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MI CUMPLEAÑOS Nro. CINCUENTA

I

La vida ya me tiene acostumbrado a tareas extrañas, ella es exigente y siempre me impone retos que muchas, muchas veces se me hacen tan imposibles que para poderlos afrontar me toca acudir a ciertos valores que, usualmente, no se suelen ejercer de manera consciente; aunque, así sea en forma inconsciente, siempre están a nuestro alcance por más que permanezcan dormiditos.  Pero por más que yo trate de conocerla, o al menos entenderla, la maliciosa vida me da vueltas para llevarme, con mañas y trampas, al sitio exacto en el momento preciso en donde no me queda otro camino que reconocerle su perfección, con humildad y agradecimiento porque cada uno de sus retos alimenta mi escasa voluntad.   

Me encuentro pasando por una etapa muy difícil, estoy enfrentando una muy cruel crisis económica durante la cual no genero ingresos; solo tengo deudas por todas partes; hasta los servicios públicos están a punto de suspendérmelos.  Todo esto me pasa al tiempo que voy sumando años al calendario personal, lo que me resta posibilidades laborales, sociales, productivas, personales y, en consecuencia, me hace sentir cada vez más inseguro y temeroso frente a la inminente vejez.  Toda esta perorata mental me ocasiona estrés, ansiedad y depresión que en nada contribuyen a mejorar mi situación, todo lo contrario, tienden a empeorarla.

Y es que la vida es de ida y vuelta.  De ida vamos regando las semillas, por lo general sin saberlo, de los frutos que vamos recogiendo en cada paso del camino de regreso.  Ya para entonces, de nada sirven quejas y lamentos porque durante el sendero de vuelta no se pueden disolver los pasos porque ya el camino está construido. 

Pensar en mi difícil situación económica me lleva a criticarme de manera cruel, lo ligero que soy con mis finanzas a futuro (las que padezco en el presente).  Ahora solo me queda observar las consecuencias de no hacer hecho las provisiones necesarias que me permitan sobrevivir mis últimos años en forma tranquila.  ¡ya para qué!  Ya me encuentro enfrentando un presente lleno de reproches por el pasado y sin esperanzas para el futuro.  Más bien, mientras recorro el camino de regreso me doy cuenta que estoy viviendo un presente preñado del pasado, con inminente urgencia por abortar el futuro. 

Y así, inmerso en la depresión y la angustia fruto de mi fatídica situación financiera, comienza el día de mi cumpleaños número cincuenta… pero como tengo claro que la pobreza y la vejez son dos cosas que jamás celebraré en mi vida, decido aislarme, desconectarme de todo mi entorno familiar y social, aunque sea solo por este día, de tal manera que muy temprano en la mañana asumo un camino sin rumbo y sin meta… Claro está que lo de entorno familiar y social es un simple eufemismo, puesto que mi núcleo familiar así como mi círculo social se reducen a una sola persona… a mí mismo. Mi círculo familiar y social se reducen a mí mismo… no porque yo sea un tipo antipático o mala persona, no.  Todo lo contrario, soy un hombre tan noble que, por no entrar en el chismorreo de la vida social, prefiero aislarme.  Igual me pasa en mi entorno familiar, por evadir disgustos y evitarme contrariedades y controversias, opto por repetir el mismo error toda mi vida: hacerme a un lado, no participar de los encuentros familiares.  El fruto de esta semilla es un círculo social y familiar reducido a mí mismo. 

Efectivamente, luego de una noche muy serena, superada en el marco de un tranquilo y reparador sueño, despierto cumpliendo cincuenta años de vida; a eso de las cuatro de la mañana, me despierta el mismo coro de pajaritos que viene haciéndolo desde hace algún tiempo; me levanto para ir al baño y regreso a mi cama a hacer un poco de oración.  Aunque muy consciente de mi crítica situación financiera, social y personal, también tengo muchas cosas por las cuales dar gracias a Dios, a la vida, al universo… a mí mismo.  Después de algunos minutos, arreglo mi cuarto y salgo para darme un baño y arreglarme para salir; hoy no quiero estar en mi casa, ni parientes, ni amigos, ni vecinos…  preparo algo para desayunar y también empaco un emparedado y una cantimplora con agua que guardo en mi mochila, me la echo a la espalda y a las cinco y quince de la mañana aproximadamente, salgo de mi casa, hacia dónde? no sé; sólo sé que siento una infinita ansiedad por encontrarme con esa pareja de amigos que siempre me acompañan, sin que me dé cuenta; pero que recién valoro la tranquilidad y sosiego que me aportan en medio de mi desolación y mi desesperanza, sin exigir mayor recompensa que la esperanza que albergan por mi gratitud… ¿hasta cuándo? ni idea, quizás hasta cuando mis dos amigos me soporten o hasta que yo los aguante a ellos porque, aunque nos aceptamos y nos comprendemos mutuamente, también es cierto que todos los excesos, por más buenos que sean, terminan por aburrirnos o cansarnos; es decir, que, al final, resultan ser malos. 

Ya el sol se asoma por detrás de la montaña y calienta con rigor y sin pudor el húmedo sereno mañanero.   Hay mucha gente en las calles.  Observar el ir y venir de tantas personas que se dirigen a cumplir su jornada laboral me produce una nostalgia muy familiar, aunque contradictoria, puesto que para muchos esa disciplina rutinaria que puede ser cansona y hasta motivo de quejas, para mí es el sueño cotidiano… mi esperanza eterna.  En sí, es un reclamo a Dios y a la vida porque yo nunca puedo gozar de este privilegio y, por qué no, una dura crítica contra mí mismo por sobreponer mis complejos por encima de mi voluntad; por acorralar mis talentos en el centro de dudas y temores que se imponen y los aplastan.  Y así en medio de confusiones y frustraciones sobre mi vida profesional, laboral y productiva, de repente avisto una enorme cantidad de niños y adolescentes que se dirigen al colegio… y de nuevo el mismo infortunio, pero con distinta motivación…  por qué no tengo hijos?  ¿por qué no tengo la oportunidad de levantar una familia?, y otra vez la misma voz interior, que no sé si es mía o ajena, me responde sin piedad ni misericordia: “por falta de valor y coraje…”.   Valor y coraje que me sobran para negarme a apropiarme de mi vida en vez de entregarme a las dificultades.

Y así, en medio de reclamos y autocríticas, sin darme cuenta en qué momento, de manera imprevista el paisaje me cambia… me veo frente a un sendero muy, muy largo… un camino despoblado, despejado y bellamente arborizado a ambos lados; ¡ah!... sin pensarlo mucho, me aventuro a seguirlo, aunque se me hace totalmente desconocido y no tengo la menor idea a dónde me conduce; lo único que tengo en cuenta es que me ofrece el escape que tanto necesito, así sea tan solo por el día de hoy.  Casi de inmediato percibo la presencia de mis dos inseparables amigos, que me aceptan sin reparos a pesar de mis innumerables fracasos y frustraciones.  Al concientizarme de su presencia, agradezco la certeza de que la suya es mi única compañía hoy, el día de mi cumpleaños número cincuenta. 

