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Desde hace ya muchos años convivo con un vecino a quien vine a conocer recién en los remotos años de mi avanzada adolescencia y al que hoy, me cuesta dejar de verle. Ayer, como todos los días, invierno ó verano, fui a visitarle para testimoniarle mi afecto y agradecimiento por todo lo que calladamente me brinda. Es claro, no siempre mi vecino tiene la misma cara, es propio de su temperamento el cambio, como que está en su naturaleza. Camaleónico, me recibió de un gris plomo, amenazante, cual ceño fruncido coronado de blanca espuma, como rumiando una sorda rabia presta a explotar, majestuoso en su furia, extendiendo su imponente presencia en toda su portentosa magnificencia.

El cielo mudo y quieto parece presentirlo y él también torna en hosco semblante. Ese eterno compañero de mi vecino parece mimetizarse con él, viviendo sus permanentes cambios de humor, ora deslumbrantes ambos, ora adustos los dos. Como ya les conozco, cumplí con mi visita y me despedí hasta una mejor oportunidad.

Hoy nuevamente me aboqué al cumplimiento del insustituible ritual que me une a mi cambiante vecino. Y claro, tal como lo hace habitualmente, me recibió con la más restallante sonrisa, propia del añorado y deseado verano. Allí estaba una vez más, manso y plácido en su romance con el recién levantado sol, ya despejado del sueño nocturno y dispuesto a regalarnos otro magnífico espectáculo de colorido y calor.  Al igual que aquél, el cielo se había puesto a su tono vistiendo sus mejores galas, de un azul celeste intenso veteado de cambiantes manchas blancas en constante transfiguración.

Estaba allí sentado, disfrutando yo mismo de la caricia de la brisa suave, fría, vivificante, cuando noté una presencia que no me era extraña. Como día a día en mi visita al mar, como si no tuvieran otro propósito que el desconcierto, indiferentes a todo aquello que no sea el milagro de la vida, ufanas en sus níveos vestidos de un blanco inmaculado. Tan igualmente bellas como cualesquiera otras de su especie, éstas tres blanquísimas palomas, habituadas ya a mi consuetudinaria presencia se tornan en únicas, empeñadas en repollar su plumaje en respuesta al frío vientosur que, parece presentirlo, debía ser dueño y señor de esa porción de espacio y tiempo. Inhóspito vientosur que sirviéndose de las espesas nubes que le acompañan mostrando su amenazador semblante en el horizonte, parecen decirle al magnífico sol que porfiaba en acompañarnos con su mejor rostro: no lo intentes! , hoy he de reinar yo y mis nubes. En  tanto mis tres blancas amigas, atentas a mi mano extendida con las migas cómplices de nuestra amistad, insisten en ser magnífico testimonio de vida esperanzada.

Al volver, junto a mi espíritu agradecido y alivianado de nubes e inciertas interrogantes, corre delante de mí hacia el disfrute de un día más, dejando detrás a mi vecino el mar hasta el próximo encuentro fugaz.

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