Apenas algo más que la nada. Esa soy yo, una mujer llamada Marion Bourdeu.

Suena exagerado, pero es la verdad. Ahora solo son sombras en mis recuerdos, pero hubo un tiempo en que eran reales.

Todo comenzó ese mañana otoñal, cuando el gélido invierno solo afilaba sus garras. El sol apenas desteñía los desgastados tejados del pueblo, que aletargadamente intentaba desperezarse. Solo se oía el gorjeo de algún mirlo trasnochado. La suave brisa abofeteaba la copa de los árboles, moviéndolas insolentemente de un lado a otro, rítmicamente. El rústico paisaje se desplegaba como un coloso de papel, que impresiona pero no hiere.

Yo vivía, en aquél tiempo con mi madre y mi hermana gemela, Colette. La monotonía hundía nuestras esperanzas en ese suelo fértil para el cultivo pero no para el amor.

Un golpe estruendoso hizo presencia en nuestra puerta. Era contundente, persistente. Como yo era la madrugadora y ya había alimentado a las gallinas, atendido a los puercos, y me aprestaba, con mis diecisiete años, a preparar el desayuno, solo yo pude oírlos. Mi madre y mi hermana seguían durmiendo, siempre tuvieron un sueño pesado. Cautelosamente me aproxime a la puerta, observé por la ranura y vi a un joven ensangrentado que con desesperación seguía golpeando. ¿Qué hacer?

Sus penetrantes ojos azules y sus cejas, eso es lo que más me impresionó, estaban arqueadas, en suplica. ¿Oh Dios, qué hacer? Si era realmente un alemán, estaríamos condenados a muerte por ayudar al enemigo. Pero él no era mi enemigo, a pesar de su uniforme. Parecía ser un chico de mi edad o algo más. ¿Qué hacer? El pánico se apoderó de mí. Si lo dejaba entrar tal vez me asesinaría. Había oído que los alemanes eran despiadados con los pueblos ocupados. Pero nosotros todavía no éramos ocupados por ellos, por lo menos, no lo sentíamos así. Nunca vi a un militar en este pueblito. ¿Por qué estaba allí herido y suplicando? ¿Qué habría pasado? ¿Sería acaso un impostor, alguien que trataba de probarnos si ayudaríamos al enemigo?

Volví a observar y sus heridas eran reales. No cabían dudas, estaba muriendo. Tomé una decisión impensable, jalé la palanca de la puerta y lo dejé entrar.

Se desplomó en el suelo. Con gran esfuerzo lo llevé a mi cama. Tomé la caja de primeros auxilios  y comencé a curar sus heridas. Irreflexivamente lo hacía sin pensar en las consecuencias. Algo en mi interior me impulsaba. Tenía una  bala alojada cerca de su pierna izquierda. Con un cuchillo de cocina se la extraje; no sé cómo pude, y luego lo vendé. El chico me miró sorprendido y luego se hundió en un profundo sueño en mis brazos. Lo ayudé por caridad. ¡Mentira! ¿A quién engaño? Lo ayudé porqué me enamoré de él al verlo. Ahora, con los años, me parece ridículo. ¿Solo al ver a alguien se puede sentir amor? ¿No sería solo deseo? Algo sexual reprimido. ¡Contundentemente no! Era amor. Se los aseguro. No sé cómo describirlo precisamente, pero era eso. Amor. Podría morir por él, ahora y en ese momento, sin dudar.  ¿Estoy loca o tremendamente en lo cierto?

Primero vi sus ojos, en suplica. Luego vi su cuerpo, luego vi…no sé. No lo sé. No me pidan que lo diga, porque no lo sé. El amor es una pulsión tan profunda, tan magnificente, tan indescriptible, que nadie, se los aseguro, nadie, sabe lo que es. Quien diga que lo sabe, miente.  Nadie conoce la naturaleza del amor.

Tal vez al verlo tan desprotegido, tan vulnerable, y tan atractivo, pude pensar que era mi posesión.

¡No! No es eso. Quien ama puede desprenderse del ser amado si sabe que es lo mejor para él; y vaya que lo sabría en el futuro.

Mi madre y mi hermana, cuando se levantaron y vieron esto: no puedo describir los insultos que recibí. Luego, comprendieron el problema en que estábamos, al proteger a un alemán, y solo tuvieron que colaborar para que se recuperara y se fuera.

Los días pasaron. Al recuperar la conciencia comenzó a hablarnos. Era alemán pero hablaba perfectamente francés. Era un joven oficial muy culto, de la clase alta germana. Su familia era aristócrata. Su mayor ambición era ser poeta y se notaba que manejaba muy bien las palabras.

Nos comunicábamos sin dificultad. Nos dijo que se llamaba Alexander Hoffmann, y que había intentado desertar porque no creía en la causa nazi, en las atrocidades que cometían. Le dispararon y huyó. Anduvo sorprendentemente un par de kilómetros, con la herida en su pierna hasta que se desplomó en nuestro hogar.

Comenzó a tener largas charlas con mi hermana. Hasta que finalmente ella sintió lo mismo que yo. Amor por él.

¡Dios me perdone! Pero en ese momento la odié profundamente en silencio. Éramos gemelas y él no se fijaba en mí sino en ella. ¿Por qué? ¿Qué vio en Collet?

Felizmente nadie buscaba al desertor. Lentamente comenzó a ayudar en los quehaceres de la casa; no deseaba volver a su patria hasta que la guerra terminara. Siempre estaba junto a mi hermana Colette. Parecían el uno para el otro ¡Pero yo me enamoré primero, yo le salvé la vida, yo estaba allí y él no me veía! Entonces comprendí que mi destino eran las cenizas. Algo que queda en el suelo: solo un despojo.

Después de la guerra, se casaron. Tuvieron tres hijos que son mis sobrinos. Los veo y siento que podrían ser mis hijos. Con los años, mi resentimiento fue dando paso a la razón y la comprensión. Alexander tomó una decisión y la escogió a ella y no a mí. Nadie tiene la culpa. Como dije, el amor es impredecible. Además, jamás destruiría la felicidad de nadie, menos la de Colette.

Han pasado casi cincuenta años. Lamentablemente mi hermana falleció hace dos años. Alexander, todas las noches, con profunda tristeza, duerme con su retrato. La amó y la ama entrañablemente. Fueron y son, el uno para el otro.    

Como conclusión de mi historia, les puedo decir, con mi pelo blanquecino,  mis manos ajadas, mi piel arrugada, mi espalda encorvada, mis ojos amarillentos y mi andar titubeante, que aún lo amo profundamente en silencio.

Solo soy cenizas de un gran amor.

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