Ya el astro rey, asoma plenamente por encima de la montaña, iluminando el recorrido y despejando todo el horizonte.  De vez en cuando pasan algunos carros en ambos sentidos, no sé ni de dónde vienen y mucho menos hacia dónde se dirigen; mientras voy embelesado con el panorama, también pasan algunos hombres en bicicleta, trabajadores y labriegos de las fincas y parcelas de alrededor que van a cumplir su jornada laboral.  Y así, perdido en este refugio y absorbido por la inexistencia, observo el transcurrir del camino, sin tiempo y sin espacio; inmerso en una incertidumbre que me niega cualquier esperanza, una incertidumbre que absorbe toda mi confianza.  Y así, en la fantasiosa compañía de esta querida pareja transcurre este maravilloso día, sin altibajos ni sobresaltos, aunque con un presente inundado de pasado que aniquila las esperanzas del incierto futuro. 

Según la posición casi transversal del sol, calculo que deben ser más o menos las cuatro de la tarde, de pronto siento todo el peso del mundo sobre mis espaldas, “estoy muy cansado”, pienso al tiempo que me detengo bajo la sombra de un frondoso árbol, busco en mi mochila el tarro con agua para calmar la espantosa sed que ya me carboniza…  luego de beber, vuelvo a guardar la cantimplora en el morral y miro a mi alrededor, de verdad estoy muy cansado, creo que es una exageración mi caminata de hoy; siento sueño… entonces busco un lugar en medio de este espectacular bosque tan indescriptiblemente verde, para reposar un rato. En este momento no soy consciente de la presencia de mis dos grandes amigos, ni recuerdo su tenue cofradía, por ahora los ignoro. 

En efecto, a unos cinco o seis pasos encuentro el lugar perfecto para recostarme a recuperar mi debilitado cuerpo y descansar de las pesadas emociones.  Me bajo la mochila que llevo a mis espaldas y de allí saco el pote de agua, escurro hasta la última gota que le queda y la guardo otra vez en mi fardel; me recuesto en una pequeñísima loma que hay al amparo de un tupido y espeso árbol, tan espeso y tupido que no permite la entrada de los rayos del sol que ya se alejan; recuerdo que llevo un emparedado en mi mochila y lo saco para comerlo de manera muy lenta.  Estoy demasiado fatigado, y caigo sobre el verde y refrescante césped, prácticamente dormido. 

Inconsciente del tiempo transcurrido, ignoro que ya ha pasado toda la noche cuando me despierta una muy bien coordinada sinfonía de trinar de pájaros que celebran el nuevo día agradeciendo a la creación la merecida riqueza de la vida.  Luego de un rato de imaginarme la motivación de los pájaros para canturrear, decido seguir su ejemplo y me siento en este desconocido y placentero lecho, que hoy me acoge humilde y silencioso pero generoso y alegre por compartir lo que tiene y lo que es, a meditar reconociendo y gratificando por tantos dones y talentos que tantas, tantas veces se me ocultan detrás de mí inocultable condición material.    Toda clase de dones y talentos que se camuflan detrás de mi escasa voluntad para desarrollarlos.  Y es que este nuevo día parece llegar preñado de enseñanza y aprendizaje para fortalecer la voluntad, no con soberbia y sí con humildad y agradecimiento por una nueva oportunidad de vida.

Me levanto, tomo mi mochila, la contemplo con angustia puesto que no me brinda alguna esperanza, pues ya sé que está horrorosamente vacía, aunque yo tenga mucha hambre y mucha sed parece no importarle, y me la echo a la espalda; le doy un último repaso con todos mis sentidos a este fantástico paraje que me hospeda tan rica y humildemente, con la inocente decisión de llevarlo en mi memoria por todo lo que me queda de vida, y salgo antes de que lo haga el sol, que ya empieza a asomar sus primeros rayos, a buscar de nuevo el camino de retorno a casa. Aunque parezca increíble, paso un cumpleaños muy feliz con el sutil acompañamiento del séquito de mis dos amigos; son lo único que tengo seguro porque nunca me fallan y siempre están presentes al tiempo que me permiten ser mientras ellos aceptan mi ser.  Ahora me dispongo a iniciar el retorno a casa.

Después de mucho caminar sin hacer algún camino y totalmente abandonado por la esperanza, mi consciencia se cuestiona sobre la edad de este amargo día que apenas comienza, aunque yo ya esté muy cansado.  Miro hacia arriba para ver la ubicación del sol y orientarme un poco respecto a la hora.  Deben ser alrededor de las diez de la mañana porque el sol ya está muy alto y lejos de la montaña, ya está en todo su esplendor y su resplandor enceguece; siento mucha hambre y mucha sed; me detengo un momento, me hallo perdido y miro al cielo queriendo encontrar la esperanza extraviada a lo largo de este día; luego vuelvo a mi realidad procurando divisar algo que me pueda saciar esta necesidad de alimento y bebida que me consume.  En este instante me percato de la presencia de mis dos amigos… los miro y les digo:

·         Par de inútiles, sólo me hacen daño todo el tiempo- no reaccionan porque ambos son sordo mudos.  Tal vez por eso continúan a mi lado sin percibir mi malestar hacia ellos, por su presencia.

A punto de desesperarme, alcanzo a visualizar una cascada de agua extraordinariamente limpia y luminosa que se encuentra a unos dos o tres pasos de donde estoy… es increíble que apenas la vea en este instante; dos o tres pasos que me salto de un solo brinco para pegarme al bendito chorro natural que se me ofrece sin límites ni condiciones, humillándome con su generosidad, haciéndome sentir amo y señor del universo, pletórico…  en este instante nada ni a nadie necesito, este momento no lo cambio ni por todo el oro del mundo y por el cual sí estoy dispuesto a darlo todo.  Agradeciendo a la naturaleza por este invaluable auxilio que me brinda, me siento a descansar un poco; de repente percibo una leve y refrescante brisa; cierro los ojos para disfrutarla mejor; sin poder olvidar el hambre que me devasta, pero inmerso en una saciedad indescriptible alcanzo a percibir en el suave viento un exquisito y provocativo olor a mango…  no sé si me saca de esta plenitud el hambre o la penuria por llegar pronto a casa, el hecho es que me paro de un solo tirón dispuesto a llegar al origen del exquisito aroma. 

