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El pálido resplandor de la luna penetra por la ventana e ilumina el escultural cuerpo de Evans que yace desnudo junto a mí, en la cama. La cabellera negra y lacia le cubre parte del rostro de perfectas facciones apolíneas.

Acaricio suavemente su abdomen y es fuerte. Lo observo dormir  y siento que soy una mujer otra vez.  El sexo que acabamos de tener fue maravilloso. Me hizo sentir cosas que había olvidado hacía años. Por breves instantes él me ha poseído y yo lo he poseído. Unidos, nuestros cuerpos se fundieron en uno.

Me levanto de su lado, cubro mi cuerpo con una sábana y me acerco a una mesita de noche para buscar mis cigarrillos. Enciendo uno y con cautela me siento en una silla a un lado de la ventana. Subo mis dos piernas y las envuelvo con un  brazo. Con el otro, continúo fumando. El humo, al desplazarse hacia arriba, contrasta con la luz de la luna y refleja sobre la pared extrañas figuras como sombras chinas. Eso no me distrae. Continúo mirando a Evans dormir. Gira su rostro lentamente y sigue en su profundo sueño. ¿Qué imágenes tendrá? ¿Serán las mías? ¿Será mi cuerpo? Eso seguro que no.

Tal vez, mis ojos. Cuando era niña mi madre me dijo que eran muy raros: Violetas azulados. Muy pocas personas en el mundo lo tienen. Eso me hizo sentir muy especial. Todos los seres humanos necesitamos tener algo especial, algo que nadie más lo tenga: una sonrisa, una mirada. A veces, tan solo un sentimiento que es tan profundo, tan único, que nadie más lo pueda poseer. Eso creo que siento por Evans. Hoy moriría de amor por él y no me importaría.

La oscuridad de la noche desgrana mi corazón y yo sigo en mi silla, inmóvil, solo contemplándolo. Su rostro sereno me da serenidad.

¿Por qué las mujeres debemos ser tan vulnerables en estos momentos? Me siento desnuda, no solo literalmente sino en mi alma. Estoy a su merced.

¿Por qué el amor verdadero es tan esquivo conmigo?. ¿Acaso soy tan despreciable para merecerlo? Que mi cuerpo me haya abandonado no significa que mi alma lo haya hecho. Puedo amar con tanta pasión que la propia Venus me envidiaría. El amor no ha muerto en mi corazón. Late con tanta fuerza que no puedo respirar.

¡Quiero amar y ser amada!. Sé que no es posible. El dinero, la fama, todo se ha postrado ante mis pies, pero el amor, no. Debe ser mi destino.

La noche va muriendo para dar paso a un nuevo amanecer. Los rayos penetran con virilidad los débiles cristales de mi ventana. Yo sigo en mi silla observando a Evans. Comienza a desperezarse. Se refriega sus ojos y me dice:

― ¿ Qué haces Agustine ?. ¿ No has dormido ?

Mis ojos siguen fijos en su cuerpo. Instintivamente le respondo:

― Si querido, solo que el sol me despertó antes. ¿Quieres que prepare el desayuno?

― Si, por favor Agustine.

Me levanto lentamente de la silla y me dirijo a cumplir mi promesa, cuando Evans me pregunta:

― ¿ No te habrás olvidado de hablarle al director sobre mi papel en la película ?.

De pronto recordé porque estaba en mi habitación. Era su pago por mi favor. La realidad volvió a golpearme el rostro.  

― No lo he olvidado ― le respondí.

Luego agrega un comentario que me hace estremecer:

― Sabes Agustine, por ser una mujer mayor eres maravillosa. Me has hecho sentir más que cualquier chiquilla de veinte años.  ¡Te lo juro!.

Se incorpora de la cama y queda sentado con el torso descubierto. Me mira con una sonrisa seductora y seguramente espera  respuesta. No la tendrá. Me duelen muchísimo esas palabras, pero debo reconocerlo, son realistas.    

Es todo a lo que puedo aspirar. Un joven que me hace el amor y yo muero por él sin que eso valga nada. El tiempo destruye todo a su paso. El tiempo destruyó mi cuerpo y solo puedo tener esto, efímeros destellos de un gran amor.

 

No me juzguen mal. Es mi vida, yo elegí este camino y no pretendo ser ejemplo de nada. Lo que relato es solo una historia, como tantas: no es buena ni mala, solo es una historia.    

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