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ESTRELLAS QUE SE ENCIENDEN EN LA NOCHE

Todo se aletarga, la prisa es vencida por la paciencia, la inmediatez por la eternidad, todo es más lento. La noche no se apresura, solo llega y con ella su manto, a veces de piedad y otras de desolación. Es la misma oscuridad pero no ilumina a todos por igual, aunque parezca una contradicción.

Su luz especial, no es visible a los ojos, solo penetra en el alma. Las estrellas, como fríos astros, llenan el firmamento de luz, de vida, cuando ellas mismas son la muerte del universo. Un espejismo que tratan de vivir en los ojos secos de los humanos que aspiran a verlas. Es un universo muerto hace millones de años, pero nosotros recién lo vemos ahora, por la pereza de la luz que tarda tanto tiempo en llegar a la tierra.

―¿Me amas Richard?

La suave voz de Elizabeth se desliza  sobre el cuerpo de su amado, en esa noche calida de verano, en las playas del Caribe.

―Claro que sí.

Dos cuerpos, dos seres, tendidos en las suaves arenas de la felicidad, unen su amor con un beso apasionado. Nada puede destruir ese amor, ni siquiera las estrellas que iluminan tenuemente sus almas, sus vidas, sus destinos.

 El viento de la costa trata de insultar sus rostros, llenos de felicidad y dicha, pero no logra  hacerlo, solo los alivia de la austera temperatura. La luna solo trata de hacerse paso entre esos faroles iluminados para decir que ella existe y es parte de ese momento.

―¿Estarás allí cuando muera?

Esa pregunta rompe todo idilio, todo destino. Es verdad, Elizabeth tiene una enfermedad terminal, Richard lo sabe, por eso la trajo a esa playa, en donde se conocieron, solo para revivir ese momento efímero en un contexto de eternidad.

―Por qué dices eso mi amor. Tú no morirás. Solo vive este momento y sabrás que todo es para siempre.

Las miradas de los amantes se funden en la incertidumbre, ambos desean que esa noche no muera nunca. Que esas estrellas que se han encendido para ellos perdure. La oscuridad es la luz. Las sombras es la vida. Tratan de que los instantes sean eternos, se petrifiquen, claro está que eso no es posible.

Lentamente la noche perece, la brisa del océano sigue insistiendo en su afán de existir, pero es en vano. Los tenues rayos matutinos luchan por su espacio vital.

Dos amantes, fuertemente abrazados, no se resignan a que todo acabe. Las caricias se comparten, los besos también.

Un suave pero insolente rayo de sol pega fuertemente a un lado de la playa, anunciando el amanecer y con ello un nuevo día.

El abrazo se hace más fuerte y con ello su amor. Elizabeth apenas puede ver y Richard, por las lágrimas, tampoco.

Una nebulosa se presenta ante ellos, y luego la luz de un nuevo día, con el sol con todo su esplendor.

Richard levanta entre sus brazos a Elizabeth, ya sin latidos. Camina lentamente hacia el sur, arrastrando sus pasos, solo viendo a su amada.

El brillante sol que para algunos es la renovación de la vida para otros es la muerte. Luz y oscuridad: nadie sabe que nos depara el destino, solo se puede esperar que la luz de las estrellas se enciendan una vez más.    

 

 

 

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