En efecto, me propongo llegar hasta el árbol de mango que me brinda esperanza con su exquisita fragancia, conducido por el olfato, porque a simple vista no lo alcanzo a observar.  Ya casi es el medio día y aún no encuentro, aunque sean mangos para comer; camino mucho persiguiendo el generoso aroma, pero sin alejarme del torrente de la cristalina agua, porque la voy a necesitar y en la cantimplora no me cabe la suficiente para llevar, de tal manera que cuando siento que me estoy alejando de ella me devuelvo; por eso es que no avanzo y en estas ya se me va haciendo tarde.  Calculo que deben ser las cuatro de la tarde cuando me tengo que devolver de nuevo para no perder el rastro de la catarata; el hambre y la desesperanza parecen hacer una gavilla criminal en contra mía; ahora la rabia y la impotencia parecen no saciarse con mi angustia mientras contemplo dentro de mí a mis dos amigos, inertes… inútiles; en este momento los odio y los rechazo tanto como otras tantas veces los amo y añoro.  Y, en ese preciso instante y como si se tratara de una aparición Divina, descubro un bosquecillo de unos seis árboles muy cargados de mangos, justo detrás de la cascada donde yo estoy desde hace mucho rato… solo tengo que dar unos pocos pasos para llegar hasta él…  como muchos mangos, sin recordar siquiera que nunca en la vida he gustado de esta fantástica fruta que ahora se me entrega augusta y magnánima, sin rencores ni resentimientos; sin pretender siquiera vengarse por mi desprecio de siempre.  Después de saciar de manera tan copiosa mi necesidad de alimento, me siento debajo del poblado árbol que ya me sirve de abrigo protegiéndome del incandescente sol, agradeciendo a la naturaleza por el impagable obsequio.  Ya con ansias y sin esperanzas de regresar a casa, me recuesto un rato en el imantado prado debajo del árbol de mangos, al lado de la cascada… ya comienza a caer la tarde, mi ánimo y mi aliento también ya quieren fenecer; mi voluntad escasea cada vez más.   Entre arrepentido y necesitado, añoro a mis dos amigos que de inmediato se hacen presente en mi consciencia para recordarme que, aunque ambos sordo mudos, son mi única y leal compañía; mis dos amigos están aquí recordándome que, a pesar de inútiles y dañinos, son la única esperanza que me deja mi enorme desesperanza. 

Sin embargo, el repentino sonido de unos pasos sobre el verde césped me pone sobre alerta y despiertan mi curiosidad por conocer a un posible compañero de infortunio, o tal vez con la ilusión de que sea mi Ángel de la guarda que viene en mi auxilio; ¿y… si se tratara de algún animal feroz?, pienso al tiempo que me levanto de un solo tirón, decidido y dispuesto a recibir a quien sea o lo que sea.  Sí, en esta circunstancia tan incierta lo único que tengo por cierto es que el miedo me obliga a ser valiente.  Porque cuando el mal acecha, procurarme el bien se transforma en el peor de los animales.  La defensa es permitida, reza el instinto de supervivencia.

En realidad, se trata de un escuálido hombre de unos cuarenta años de edad, de aspecto campesino; un hombre que brinda confianza e inspira respeto.  Al vernos, ambos sonreímos como una señal de agradecimiento con Dios, con la vida, con nosotros mismos por encontrarnos el uno al otro, justo en este paraje, en este instante y exactamente en las mismas circunstancias.  Esto es lo que yo pienso… pero no, no estamos en las mismas circunstancias, más bien es todo lo contrario, tal vez si es cierta la ilusión y este sí es mi Ángel de la guarda. Justo en este momento mis dos amigos sordo mudos me abandonan porque, en medio de su infinita humildad, comprenden que ya no me son útiles; y es que por ahora no necesito del silencio y la soledad.  De tal manera que me despido de estos, silencio y soledad, muy agradecido por su acompañamiento y apoyo. 

·         Qué tal amigo, ¿cómo vamos? -se dirige a mí el hombre con un tono amable y humilde-.

·         Bien compañero, gracias a Dios; ¿y a usted qué lo tiene por aquí? -le respondo de igual manera: en tono amable y respetuoso que también engloba la esperanza de tener con quien encontrar la salida de este laberinto-. 

·         Ay amigo, -dice el hombre al tiempo que se sienta al frente mío y recuesta su humanidad en el grueso tronco de un árbol de mangos- por aquí que voy a recoger unas herramientas de trabajo que tengo allá, al otro lado de aquella loma; -comenta mientras hace un gesto con su boca señalando la loma que está a mis espaldas-.  Yo vivo por allá, pasando el rio -y señala con su mano derecha el camino hacia donde se dirige-.  Y usted, qué hace por aquí, amigo; ¿vive por acá?...

·         No, no compañero, salgo con la intención de pasear un rato y ahora ando perdido, no encuentro el camino de retorno a casa.  Tal vez usted me pueda orientar para llegar a la carretera… usted que conoce la zona…  -comento esperanzado con despertar en este hombre algo de solidaridad; en estas circunstancias necesito un mínimo de apoyo-.

·         Claro que sí amigo, con mucho gusto yo mismo lo saco hasta la carretera; ¿pero mire, usted tiene alguna prisa, amigo?

Con la mirada clavada en la frustración y la desesperanza, con un pensamiento inundado por la oscuridad y el abandono que rellenan el vacío, respondo seco y cortante la punzante pregunta.

·         No, no tengo prisa alguna, compañero -mientras vienen a mi pensamiento aquellos enemigos que siempre me atacan en gavilla y con ferocidad despiadada, pretendiendo acorralarme… como ya es su costumbre-.

·         Pues, entonces camine amigo, vamos a comer algo y luego me acompaña a recoger las herramientas de trabajo para que me colabore; son algo pesadas -dijo al tiempo que ambos nos levantábamos del suelo-.

“Vamos a comer algo” es la poesía más divina y gloriosa que puedo escuchar en la vida; en ese momento me siento capaz de hacer cualquier cosa por “comer algo” y mi nuevo compañero lo percibe antes que adivinarlo… o al menos lo intuye de manera elegante o inteligente, no sé; pero sí muy piadosa y solidaria.

Iniciamos un recorrido desconocido para mí tanto en su punto de partida como en la meta fijada, mas no para este extraordinario compañero que con suma inteligencia y generosidad me describe en detalle cada uno de los pasajes de la zona, así como los personajes más representativos del lugar.  Yo mientras tanto, aprovecho la excepcional condición de magnífico conversador que caracteriza a este hombre para preguntar de todo y para hacerlo hablar de todo, siempre con la intención de evadir el tema personal, evitando con mucha cautela hablar sobre mi situación familiar; al fin y al cabo, yo no tengo mucho que contar al respecto.  Pero, como es obvio, soy consciente de que el asunto personal es un tema obligatorio y que más temprano que tarde tengo que despojarme de mis habituales vergüenzas y desnudar mis terribles sentimientos profesionales y familiares delante de este Ángel que la vida me atraviesa en el camino.  Aunque este hombre me inspira una inmaculada confianza, mis enemigos atacan de manera feroz, como están acostumbrados.

Llegamos a un lugar muy chiquito, bien limpio y ordenado; una bonita y acogedora estancia que los lugareños llaman “puesto de comida”.  Buscamos una mesa cerca a la salida y nos sentamos en los pequeños pero cómodos asientos a la espera de que alguien nos atienda.  Mientras llegan por nuestro pedido, yo estoy lidiando una cruel batalla interior entre la devoradora hambre que me consume la barriga y el orgullo que se resiste a humillarme ante el generoso ofrecimiento de calmar mi necesidad… mi urgencia, pues, aunque tengo mucha hambre no cargo un centavo en el bolsillo y así se lo hago saber a mi noble compañero, tratando de disimular la angustia que me apremia. 

