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Desde que su esposa empezó a tener problemas cardiovasculares el amante esposo buscó soluciones por todos los medios; acudió a los especialistas, la llevó a clínicas especializadas, compró los medicamentos y recurrió también a la medicina alternativa y natural. Pero nada, la señora empeoraba y la tensión arterial cada vez se subía más y los dolores en el pecho se presentaban con mayor frecuencia.

Su mujer no se quejaba, lloraba en silencio y aceptaba con resignación sus padecimientos, sólo esperaba un paro cardiaco fulminante para el eterno descanso.

Su esposo escuchó por ahí en alguna parte el refrán que dice: “ojos que no ven, corazón que no siente”, y lo tomó al pie de la letra. Pensó que esa podía ser la solución a la tortura permanente de su querida consorte y en un momento de inspiración le sacó los ojos.

Edgar Tarazona Angel

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