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Gracias a las redes de comunicación masiva (lo digo porque en enero, en un paseo, en un pueblo de pescadores estábamos hablando de redes y uno de los hombres dedicados a ese oficio nos preguntó qué clase de peces se podían pescar con esas redes de las que hablábamos), volviendo al tema, en los últimos años he rescatado amistades de la infancia, compañeros de trabajo, exalumnos y otras personas de mi pasado.

Con la mayoría de esas personas hemos compartido conversaciones amenas, entretenidas, divertidas recordando anécdotas de ese pasado vivido en compañía. Algunas recuerdan los momentos más alegres, otras los ratos tristes para olvidar y algunas, no muchas, recuerdan hechos que jamás ocurrieron.

Durante la juventud la mayoría, creo yo, tuvimos etapas de rebeldía, de locura, de indisciplina y casi siempre esos actos son los que más se recuerdan con más claridad, hasta los mínimos detalles y aparecen las risas y las carcajadas jajajajajajaj… y los que fuimos más jodidos y pícaros tenemos excelente memoria para esas añoranzas; claro que en determinados momentos, ante nuestros padres, nos daba una amnesia tremenda, ahora también, depende la circunstancia, sólo recordamos lo que nos conviene.

En toda esa cantidad de personas y de recuerdos, aparecieron seres que compartieron el espacio físico llamado barrio o pueblo, pero tenían padres rígidos que no les permitían salir a la calle sin permiso, y con tiempo limitado; estos amigos o compañeros resultan comentando hechos de los que nunca participaron, anécdotas de otros que asumen como propias y ante ellos decido callar; yo, que fui de los desordenados, tengo memoria fotográfica para los acontecimientos que marcaron parte de mi infancia y toda mi juventud  los escucho y no me atrevo a desmentirlos.

Por lo general los abuelos inventan historias para entretener a los nietos, hazañas victoriosas de guerras que no existieron, peleas contra maleantes imaginarios o enfrentamientos con animales poderosos que vencieron con astucia o con la fuerza de sus brazos; que le echen ese cuento a los nietos y a los pendejos que no los conocen. A mí me da mal genio escuchar a mis compañeros de infancia y juventud entrometerse en aventuras en las que no participaron. Pero me divierto demasiado escuchando a mis compinches de hazañas reales. Varias las he contado en diferentes sitios de las redes; con nombre supuesto, claro está. Hoy estoy dando un paseo por mi lejana infancia y juventud, ayudado por esos amigotes que si fueron parte activa de travesuras y picardías.

Edgar Tarazona Angel

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