·         Compañero, yo no quiero comer nada, solo quiero beber un poco de agua; pero tranquilo, pida usted que yo lo acompaño.  No se preocupe.

·         No, no amigo, no me venga con cuentos que usted ya lleva dos días sin comer; no señor, usted se va a comer una comida completa que yo después se lo descuento cuando le pague su trabajo de ayudarme con las herramientas.  Tranquilo amigo, coma.

Tal y como el razonamiento obliga y más agradecido que avergonzado, con mucho afán llamo a la mesera, de quien solo hasta ese momento me percato.  Si existe un lenguaje explicito, carente en su totalidad de palabras, un lenguaje emocional tan simple que se puede leer en la mirada, es la atracción física entre un hombre y una mujer. Cuando la mesera, una señora de unos cincuenta años de edad, se acerca muy amable a atendernos, nuestras miradas se gritan en silencio esa fascinación que no se puede describir con palabras, pero que sí se puede percibir con la experiencia;  y esto es tan evidente que es muy suficiente para que yo mismo, sin proponérmelo, ponga sobre la mesa el tema que, hasta ese momento, logro evadir por una macabra vergüenza en la que mis gavilleros enemigos insisten para que no la pueda desterrar de mi universo.  Pues mi ocasional compañero de viaje también sabe interpretar la mirada cruzada entre la dama y yo. 

Con la prudencia que representa a un buen Ser Humano, el hombre espera a que hagamos el pedido y una vez se retira la señora hacia la cocina a traer lo que solicitamos, mi acompañante, se apropia del asunto, sin misericordia, con inocente perversidad… inocente perversidad que yo percibo con una consciente amargura, pues en este instante arrecian con brutalidad mis maliciosos enemigos.

·         Bueno amigo, su familia debe estar muy preocupada por usted; ¿su mujer sabe de usted, ¿dónde se encuentra?, para que ella se tranquilice al menos.  -Su familia…? Con esta pregunta mis inmortales enemigos martillan mis sentidos con su habitual escarnio, aunque yo soy el único quien se percata de ello.  ¿Su mujer…? Ante esta pregunta la burla y el sarcasmo por parte de mis dos leales enemigos se hacen presente para humillar mis nostalgias-. 

Sin embargo, y aunque luchando contra la hostilidad de mis feroces enemigos, no me doy por aludido; con el fin de no tener que contestar a la normal pregunta, me doy vuelta para ver si ya viene el pedido; la estrategia me resulta según mis cálculos ya que el hombre parece salirse del tema de mi familia y apunta con cierta jocosidad:

·         Está atractiva la mesera, amigo; usted también le cae muy bien a ella, eso es muy notorio…  

Yo simplemente sonrío de manera tímida porque en ese momento llega la dama con nuestra comida.  No sé si esta comida está preparada según mis gustos y costumbres o si es que la señora mesera me gusta tanto, lo que sí sé es que esta es la comida más rica posible y la disfruto con gran placer.  Pero, sobre todo, debe ser que el paladar que tiene que lidiar con una barriga vacía pierde la facultad de distinguir sabores porque lo urgente es llenar la panza.

Terminamos de comer, nos quedamos un rato aquí sentados reposando alguito para continuar el camino y yo con la ilusión de que la mesera se desocupe un poco para abordarla y charlar un momento con ella; sin embargo, esto no es posible porque ya es el instante de reiniciar la caminata.  Nos levantamos, vamos a la caja y mi compañero paga la cuenta, pues yo no tengo un céntimo para aportar.  Salimos del lugar sin que se me dé la oportunidad de charlar con la mesera y despedirme de ella. 

Mientras nos dirigimos a recoger la caja de herramientas, mi inusitado compañero me hace conocer los parajes más representativos de este fantástico paisaje que a mí me tiene seriamente enamorado.  A pesar de mi arrobamiento absoluto en la belleza y perfección de esta naturaleza, en un instante pierdo la concentración para recordar a la señora del restaurante; instante que aprovechan mis reconocidos enemigos para ejercer su cabildeo infame, agazapados en una nube negra con la cual abrigan mi sendero todo el tiempo sin que yo los pueda evadir.   Sin embargo y a pesar del taladreo de mis torturadores, algo se apropia de mi atención sin pedirme permiso.… justo en ese momento, una extraña imagen me obliga a detenerme para preguntarle a mi compañero:

·         Amigo, ¿qué es eso que se ve allá, a lo lejos?, -pregunto señalándole la excepcional figura que parece dibujarse en el aire, mientras me voy acercando a esta fascinante imagen que me hala con fuerza cual si tuviese un imán-.

Yo no sé si el hombre me responde o no…  A medida que me acerco a esta imagen, el terremoto interior que estoy sufriendo es suficiente para hacerme temblar las piernas como resultado de la confusión entre miedo y curiosidad.  A pesar de la convulsión interna, la curiosidad vence al miedo y me arrastra para que yo pueda descubrir de qué se trata la subliminal imagen. En un principio, parece un lujoso palacio, construido en un rarísimo material que da una apariencia como de hielo, sin embargo, a medida que me acerco va tomando forma como de rejas… a punto de la alucinación ante la celestial imagen, de manera brusca regreso a la realidad al escuchar la voz de mi amigo, quien me sigue de cerca, aunque hasta ahora yo lo percibo.

·         Ese es el palacio de magnetita del Rey Dernier, -dice mi compañero estupefacto y casi preocupado al observar mi exagerado interés por este particular y asombroso lugar-.

·         ¿El palacio de magnetita de quién? -Pregunto extrañado-.

·         El palacio de magnetita del Rey Dernier… ese es su nombre; eso quiere decir pasado, en idioma francés - comenta con tono pausado. -

·         ¿Y eso qué es, compañero? Yo quiero conocer ese palacio; ¿será que uno puede entrar allá? ¿Cómo hago para entrar?  ¿Qué es magnetita? -pregunto porque jamás desconozco por completo ese material-.   ¿palacio de quééé?  -vuelvo a preguntar extrañado, pues tampoco reconozco esa palabra-, ¿eso qué es, compañero?

·         Palacio de magnetita; de magnetita -responde con seguridad-, la magnetita es la única piedra que actúa como un imán natural.  Aunque su magnetismo es débil, es lo suficientemente fuerte como para atraer grandes clavos.  Es lo que se lee por ahí, ya no recuerdo en dónde. Jajaja, ay amigo mío recuerde usted siempre que “la curiosidad mata al gato” -contesta mi compañero sin parar de burlarse de mi inocente osadía; pero, aunque no logra vencer mi miedo, las burlas de este hombre si alcanzan a menguar mi intención de descubrir el misterio que allí se me ofrece al tiempo que se me resiste; tan solo por el momento, porque con el pasar de las horas, me doy cuenta que mi curiosidad por este desconocido lugar tiene más vidas que un gato y conocer su historia y su leyenda se me está convirtiendo en una apremiante necesidad-.

