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DESTINO EN LA OSCURIDAD

La noche se despereza poderosamente con sus tentáculos de pulpo, atrapando toda existencia. Nada sobrevive a ese abrazo mortal. La hemorragia de la oscuridad fluye sobre las calles de la ciudad. Los seres que transitan por esas callejuelas son solo sombras de una humanidad perdida; el placer inmediato es su destino.

Richard, una simple criatura, enciende un cigarrillo e ilumina su rostro, apenas pasados los veinte años pero con una amargura en su corazón que sobrepasa toda comprensión.

Con paso firme, continúa; las luces de la noche lo apabullan, pero las ignora. Es solo un ser que busca amor, aunque sea comprado. La soledad lo tortura.

No ser amado, no ser tenido en cuenta para nada, es el infierno. La nada. El cigarrillo se consume como su alma: lo arroja como algo que no tiene importancia.

Nunca pudo ser correspondido, tal vez por su timidez, por su rostro no agraciado, o por su falta de educación. Algo en él lidiaba con su ser.

La noche sigue hundiéndose en la desesperanza, en la nada. Pero, sin embargo, Richard encuentra un lugar, algo extraño pero atractivo. Todo invita al sexo, a la depravación, al ocaso. La música romántica envuelve el lugar. El bullicio campea el lugar, murmullos de seres que tratan de conquistar el sexo, solo por unos instantes, nada perdurable, pero eso es lo máximo a lo que pueden aspirar.

Cuerpos esbeltos, bellos, hombres y mujeres sumidos en tratar de lograr algo de placer en un mundo de desolación. Richard observa impertinentemente a una joven, con rubios cabellos que se desplazan sobre su suave cuerpo. Sus ojos azules como el mar están tan muertos como el ocaso. No tienen brillo, solo resignación.

De repente, todo a su alrededor se convierte en espectros, en cosas inanimadas, sin vida real. Desechos, horripilantes objetos sin importancia. Solo ella ilumina su ser, su existencia, algo que crece en la hostilidad del desierto. Una suave brisa en el sofocante desierto. Eso sintió Richard.

Instintivamente, como si algo lo impulsara a ese destino, con paso firme y decidido, la confronta.

-¿Cómo te llamas? -dijo sin preludio ni gestos.

-Me llamo Elizabeth.

Esas palabras sonaron como música en sus oídos. El más maravilloso nombre jamás pronunciado, al menos para él.

Se sumergieron en una activa comunicación. Ella le contó sobre su vida: la infancia cargada de abusos, la falta de horizonte en su vida, su proxeneta que la amenazaba a diario si no cumplía con la cuota diaria. Richard escuchó todo eso con atención. Claro, no era nuevo para él, lo conocía sobremanera. Él habría sufrido lo mismo, la desidia, el abuso, los innumerables orfanatorios, los castigos por aceptar la falta de piedad. ¡Claro que conocía todo lo que relataba Elizabeth!

El tiempo apremiaba, si Richard no concretaba algo o no le daba algunos dólares, la noche sería una catástrofe para Elizabeth.

La luna tiñe suavemente con una luz tenue a los seres que se atreven a transitar la oscuridad que el astro no puede dominar. Su brillo no alcanza a iluminar a las almas condenadas. El destino es eso, solo el destino.

Richard, bruscamente, toma el brazo de Elizabeth, casi al punto de lastimarla, sin intención. La conduce hacia el exterior de ese lugar de muerte. Da diez mil dólares al guardia de la entrada, parte de los ahorros de una vida.

Elizabeth cae y se lastima un tobillo. Richard la toma de los brazos y la conduce al muelle. Allí hay una precaria embarcación. La sube con sus cansados y agotados brazos. Casi desmaya. Con un hilo de voz le dice:

-Te daré tu libertad. No quiero nada a cambio. Tus ojos azules como el mar me han perdido y al mismo tiempo me he encontrado. No lo entenderías.

Elizabeth lo observa con cautela. El motor de la embarcación ya está en marcha, nada podría detenerlos, salvo ellos mismos.

-Nadie ha hecho esto por mí. ¿Qué pretendes de mí? ¿Que sea tu esclava, cambiar un amo por otro?

Richard, que estaba acostumbrado al rechazo, no se molestó en lo más mínimo.

-Eres libre. Y te lo demostraré.

Al llegar al nuevo puerto, la embarcación atracó. Richard toma su mano y la conduce hacia tierra firme y de su bolsillo le da un sobre.

-¿Qué es esto? -pregunta Elizabeth.

-Son diez mil dólares. Es el pasaporte para tu libertad.

Elizabeth lo observa, es un joven como ella, sus ojos casi suplicantes, con sus brazos vencidos, su alma entregada, ha dado todo sin esperar nada. La inquieta. Algo oculto y macabro debe suceder. Está expectante. A la defensiva.

Richard enciende el motor de la embarcación y se apresta a irse por donde vino.

Elizabeth no puede más.

-¿Por qué has hecho esto?

Richard la mira con profunda compasión y amor, casi no puede articular palabra.

-Aunque no lo creas, te amé desde que te conocí. Es una estupidez, nadie se enamora de una desconocida, pero yo te conozco, sé de tu sufrimiento porque es el mío, sé de tu desolación porque es la mía.

Elizabeth duda, pero tiene que tomar una decisión. 

Dos almas, en la profundidad de la noche, de la oscuridad, de la falta de esperanza, encontraron algo, algo que los puede llevar a seguir viviendo, a encontrar un futuro. No es garantía de felicidad, solo esperanza de algo mejor.

-Lo puedo intentar. Dime a donde debo seguirte –responde Elizabeht.

 

 

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Evgeny Zhukov Me gustó mucho, Daniel. ¡Felicitaciones!

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