·         ¿Compañero, -digo mientras me siento en una roca y le indico con mi mano derecha para que se siente en una piedra que está a todo el frente mío- cuénteme cuál es el motivo de su burla por mi deseo de entrar al palacio de magnetita del Rey Dernier? ¿Qué es lo que tiene de malo o de raro? ¿cuál es el misterio que encierra ese lugar? 

Mi increíble fascinación por este espectacular palacio de magnetita parece enceguecer mi razón a tal punto que me impide visualizar un mínimo inconveniente.  Esta imagen es propia de un palacio celestial, nada malo puede sucederme allí.

·         Mire amigo mío -dice mi compañero rascándose la cabeza al tiempo que se sienta al frente mío… yo no me burlo ni de usted ni de sus deseos, lo que me causa gracia, jamás burla, es su inocencia de querer entrar al castillo del Rey Dernier porque de ahí, amigo mío, nadie sale sano. 

·         ¿Por qué compañero?, dígame por qué, porque lo que yo veo es tan solo un hermoso alcázar que tiene un magnetismo muy poderoso, propio de un imán.  Mejor dicho, compañero, ese palacio tiene imán.

·         El Rey Dernier es un Ser muy peligroso, es un experto en manipular el cadáver de los sentimientos, sensaciones y emociones de sus súbditos; es un criminal que hasta lo cautiva a usted y le permite desafiarlo para luego asfixiarlo y obligarlo a que le rinda culto durante el resto de su vida.  Aunque yo a usted lo entiendo… usted no conoce esa historia.

·         No compañero, yo no conozco esa historia, pero usted si la conoce y me la puede contar; ¿quiere?... –es tan efusiva y vehemente mi súplica que consigue conmover a mi noble compañero-.

·         La leyenda dice que ahí, en ese hermoso palacio de magnetita vive el Rey Dernier en compañía de sus tres hijos… Le digo que dicen porque yo no tengo el más mínimo interés en ese palacio ni en esa familia, amigo.  Tienen muy mala fama, créame.   Cuentan que el Rey es un Ser muy viejo, que ya está cansado y necesita reposar, pero que no se puede retirar por el conflicto permanente entre sus tres hijos… Le repito amigo, es lo que dice la gente.  Para serle sincero ese es un ser a quien, estoy decidido y seguro, no pienso darle entrada en mi vida ni en mi familia.  Entre más lejos esté mucho mejor; mejor olvidarlo que tenerlo cerca. Dicen que el Rey Dernier es bastante crítico de sus tres hijos y que ninguno se gana la confianza del Rey como heredero al trono y que por esta razón el tirano Rey utiliza de manera cruel y despiadada los restos del sentir de sus vasallos para mantenerlos sometidos a él y así evitar pérdida de credibilidad por la poca esperanza que tiene en sus hijos. Como puede observar, apreciado amigo, ni siquiera los hijos del Rey Dernier pueden confiar en él.  Hasta con sus propios retoños es cruel y despiadado, calcule usted cómo será con los particulares.  Dicen que uno de los hijos es bobo y que los otros dos son ya demasiado avispados y pretenden manipular al Rey y al hijo bobo para hacerse al trono.  Es por todo eso que, al palacio de magnetita, nadie con sus cinco sentidos debe entrar.  Porque quien entra ahí nunca vuelve a salir, ese bello alcázar que usted admira, es un lugar muy adictivo.  Ese palacio es un laberinto de horror sin salida y sin retorno.  Yo lo llamó el círculo de la muerte y jamás lo desafío, amigo –dice frunciendo el entrecejo al tiempo que posa su mano izquierda sobre mi hombro derecho, en señal de fraternidad-. 

Esta historia me está gustando cada vez más, con lo cual se incrementa mi curiosidad por conocer de cerca cómo será la vida del Rey Dernier y su familia en aquel despampanante palacio; en cada palabra del relato que hace mi compañero yo encuentro una razón más para robustecer mi insaciable curiosidad, entonces cándidamente, digo:

·         Bueno compañero, yo hasta ahí no encuentro qué es lo malo o perverso que puede haber en mi intención de entrar a ese palacio… ¿o es que está prohibido por alguna norma o ley de manera explícita?

Siendo sincero, para este momento yo ya estoy decidido a enfrentarme a todo ese horror que mi compañero define como el círculo de la muerte.  Una leve sospecha sobre las aseveraciones de mi compañero cruza por mi mente: ¿cuál es el interés de este hombre en desanimarme, para que yo no entre al palacio de magnetita del Rey Dernier?   Pero mi buen compañero al parecer alcanza a leer mi pensamiento y al instante me contesta:

·         Amigo mío, esto lo prohíbe únicamente la ley de la lógica y la razón; recuerde usted que la leyenda dice: “ todo el que entra al palacio de magnetita del Rey Dernier y sus tres hijos, allá queda petrificado… momificado” y le es casi imposible salir de allí;  porque el Rey Dernier tiene un enorme poder seductor que nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste; nadie sabe por qué o qué es lo que pasa con todo el que se atreve a desafiar al Rey Dernier y a sus sucesores; le repito amigo, eso es lo que cuenta la leyenda, yo no sé si eso es una realidad o tan solo hace parte de la fantasía popular, pero yo al menos ese riesgo no lo asumo; en cuanto a mí respecta nunca voy a pretender auscultar o  desafiar al Rey Dernier o a sus beneficiarios porque me dan mucho miedo, así sea tan solo fama.   Yo sí prefiero desterrar al Rey Dernier de mi mente… y ¡vamos! amigo, que la vida es para adelante; ¡sigamos amigo! que la vida es a futuro -dice al tiempo que se levanta y me hace una seña para seguir el camino-. 

De repente se escucha un estruendoso ruido que parece venir del majestuoso castillo; algo así como si se rompiesen millones de cristales… mi compañero y yo nos miramos asombrados o mejor dicho, casi petrificados; en seguida se escuchan unos dolorosos gritos que también parecen venir del lujoso palacio de magnetita del Rey Dernier…  con toda sinceridad, no son necesarias las palabras, con la mirada nos gritamos: “huyamos” …

Muy rápido mi compañero y yo nos disponemos a continuar el camino.  Ya el cansancio del día se dibuja en el horizonte y en consecuencia la noche se alista para acogerlo y brindarle su descanso eterno; tal vez esta circunstancia me impide insistir por el momento en aquella fascinante leyenda, sin embargo, esta experiencia no es suficiente para sacarme del pensamiento la inocente idea de entrar a ese palacio de magnetita y, de ser posible, tener una larga charla con el Rey y sus hijos, sin clara consciencia de que comienza a impactarme el instinto seductor del Rey Dernier porque ya, con su sola referencia, logra permear mi razón. 

Caminamos a paso rápido hasta llegar casi agitados a la casa de mi compañero cuando ya empieza a nacer la noche.  Aunque llego con el jefe del hogar, no puedo evitar un poco de timidez por la sorpresa que ocasiona mi presencia en la familia; sin embargo, el instinto por buscar protección, abrigo y compañía es muy superior a cualquier apocamiento.   Pero honrando la verdad, algo que se queda para siempre en la memoria de mi corazón, es el calor humano de esta familia que calienta el hielo de mi perpetua soledad.  En este momento, solo me importo yo, por ahora la leyenda del Rey Dernier carece de vida en mis emociones.  Aquí encuentro la armonía mental y la paz espiritual que la vida cotidiana me niega pero que tanto persigo de manera absurda e infructuosa.   Luego de la presentación de la familia de mi compañero conformada por su sencilla y elegante esposa y sus dos hijos varones de 8 y 10 años respectivamente, el jefe del hogar me dice:

·         Venga amigo, vamos a la cocina porque hoy me toca a mí preparar la cena…  porque en este hogar, todos aportamos en las tareas de la casa.

Acepto agradecido por la familiaridad de este hombre y su prole que me reciben de manera tan hospitalaria.  Mientras yo colaboro haciendo lo que mi anfitrión dispone, este se me acerca y me dice en un tono serio pero amable:

·         Oiga amigo, le voy a pedir un favor encarecidamente…

·         Claro compañero; con mucho gusto en todo lo que le pueda colaborar, estoy dispuesto…

·         Le ruego no hacer ni un mínimo comentario respecto de la historia del Rey Dernier y sus herederos y menos se le ocurra hacer alguna referencia a que estuvimos cerca de ese palacio…  ¡por favor!, a ellos no les gusta y mi mujer se pone muy nerviosa frente al tema; usted me entiende.

De nuevo la curiosidad por la leyenda del Rey Dernier y sus herederos arrasa cual huracán con cualquier otro pensamiento que ocupe mi mente.  Sin embargo, asumo el compromiso con un agradecimiento infinito.

·         Listo compañero, no se preocupe, tengo muy presente sus recomendaciones -respondo de inmediato-.

A partir de este momento y a pesar de mi compromiso con el dueño de casa, no se me sale de la cabeza la historia del Rey y sus hijos, además yo mismo puedo comprobar que parte de aquella leyenda es verdad, al haber escuchado esos gritos de terror y el rompimiento de los cristales provenientes del castillo.  Pero ya aquel temor al escuchar esos gritos y el ruido producido por el rompimiento de los cristales se me convierte en una incontrolable curiosidad por devorarme la historia del Rey Dernier… una necesidad apremiante que tan solo es posible saciarla allá, en su propio territorio, en el palacio de magnetita.  Solo cruzando las rejas del lujoso palacio de magnetita es posible disolver la incertidumbre que comienza a inquietarme.

Luego de la apetitosa y amena cena familiar, intento recoger los platos para llevarlos a la cocina y yo mismo lavarlos, pero los muchachos de la casa me lo impiden porque esa labor está asignada a ellos como parte de sus obligaciones con el hogar.  Entonces, mientras los muchachos arreglan la cocina, los adultos nos sentamos en la sala a charlar durante un buen rato hasta que se llega la hora de dejar listo lo necesario para la faena del día siguiente; esto es, los muchachos a alistar sus uniformes y útiles escolares, la señora de la casa a coordinar lo que será el menú familiar para el otro día y mi compañero y yo nos dedicamos a seleccionar las herramientas que necesitamos para nuestra jornada de trabajo del día siguiente:  martillos, porras, taladros, destornilladores, etc.

Mientras el señor de la casa y yo escogemos y organizamos las herramientas para nuestro trabajo del día siguiente, el mutismo amenazante que ronda el ambiente nos impide disfrutar de una charla hablada, es decir, con palabras… aunque nuestro pensamiento gira en torno al mismo ser, tenemos expectativas opuestas frente al Rey Dernier y su palacio de magnetita; pues mientras mi compañero siente un rechazo insuperable por ese personaje que le causa tanto pánico, yo en cambio, siento una descomunal atracción por conocer todo acerca del Rey Dernier y sus herederos, visitándolos allá en su lujosa casa.  Así como a mi compañero el miedo y la incertidumbre no lo dejan hablar, a mí la curiosidad por experimentar alguna relación con la familia real en la casa real me fatiga hasta obnubilarme.  ¡Por fin!  Terminamos la labor en medio del silencio cómplice del miedo y la oscuridad que tan solo se ven interrumpidos por un simple y frio “hasta mañana”.

Yo me voy al cuarto, me siento agotado; me doy un duchazo para meterme en la cama; a falta de un hogar o una familia a la cual extrañar o por quién preocuparme, la historia del Rey Dernier absorbe toda la atención de mi cerebro, impidiéndome conciliar el sueño a pesar de que los ojos ya casi se me cierran.  De repente la fantasía excede por completo mi curiosidad para hacerme pasar por un aprendizaje demoledor o quizás como suplicio por no controlar mi instinto de detective y, de la manera más furtiva, ignorar las recomendaciones de mi anfitrión.

Por más que hurgo en los archivos de mi memoria, no consigo revivir ni evocar cómo hago para perforar ese bosque tan espeso a esta hora de una noche sin luna; el hecho es que cuando menos lo pienso, me sorprendo inmerso en los frescos y aromáticos jardines del palacio de magnetita, residencia del Rey Dernier; a punto de sucumbir ante la ambición  por el romanticismo que me inocula este seductor aire floral, que me trae en el rocío nocturno más que recuerdos o añoranzas más bien repite sin cesar cada uno de mis fracasos y frustraciones, pienso en mi cruda realidad.  De una manera muy brusca, recupero la consciencia del motivo que me tiene aquí, en los jardines del palacio de magnetita: comprobar con mis propios sentidos lo que dice la leyenda popular acerca del Rey Dernier y sus tres hijos.

Aunque la incertidumbre que siento casi llega a confundirse con el miedo, se impone mi ansia voraz por descubrir el enigma que abriga la desconocida Vida de la vida conocida del Rey Dernier y sus legatarios; mi curiosidad por descifrar los fantasmas que habitan en el lujoso palacio de magnetita del Rey Dernier desborda mi voluntad y mi coraje para enfrentarlos.  Sin embargo, y a pesar de su nítida visibilidad, hay un velo invisible que me oculta con recelo fantasmas y quimeras.  Distraído por mis confusas incertidumbres y sensaciones, no sé cómo resulto dentro del lujoso alcázar donde me encuentro atrapado por un ímpetu irreconocible, una fuerza extraña que me atrae y me expulsa con igual reciedumbre y logra convertirme en una estatua esculpida por el terror ante la perspectiva de un camino sin tránsito, sin retorno y sin salida.  En este instante y ante esta circunstancia, mi consciencia infame me tortura de forma cruel con la definición de mi compañero en referencia al palacio de magnetita: “es un laberinto de horror sin salida y sin retorno”.  La angustia que estoy sintiendo en estos momentos, no hace más que corroborarme las sabias instrucciones de mi noble compañero.  Ante el sofocante ahogo al que me somete mi perversa congoja, solo me queda una pregunta sin respuesta: “por qué menospreciar las indicaciones de mi compañero”?  De haber escuchado y atendido con humildad las prevenciones que tiene este hombre acerca de la familia real y de la casa real, ahora no estaría yo atrapado por este huracán.  Pero ya no hay tiempo para lamentos ni lágrimas.  A continuar el capítulo. 

Una vez comprendo que estoy lidiando una batalla inútil contra una energía invencible y que por tanto mi resistencia es inoperante, me entrego; razonando sin mucha razón cedo al poder que ahora me inspira un escalofriante encanto al ver mi vida disecada, al sentirme vivo pero inerte; empero aún me falta padecer el tortuoso placer de esta experiencia.  

En medio de mis confusiones y conjeturas, de repente una sombra surge como de la nada y como una quimera se posa frente a mí; yo, estupefacto y perturbado, doy dos pasos hacia atrás; no sé cómo intuyo que la monstruosa aparición es nada más y nada menos que el fantasma que ando buscando en medio de mi racional locura… para mi enorme sorpresa el Rey Dernier no es esquivo conmigo, todo lo contrario, se trata de un ser amable y acogedor; a medida que la impactante sombra va definiendo su forma, va despertando en mí un subliminal encanto. El Rey Dernier ríe a carcajadas, sin duda alguna, disfrutando del pánico que me produce su pasmosa presencia… en aquel momento decido seguirle el juego al Rey Dernier y continúo caminando hacia atrás al tiempo que doy vueltas y más vueltas intentando engañarlo, que él crea que yo también me estoy divirtiendo, pero en realidad lo que busco es escabullirme de allí; ahora tengo pánico.  ¡por fin! Hasta ahora me entero que estoy por fuera de mi área de control y, ahora, acepto que estoy bajo el yugo del Rey Dernier.

A punto de caer derrotado ante el fracaso de mi fatídica ilusión de engatusar al Rey Dernier, solo me queda implorar la asistencia Divina para que aparezca alguna persona que al menos me acompañe a capotear este difícil encuentro.  Sin embargo, la angustia que estoy padeciendo en ese momento no es suficiente para nublarme la razón y, teniendo en cuenta la consideración de todo padre por un hijo bobo, suplico el socorro Celestial de que aparezca el hijo bobo del Rey Dernier, aunque aún no lo conozco, pero concibo la pueril esperanza de que este monstruo se debilite un poco ante la presencia de su cenutrio retoño.  Rápido comprendo que estoy delirando ante esta posibilidad, pues tampoco el pánico que me inspira el Rey Dernier alcanza para recibir la ayuda Celestial, y es cuando comprendo que me encuentro solo a merced de esta fiera.  En este momento el tiempo se me hace demasiado largo, aunque insuficiente para medir la nula distancia que me separa del Rey… ni tiempo ni distancia tienen el poder para evitar que el Rey me sumerja en su ser; ni tiempo ni distancia me pueden colaborar para que yo logre escapar de este belitre que me tiene subyugado y… envilecido.   

Mientras desvarío inmerso en el pánico por mis esperanzas frustradas, no me doy cuenta en qué momento el Rey Dernier dispone su artillería para atraparme y acorralarme en su Ser, sin alguna posibilidad de escape… sin salida.  Sin que medie tiempo ni distancia, el Rey Dernier saca una enorme lengua con tres gruesos nudos; una extraña lengua que se asemeja a la ponzoña del alacrán.  No sé qué otras características tiene la fascinante lengua del Rey Dernier porque antes de que yo pueda salir del pánico por la sorpresa que me produce contemplarla, ya está aferrada a mi cuello enroscada como una culebra, intentando estrangularme con su fuerza desmedida.  Fuerza contra la cual me es imposible luchar, y entonces decido entregarme por completo a ese seductor encanto que se esconde en la incertidumbre que produce el regocijo de una cruel y torturadora derrota.  En seguida me levanta, me zarandea en el aire y me lleva así colgando en su lengua ponzoñosa, paseándome durante un rato por un amplio espacio, hasta que por último me da un estoico sacudimiento en el aire para dejarme caer desde muy alto sobre las agudas y cortantes puntas de unos finos cristales.  Entonces mis gritos por el espantoso tormento son ahogados por el estruendoso ruido de los cristales al hacerse trizas cuando mi humanidad les cae encima…  estrepitoso ruido que no es otra cosa que la voz de mi anfitrión quien, parado en la puerta entreabierta del cuarto, asoma un poco la cabeza al tiempo que dice:

·         “amigo, amigo levántese que ya se nos hace tarde”. 

Me tiro de la cama de inmediato, serio y pensativo me voy a bañar; me toca lucir la misma ropa de ayer; puesto que esta extraña circunstancia en que me encuentro me toma por sorpresa y en mi mochila de viajero solo hay una cantimplora vacía.  Nada de esto es previsto ni calculado, solo se trata de un juego de la vida; un juego más de la vida en el cual yo soy su instrumento favorito, sin yo saberlo ni proponerlo; nada más y nada menos.  Una vez acepto la culpabilidad de la Vida sobre mi vida, el foco de mi pensamiento es uno solo: “el demoledor sueño” de la noche anterior.  Salgo del cuarto y voy al comedor donde ya me espera la familia para desayunar.  Son ya las seis de la mañana, saludo con el ceño fruncido, sin darme cuenta.

·         Buenos días, familia

·         Buenos días, amigo; -contestan casi en coro-.

A pesar del exquisito y apetitoso desayuno que encuentro servido de manera muy sobria, sencilla y elegante, en mi rostro sólo se refleja la curiosidad por entender el mensaje de la terrible pesadilla de la noche anterior.  Sin embargo, disfruto agradecido del copioso alimento.

Después de desayunar cada quien recoge sus trastes y los lleva a la cocina para lavarlos.  De ahí en adelante, cada uno se dispone a continuar con su rutina: los niños a la escuela, la señora a las labores domésticas y el señor y yo salimos a buscar la caja de herramientas necesarias para nuestra jornada.  Una vez estamos a solas, mi generoso anfitrión, mirándome a los ojos, dice:

·         ¿Oiga mi amigo, a usted qué es lo que me le pasa hoy que lo veo tan serio y mal encarado? –dice mientras posa su mano derecha sobre mi hombro izquierdo-.

·         No sé compañero, -contesto avergonzado por la percepción que le estoy inspirando al noble hombre que me tiende su mano con tanta generosidad y desprendimiento-, es que, mire usted, anoche tuve un sueño que me tiene muy inquieto…

Sonriente, muy sonriente y cariñoso, este hombre se sienta en una piedra grandísima que hay a un lado de la puerta del cuarto de herramientas de la casa, cruza una pierna sobre la otra y con los brazos también cruzados al pecho, me dice:

·         Vamos a ver amigo mío... ¡no me diga que es la dama del restaurante la que me le está robando el sueño y la calma, hombre…!  Si usted quiere, ahora pasamos por el puesto de comida y entramos un momento para que la salude -dice al tiempo que ambienta el comentario con una breve y maliciosa sonrisa-.

En un principio, tan solo observo a mi compañero con los ojos desparramados ya casi por fuera de sus órbitas por la sorpresa que me causa la referencia a la dama del restaurante, de quien hasta este momento no tengo ni razón ni corazón para ocuparme; al cabo de un instante, solo atino a sonreír para después contestarle:

·         No compañero, no –sonrío con un poco de timidez-; ya casi ni me acuerdo de la encantadora dama –digo al tiempo que me siento en un murito bajito que queda justo al frente de la piedra desde donde me observa con total atención y malicia mi noble compañero-.  Me soñé que estaba en el palacio de magnetita y que el Rey Dernier tenía tres lenguas ponzoñosas en las cuales me envolvía por el cuello y que me zarandeaba en el aire para después dejarme caer sobre las puntas de unos cortantes cristales.  Este sueño me tiene como muy confundido, compañero. 

Mientras yo trato de adivinar qué piensa mi compañero, quien ya está con el entrecejo arrugado tan solo con escuchar que nombro al Rey, éste da pasos cortos de un lado para otro, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en el piso como tratando de encontrar las palabras precisas para hablar de aquel tema, hasta que por fin logra expresar su angustiosa manera de percibir mi obsesión…

·         Mire amigo, -se sienta en una enorme piedra que hay a todo el frente mío- yo no sé cómo hacerle entender a usted lo peligrosa que es esa criatura; pero sí me estoy dando cuenta que a usted lo está matando la ansiedad por seguir a ese nefasto ser que arremete sin piedad y sin probidad -se levanta de la inmensa piedra donde está sentado observándome muy atento-. El Rey Dernier tiene la capacidad de atraparte sin que te des cuenta de ello; él tiene el poder para envolverlo a uno sin posibilidad de salir de él porque, en la mayoría de los casos, uno no tiene consciencia de que está siendo manipulado y muchísimo menos para qué está siendo manipulado, es decir, la persona no se percata a dónde es que el Rey Dernier le quiere llevar.

Dicho esto, y con el entrecejo contraído todo el tiempo, mi ocasional compañero se sienta de nuevo en la piedra y, suavizando, en forma drástica, la expresión de su rostro y el tono de su voz, con sus manos entrelazadas detrás de la cabeza, me dice:

·         ¡Vamos amigo!, se nos hace tarde –comenta al tiempo que se vuelve a levantar de la piedra y sale del cuarto donde guarda sus herramientas, mientras yo voy tras él, en pulcro silencio con la caja de herramientas sobre mi hombro derecho sosteniéndola con la mano-.

Durante el recorrido, el silencio se vuelve extrañamente elocuente, pues no son necesarias palabras para darnos cuenta que estamos obsesionados con el mismo pensamiento: “el Rey Dernier”; mi ocasional compañero con la certeza de que este, el Rey, es un personaje perverso y yo con la curiosidad por conocer a aquel hombre para comprobar o descartar su mala fama.  La paz que se escucha en el silencio del iluminado bosque se tiñe con el bello trinar de una manada de pajaritos que parece pronosticar que estoy a punto de experimentar la antigua utopía del “amor a primera vista” y que voy a ser la próxima víctima de un “enamoramiento fulminante”; en ambos casos (amor a primera vista y enamoramiento fulminante), Dios será su cómplice y protector.  Este presagio lo ratifica un recio viento que simula ser una caricia de la divinidad representada en la imagen perfecta e impecable de la mujer que avanza hacia mí por un sendero sin camino y sin pasos, aunque con una huella invisible que me atrapa en ella mientras ella se sumerge en mí, sin que alguno de los dos quiera o pueda evitarlo. 

El tiempo que, para ese instante, ya camina al mismo paso mío, es algo ambivalente e inmedible, tan largo y tan corto que el reloj parece entrar en escena, pues sus tictacs me halan hacia atrás mientras yo corro hacia adelante.  De repente mi noble benefactor habla, rompiendo el incandescente hielo que se respira en aquella extraña circunstancia, para devolverme a esa fatídica realidad, insistente y persistente, que mi verdad no se atreve a desmentir. 

·         Amigo, hábleme de su vida; cuénteme cosas de su historia.  Cuénteme de su historia personal, ¿cómo está conformada su familia, tiene hijos pequeños?

Sin consciencia alguna de mis pensamientos, pero sí con la malicia de pretender ocultar lo evidente y por más que yo no quiera que se sepa, sin saber que mi compañero los adivina sin que yo pueda evitarlo y, por ende, está tratando de sacarme de ese hoyo en donde yo solito me estoy metiendo con mis cinco sentidos, solo respondo con una voz ausente:

·         Mi vida no tiene historia compañero; para mejor decirle la vida de mi historia nació muerta; ¡ah! O no sé, no tengo algo para contar… es que… no se puede contar una historia edificada sobre el cadáver de tantos sueños e ilusiones masacrados por el miedo y la desesperanza; da vergüenza hablar de una historia personal que solo exhibe la calavera de proyectos subliminales sacrificados por la carencia de voluntad para llevarlos a cabo.

Ante mi inconsciente pero evidente apatía por mi tema personal, que, en este momento, no tiene otra razón más que el sortilegio alucinante por la desconocida mujer que poco a poco se acerca veloz hacia mí, mi generoso compañero insiste en entablar esa conversación tal vez con el único fin de sacarme de esa laguna en la cual flota mi razón; entonces persevera:

·         ¡Ah bueno amigo! siendo así las cosas, usted no tiene problema alguno para frecuentar a la señora del restaurante… al fin y al cabo usted también le cae muy bien a ella… no se moleste hombre, muchas veces la vida nos obliga a hacer en el presente una tumba para enterrar el pasado y aprovechar esa tierra excavada para sembrar los cimientos del futuro.  Y usted es un hombre joven, está a tiempo; acelere su voluntad, arréela para recorrer el camino con pasos nuevos.  No le puede seguir acolitando la pereza a su voluntad, oblíguela a despabilar para que se ponga a trabajar con usted y para usted.    

En realidad, ya casi ni escucho lo que mi noble anfitrión me dice o, mejor dicho, ya no capto lo que él pretende hacerme saber o entender porque estoy del todo absorto en la fantástica sombra que se acerca a iluminar mi consciencia sin imaginar siquiera que me cegará por completo la mente y la razón haciéndome reo de su tenebroso y poco reconocido encanto.  Y así entregado a la sublime fantasía de mi cruel realidad, no me doy cuenta en qué momento mi compañero me deja solo con mi historia; no me entero en qué vuelta del camino mi compañero me deja a solas enfrentando esta feroz batalla contra mi vida muerta pero siempre presente y dándole sentido a mi realidad.  A decir verdad, no lo extraño, ni siquiera lo vuelvo a recordar por ahora, pues ya le ha llegado la memoria a mi historia. 

Empiezo a sentirme viejo y cansado; la proximidad de la diabólica sombra me genera un ansia morbosa por revolcar mis sueños en mis frustraciones mientras me regocijo revolviendo los recuerdos de todos mis fracasos.

 ESTE ES EL PRIMERO DE CUATRO CAPÍTULOS QUE COMPONEN ESTA, MI SEGUNDA OBRA. 

 

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